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Sursum Corda

Contexto providencial en la muerte del Cardenal

Pbro. Jos Juan Snchez Jcome 19/08/2019

alcalorpolitico.com

No era hora para escuchar las campanas, mucho menos en domingo. En todo caso, no eran las campanas a vuelo sino las campanas a duelo, en pleno domingo, que nos anunciaban la muerte del Cardenal veracruzano.
 
Los fieles llegaron a la Iglesia y comenzaron a preguntar lo que pasaba. Y confirmada la noticia se sintieron con la necesidad de hacer oración, encender un cirio y dejar sus condolencias. Así de maravilloso y digno es este pueblo que, necesitado de consuelo y a pesar de sentirse consternado por la muerte del Cardenal, sacaba fuerzas para expresar su fe, respeto, cariño y consideración a los familiares, a las religiosas y a los sacerdotes de la Iglesia de Xalapa.
 
Miles de veces a lo ancho y largo de la Arquidiócesis de Xalapa, las campanas a vuelo anunciaron su llegada a los pueblos, ciudades, congregaciones, rancherías y parroquias que incansablemente visitó -incluso como Arzobispo emérito- mostrando su cercanía, ofreciendo su sonrisa, consolando a los que sufren, acogiendo a los pobres, visitando a los enfermos, celebrando los sacramentos y predicando divinamente la Palabra de Dios.
 
En esta ocasión, las campanas de la ciudad y de los pueblos, de las congregaciones y rancherías, de las parroquias y capillas -en un horario inusual, las 8.40pm- anunciaban al unísono su llegada al Cielo.
 
Y a las 2:40 am del lunes 12 de agosto, las monumentales campanas de la Catedral anunciaron la llegada del féretro del Cardenal Sergio Obeso Rivera al lugar de su última morada, a la espera de la segunda venida de Nuestro Señor Jesucristo, a quien sirvió leal y dignamente.
 
Desde ese momento y hasta su sepultura, el martes 13 de agosto, la Catedral se convirtió en un centro de peregrinación a donde llegaron miles de fieles para despedir y agradecer a un gran pastor, a un hombre de Dios, a uno de los hijos más ilustres y queridos de esta Iglesia de Xalapa, a uno de los grandes hombres de Veracruz.
 
Murió el domingo, día del Señor, el día que los cristianos nos reunimos en torno al altar para celebrar la resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, así como su triunfo sobre el pecado, la maldad y la muerte.
 
Ese domingo habíamos motivado a nuestras comunidades para seguir haciendo oración por la beatificación del P. Juan Manuel Martín del Campo, quien falleciera el 13 de agosto de 1996. Y 23 años después, el 13 de agosto de 2019, estábamos celebrando la misa de exequias del Cardenal Sergio Obeso Rivera.
 
No se trata de una coincidencia que tengamos que pasar por alto o de algo con relevancia anecdótica, sino que desde la fe confirma el designio de la Providencia divina que eleva y honra a dos entrañables amigos que dieron su vida y amaron entrañablemente a esta Iglesia de Xalapa.
 
En efecto, ambos se profesaron mutuamente un gran cariño, devoción y admiración, como sucede en la vida de los santos. El Sr. Obeso confiaba tareas difíciles al P. Martín del Campo en las que se batía a duelo contra el mal, como también lo hacía en su encomienda como exorcista.
 
Pero el P. Martín no era requerido únicamente para apagar fuegos donde había problemas pastorales. Don Sergio sabía muy bien que el P. Martín no sólo apagaba fuegos, sino que encendía corazones en el amor a Cristo Jesús y a María Santísima.
 
Por eso, el P. Martín del Campo era para el Sr. Obeso el puente que lo vinculaba con el carisma de una generación de grandes apóstoles veracruzanos, especialmente San Rafael Guízar Valencia.
 
Un aspecto que tampoco resulta anecdótico es que don Sergio fue llamado al Cielo durante la novena de la fiesta de la Asunción de la Virgen María; exactamente tres días antes de esta solemnidad.
 
En medio de la tristeza que genera la muerte de nuestro Cardenal, este contexto providencial ilumina nuestra fe y nos da mucho consuelo, ya que confirma cómo don Sergio durante su vida fue escogido, formado y guiado por el Espíritu de Dios, que lo ungió con su sello. En su ministerio sacerdotal y episcopal dejaba sentir el dulce aroma de Cristo.
 
Un hombre que nos construyó una Iglesia donde se sentía el calor de una madre, fue acogido en el regazo de la Santísima Virgen María para llevarlo al Cielo y presentarlo al Señor Jesús como siervo bueno y fiel.
 
El último signo providencial es que el 11 de agosto se celebra a Santa Clara de Asís. Este marco litúrgico nos lleva a reconocer la convicción de don Sergio de vivir y morir en la austeridad evangélica. De esta santa franciscana se decía: "Clara de nombre, clara en la vida y clarísima en la muerte". Lo mismo podemos decir de don Sergio que fue consecuente, hasta la hora de la muerte, con sus profundas convicciones.
 
Quisiera honrarlo con los versos del Elogio de la vida sencilla, de José María Pemán, para agradecer a Dios por el testimonio de su vida y por la bendición de haberlo tenido como nuestro pastor.
 
No quiero honores de nombres;
vivo sin ambicionar,
que ese es honor que los hombres
no me lo pueden quitar.
 
He resuelto despreciar
toda ambición desmedida
y no pedirle a la vida
lo que no me puede dar.
 
He resuelto no correr
tras un bien que no me calma;
llevo un tesoro en el alma
que no lo quiero perder,
 
y lo guardo porque espero
que he de morir confiado
en que se lo llevo entero
al Señor, que me lo ha dado.
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