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Veracruz
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Seccin: Estado de Veracruz

Culto a los muertos, ritual prehispánico que celebran indígenas de Zongolica

- La vida entre el ritual y la cotidianidad de habitantes de Tenexcalco
- Historia de 8 días de convivir con “moritos”, "konemeh” "Wehwei” y ánimas solas

Benito Ju?rez Ram?rez San Juan Texhoacan, Ver. 01/11/2012

alcalorpolitico.com

El culto a sus muertos en la sierra de Zongolica, es algo más que especial, porque usan para adornar sus altares yerbas del campo, que va desde la hoja de tepejilote, flor de muerto, que en náhuatl es sempoalxochitl, teposistak (fierro blanco) y otras como tzompiltktli.

Las frutas que ponen a sus difuntos son de la temporada, y no debe faltar el aguardiente, los tamales, el mole de guajolote y ese ritual con aroma a incienso.

Así es como en el propio nidal, trastumbando Totolka, Apoxteca y Mixtla de Altamirano, en los mismos estribos del fenómeno orográfico de México, se encuentra Tenexcalco, nombre cordial que significa en idioma mexicano “Lugar de las casas blancas”.

Es una comunidad que cuelga de un ribaso de la cordillera; practicando una economía casi natural. Sus escasos 250 habitantes viven en caseríos muy dispersos y en plena Sierra Madre Oriental.

En vísperas de “Día de Muertos”, por el recodo de una vereda hacia Tenexcalco, donde el aire hace remolino, don Vicente Quiahua Tzopiyactle, me platicaba algunos cuentos que fundamentan la tradición de realizar la Fiesta de Todosantos en las casas, como eso de: “el hombre que no creía y que se untó lagañas de perro en sus ojos parar mirar con asombro a las «ánimas» de sus familiares muertos, pero que no vivió más para contarlo”, y otras cosas.

Junto al peñascal donde el sol se astilla, el indígena aquél hizo alto total para mostrarme los sembradíos de flores de sempoalxochitl, hojas de tepejilote y otras como “tzompiltektli” (flor morada que despide un aroma fuerte) y el “teposistak” (fierro blanco) que se ocupan para adornar los altares de Todosantos.

Don Vicente también me señaló un montecillo de donde provienen los bejucos, las hojas de “axocopa” y otros menesteres vegetales. Él venía del cementerio, porque había que arreglar los caminos y tumbas, desyerbar el área, como una labor previa a la que haría en la casa y a eso le llamó “faena”. Limpiar patios y caminos vecinales.

Pegado a la roca, aclimatado como los árboles de encino, viviendo como el maguey, sobre la epidermis de un manto calcáreo, Vicente Quiahua, hace su vida entre el ritual y la cotidianidad. El sostiene que las ánimas visitan la tierra una vez al año, son familiares que están ausentes porque ya se reunieron con las divinidades. Me es difícil trasladar las metáforas con que se refiere a los familiares muertos, pero enfatiza el respeto que se debe tener y no hacerlos enojar durante su estancia.

Al fondo del barranco está la vivienda de Quiahua, dispuesta como está de oriente a poniente, ostenta una cruz de madera adornada con flores amarillas de sempoalxochitl y combinadas con hojas de tepejilote en cuya entrada, posee un arco florido que recibe a los visitantes. Al fondo de la casita de una pieza, se aprecia un armazón de palos de ilite, atados con bejucos y fibras de jonote de forma cuadrada en cuyo frente se yergue otro semicircular, adornado similarmente a los demás escenarios. Llama la atención como don Vicente arrimó los recursos para la fiesta de Todosantos.

Gran variedad de frutas (naranjas, plátanos, guayabas, chiromoyas, elotes, calabazas, camotes, cañas, quelites, chayotes), hojas y yerbas, flores, objetos, productos del mercado y artesanías.

Hay vegetales que se usan sólo para adornar y otras como ofrendas comestibles. La comida parecía exagerada desde el suelo hasta la repisa del altar, se formaba una especia de escalinata que servía para sostener las tortillas; los tamales de maza, carne y chile, tortillas calientes, moles con carne de guajolote o gallina de rancho, café, cervezas, aguardiente, atole.

Pegado al borde del altar, una mesa que sobresale adornada con papel china con cuatro únicos colores: morado que significa respeto, blanco pureza y luto indígena, negro, sexo masculino y azul, sexo femenino. Se destina uno de los espacios para colocar las ceras amarillas, una veladora grande, copal de dos o tres clases y una mezcla de tabaco molido, y mezclado con cal, aguardiente que se llama “picletl”.

Sobre el suelo se coloca una penca de maguey perforado, como si fuera un candelero rectangular. Además de una gran cantidad de frutas ya enumeradas como especie de excedente. De todos los extremos del altar, penden esferas de palma o chatanates, tenates, canastas y costales, provistos de mecapales. Todo nuevo, todo limpio, todo pulcro y digno de visitantes. Sin faltar “xochipayanal” o pétalos de flor de sempoalxochitl.

En punto del medio día, entre los peñascos, como un hongo, surgió una mujer.

Venía fatigada, sobre su frente caían madejas negras de cabello; sus pies endurecidos se montaban alternativamente uno sobre otro, buscando descanso.

La viajera se llamaba Tolentina, no traía las manos vacías, jugueteaba unos cotones de lana y unas fotografías de supuestos parientes muertos; que enseguida colocó en el altar. Vicente salió a su encuentro, tuvo para ella palabras en náhuatl, para enseguida tomar un sahumerio, copal, agua bendita y los pétalos de flor de sempoalxochitl. Fueron a unos 8 metros del patio de la casa, ahí pronunciaron una bienvenida y un rezo, esparcieron agua bendita y sahumaron, para después retornarse haciendo un caminito de flores desintegradas, era el encuentro a los “espíritus” visitantes.

A ella le pregunté sobre los tipos de ánimas que se esperaban. Sin voltear a verme ni aparentemente dirigirme la palabra me informó que los “moritos” sólo los niños no bautizados o muy pequeños, que se convierten en rayos y truenos y llegan el 31 de octubre de cada año.

El 1 de noviembre se reciben a los “konemeh” o niños en general que murieron después de recibir bautismo. La máxima manifestación de la fiesta, se alcanza el 2 de noviembre con la recepción de “Wehwei” o adultos, además del ánima sola, que no cuenta con familiares. Todos llegan a las doce del día con una estancia en casa de 12 horas. Pero las ofrendas se deben dejar por ocho días después de los días centrales (31 de octubre, 1 y 2 de noviembre), debido a que siguen llegando ánimas diversas.

¿Cuándo van a quitar el altar?, -pregunté volviendo a don Vicente- ¡Hasta aquí ocho días!. Me terminó diciendo en mal español. Después supe que en ese lapso, se hacen visitas para intercambiar ofrendas entre compadres y ahijados.
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