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La Cima

Seccin: Estado de Veracruz

Dios no suprime ni explica el sufrimiento, lo llena de su presencia

Pbro. Jos? Juan S?nchez J?come 12/02/2018

alcalorpolitico.com

Dentro del tesoro inagotable que contiene la Palabra de Dios no necesitamos escarbar en sus páginas para escoger los textos más adecuados cuando como cristianos nos encontramos en la eucaristía. La Palabra guarda siempre una actualidad impresionante y ella sola se encarga de arrojar luces y criterios exactamente para las situaciones que vamos enfrentando en el camino de la vida.
 
Se siente la Palabra de Dios más actual, precisa y vinculante que los pronósticos y cálculos que intentan explicar el acontecer de la vida. No es que en los días previos nos pongamos a ver qué lecturas meditaremos el siguiente domingo sino que dependemos de un calendario reformado que la Iglesia elaboró desde 1969 y cuyas lecturas bíblicas meditamos en las eucaristías de todos los días, de todos los domingos, en todos los países y rincones del mundo donde se celebra la eucaristía.
 
Nunca la sentimos desfasada ni fuera de lugar, aun cuando vengamos impactados por situaciones recientes o imprevisibles, de acuerdo al carácter vertiginoso y sorprendente de la vida del hombre. Llega de manera oportuna y muchas veces sin que la andemos buscando.
 
Precisamente desde esta actualidad la Palabra de Dios no suelta el tema del sufrimiento y el mal que hay en el mundo. Ante este panorama desolador de sufrimientos, tribulaciones, secuestros, violencia, asesinatos e inseguridad la Palabra de Dios nos invita a detenernos para abrirnos a una nueva iluminación que también genere consuelo y esperanza.
 
La constatación del mal que hay en el mundo es uno de los argumentos que se suele presentar para rechazar tajantemente la existencia de Dios.
 
Se llega a decir que si Dios existiera no habría tanta maldad; que si Dios existiera no habría pobreza, injusticias, muerte y corrupción. A veces incluso la pregunta se plantea de manera muy personal: “por qué me pasan a mí estas cosas”; “por qué si he sido bueno tengo que enfrentar estas injusticias; “por qué si he hecho bien las cosas tengo que sufrir”; “si Dios existiera no dejaría que me pasaran estas cosas porque no he sido malo en la vida”.
 
Se nota inmediatamente que no se trata de una inquietud filosófica; la pregunta no encierra simplemente una motivación intelectual para desentrañar el misterio del mal. No es una pregunta que se plantee solamente con ánimo académico, sino desde el dolor personal porque sufrimos, lloramos, nos enfermamos, morimos, nos rebelamos, nos enfadamos y estamos expuestos a las consecuencias del mal.
 
No sólo se plantea la pregunta sino que también se escuchan algunas respuestas. Algunos responden pensando que Dios castiga, que lleva una lista completa de nuestras faltas y que en el momento indicado se cobra todos nuestros pecados. Quienes piensan así ensucian el rostro de Dios y le ponen máscaras que no le corresponden.
 
Hay quienes se van por el camino de la resignación, es decir piensan que eso les tocó vivir, que la vida es así y nos toca soportar el sufrimiento en todas sus manifestaciones. Y es una respuesta que se lleva a los extremos cuando alguien llega a afirmar: “La vida es así, me merezco esto y más”. Ciertamente estas personas no pierden la fe pero pierden la alegría de la fe, siguen creyendo en Dios pero pierden la chispa y el entusiasmo que da una auténtica vida de fe.
 
Y el caso más extremo es del que a partir del sufrimiento que hay en el mundo rompe con Dios. Se siente ofendido, decepcionado y escandalizado al grado de negar la existencia de Dios.
 
Hay muchas otras respuestas a esta pregunta inquietante. Basten por ahora éstas para situar el problema y para considerar lo que la Palabra de Dios va respondiendo.
 
La Biblia no se queda en la especulación y en las grandes teorías. Al invitarnos a contemplar a Cristo Jesús nos estimula a comprometernos en una vida de oración. No sólo hacer oración sino convertirnos en hombres de oración porque sin vida sobrenatural es muy difícil superar el escándalo que genera la constatación del mal que hay en el mundo.
 
Por otra parte, Jesucristo no se queda en la especulación sino que pasa a la acción sanando las heridas, devolviendo la esperanza y comprometiéndose en la transformación del mundo. En vez de preguntar y reclamar a Dios sobre el sufrimiento se acerca, pues, para sanar las heridas e infundir esperanza.
 
En vez de la resignación hay que tomar el camino de la oración. En vez de especular es mejor actuar y comprometernos como Jesús para sanar desde nuestras propias heridas, dejando en los demás el anhelo de Dios. Como decía el poeta y dramaturgo francés Paul Claudel: «Dios no vino a suprimir el sufrimiento. No vino ni siquiera a dar una explicación. Vino a llenarlo de su presencia».
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