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Dios tiene un tiempo para todos

Pbro. Jos Juan Snchez Jcome 25/01/2021

alcalorpolitico.com

Hay padres de familia que quisieran que sus hijos fueran tan religiosos como ellos y resulta que no siempre tienen esa disposición para Dios o no siempre tienen interés en ir a la Iglesia. Aunque parezca paradójico, hay hijos que tienen el profundo deseo que sus padres se acerquen a Dios debido a la vida licenciosa y descompuesta que llevan.
 
Nos toca invitar, pero no obligar. Nos toca persuadir, pero no imponer. Nos toca dar ejemplo de cómo se vive estando cerca de Dios, para que esa sea nuestra mejor invitación, nuestro mejor argumento, para que otros se acerquen al Señor. Debemos estar seguros que las palabras y sobre todo el ejemplo, así como el buen testimonio de vida se encargarán de abrir los oídos del alma para escuchar la voz de Dios que tiene una Palabra para todos.
 
Dios, pues, tiene un momento para todos, aunque nos parezca que hay personas que no tienen remedio y no cambiarán. Hay que confiar. La vida de los ninivitas había llegado a tales extremos que era necesaria una palabra fuerte que incluso presenta un tono amenazante. A través del profeta, Dios llega a pronunciar una Palabra que prácticamente se pone como última llamada, como la última oportunidad para escapar de la destrucción que no hubiera llegado como un castigo sino como una consecuencia de las acciones y el estilo de vida que sus habitantes habían permitido, totalmente despegados del bien y la justicia.
 
Dios llega a tiempo porque quiere no la condenación sino la salvación, la paz y la justicia entre los hombres. Cuando nuestra vida se va precipitando a consecuencia de nuestras malas decisiones, la Palabra llega sobre nosotros con un tono de exigencia y de persuasión. Sentimos una especie de sacudida que nos hace experimentar cómo Dios viene a rescatarnos y a sacarnos de la descomposición en la que vivíamos.
 
También la Palabra viene cuando ciertamente no llevamos una vida malvada y desquiciada. Viene la Palabra no porque estemos al borde del precipicio sino como una forma de arraigarnos en el camino del bien que apreciamos y valoramos, pero que no lo vivimos aún en plenitud. Viene la Palabra incluso para sacarnos de la mediocridad y superficialidad en la que se vive. Viene para abrir nuestros horizontes y para sentirnos parte de esta obra de redención de la humanidad.
 
Los apóstoles no eran como los ninivitas. No vivían en la perdición. Eran jóvenes, trabajadores, religiosos y con un sentido de familia. Conocían a Dios y eran apasionados en su búsqueda, aunque faltaba enderezar muchos caminos y tener una experiencia más determinante del amor de Dios. Llegó a ellos el llamado no porque fueran los mejores o hubieran hecho méritos sino porque así es la voluntad soberana y misteriosa de Dios.
 
Yo mismo me pregunto: “¡Señor! ¿por qué a mí?” Yo tuve compañeros con familias mejor constituidas, con capacidades extraordinarias y con grandes talentos. Pero se fijó en mí. Me queda claro que no era el mejor ni el más bueno. Y con el paso del tiempo me va quedando claro el llamado de Dios, por lo que siento una profunda alegría y al mismo tiempo me siento indigno de que los ojos del Señor se hayan fijado en mí.
 
Dios tiene un momento para todos. Dios tiene una palabra para todos. Cuánto desearíamos que la Palabra llegara a tiempo o tal vez como última oportunidad para las personas, grupos, familias, ciudades y países que están al borde del precipicio. Cuánto desearíamos que la Palabra llegara ya a las personas que no se sienten amadas, que se sienten solas, que están sufriendo mucho en estos momentos, o a las personas que están desperdiciando tantos dones que Dios les ha concedido.
 
La llamada llegará. No tengan duda de eso. Pero para que sea más eficaz esta experiencia nos conviene asumir una actitud de discípulos. Qué bueno que los ninivitas respondieron. También los apóstoles respondieron. Tantas personas han respondido. Eso tendría que motivarnos para escuchar su Palabra y responder de manera oportuna y generosa.
 
Hay personas que han vivido lejos de Dios, pero cuando les llegó la palabra respondieron positivamente. La radicalidad de su respuesta nos puede parecer un tanto irracional, pero se fiaron de Dios y por eso perdonaron, dejaron definitivamente los caminos de perdición, cambiaron de manera intempestiva, experimentaron una alegría profunda y actuaron de manera imprevisible, porque le apostaron a la Palabra de Dios.
 
El Señor nos está llamando y nos considera dignos de confianza para llevar esta Palabra que es urgente llevar a los hermanos que sufren. Por eso, como dice el Papa Francisco: “El discípulo de Cristo no es uno que se priva de lo esencial. Es uno que ha encontrado mucho más... Ha encontrado la alegría plena que solo el Señor puede dar. Es la alegría evangélica de los enfermos curados, de los pecadores perdonados, del ladrón al que se le abre la puerta del paraíso”.
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