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¿Educación o barbarie?

Manuel Mart?nez Morales 13/10/2014

alcalorpolitico.com


La plutocracia, después de haber destruido el poder real por la fuerza bruta con disfraz de democracia, ha comprobado y reducido a la nada esta democracia. El dinero es el que habla, el que imprime, el que radia, el que reina, y los reyes, lo mismo que los jefes socialistas, tienen que acatar sus decretos y aún, por extraña paradoja, que suministrar los fondos para sus empresas y garantizar sus utilidades. Ya no se compra a la democracia: se la embauca.
Bernard Shaw
 
En su sentido más común se considera que la barbarie es una crueldad que proviene de la ignorancia, de la estupidez, del error, de la superstición, de las preocupaciones; en una palabra, de falta de educación, instrucción y talento. Barbarie se dice únicamente cuando se trata de los hombres y de sus acciones, no de los animales. A partir del término barbarie podemos referir la fiereza y la crueldad que dispone en su esencia y en su manera de comportarse un individuo, un grupo, entre otras alternativas. También, resulta muy común el empleo del término a la hora de querer dar cuenta de la rusticidad y la falta de cultura, que alguien, o un grupo, presentan en su accionar. Normal e históricamente, al concepto de barbarie se lo presenta en contraposición al concepto de civilización.
 
            En este sentido es claro, dice Mané, que el sistema político mexicano muestra acusados signos de barbarie que se agudizan día con día. Y si la barbarie se contrapone a la civilización, entonces México se mueve – sí, se mueve- en un proceso contra-civilizatorio que se vuelve amenazante para la mayoría de quienes habitamos este hermoso y contradictorio país.
 
            La expresión “socialismo o barbarie” fue utilizada por Rosa Luxemburgo, en 1916, para señalar la disyuntiva que enfrentaba el mundo de entonces: continuar por el camino depredador y destructivo hacia el cual se encaminaba el capitalismo y que no podía desembocar más que en la barbarie, o bien cambiar el rumbo y construir otra forma de organización social que no podía ser otra que el socialismo.
 
            Parafraseando la consigna  de Luxemburgo, ajustada al aquí y ahora del México bárbaro, bien podríamos proclamar que no tenemos otra alternativa más que elegir entre educación o barbarie, para acceder a mejores niveles de vida y bienestar.
 
            Entendida la educación –insiste Mané- en su sentido más profundo, como el proceso mediante el cual hombres y mujeres se hacen de los conocimientos, instrumentos, recursos y valores que les permiten  “estar mejor” en el mundo. Situados en esta perspectiva puede apreciarse cómo lo que hoy se hace pasar por educación –basada en las nociones más rupestres derivadas de un conductismo trasnochado- es sencillamente la reducción de ésta a la simple “instrucción”: asimilar información y adquirir competencias y habilidades; dejando de lado el conocimiento que apunta a “la razón profunda de las cosas” y, sobre todo, a la valoración crítica (por tanto, ética) de  “estar en el mundo”.
 
La adquisición de habilidades y competencias, esto es la instrucción, forma parte de todo proceso educativo para que los sujetos educados contribuyan, en el ejercicio de su oficio o profesión, al bien común. Pero la educación no puede ser suplantada por la mera instrucción, ni mucho menos ser orientada exclusivamente en torno la “demanda laboral” de un mercado abstracto que, en última instancia, se limita a requerir mano de obra calificada y profesional a precio de oferta.
 
            En cuanto al verdadero sentido de educar, estar mejor en el mundo significa estar en mejores condiciones para relacionarse con el medio y con  nuestros semejantes, en forma tal que la vida sea lo más amable y decorosa posible para todos los que formamos parte de una comunidad; una vida satisfactoria para el individuo y útil para la sociedad, armonizada con el entorno, el cual incluye las relaciones sociales, lo que permitiría asumir y fortalecer nuestra dignidad humana, en cuanto condición para asegurar la supresión de la injusticia, la opresión y las desigualdades.
 
            Entonces, si aceptamos que la educación debe orientarse por estos fines, es obvio que el sistema educativo actual está muy alejado de éstos y, por el contrario, lo que se hace pasar por educación favorece el proceso anti-civilizatorio derivado de la dinámica capitalista –hoy en su fase neoliberal- contribuyendo a mantener las condiciones de barbarie hoy presentes en México.
 
            Pero esta tendencia del sistema educativo, y los valores subyacentes en que se finca, no es fatal ni hegemónica. Desde siempre, en el campo educativo, han surgido tendencias y movimientos que buscan dar a la educación su sentido original y profundo, lo cual tiene como inevitable consecuencia la confrontación de quienes buscan esta alternativa con quienes ejercen el poder; puesto que la educación en su forma actual tiende a favorecer la permanencia de esa misma estructura de poder. Al sentirse amenazada cuando se le disputa algún territorio –como el educativo- la plutocracia reacciona con violencia, en forma bárbara, como ha sucedido en México en el transcurso del último medio siglo: represión y muerte para dirigentes magisteriales, estudiantiles y universitarios que se atreven a cuestionar la barbarie en que se hunde el país.
 
            Con el paso de los años la conciencia de clase -y la consecuente acción organizada de los desposeídos contra los poderosos y explotadores- se ha atenuado hasta reducirse a la aceptación resignada de las nuevas formas de dominación, a la protesta aislada o a la  crítica aséptica, ajena por completo a la realidad social y a la acción política. Esta neutralización de la conciencia de clase, la extendida anomia social y el consecuente saldo histórico a favor del empresariato transnacional no son casuales. Las décadas de carnicería y persecución de opositores y disidentes en América Latina, la intensificación de la sujeción ideológica de las masas mediante los aparatos ideológicos del estado –el sistema educativo sobre todo- y de los medios de comunicación masiva, así como la cooptación y neutralización de intelectuales y organizaciones de izquierda, han dado sus frutos: el proletariado latinoamericano sigue en busca de su cabeza perdida.
 
            En el transcurso de la segunda mitad del siglo veinte el  proyecto de dominación del capital sobre el trabajo adoptó una nueva forma: el imperialismo neomercantil, denominado eufemísticamente neoliberalismo, que en su implantación mundial –la globalización- ha exacerbado hasta niveles increíbles la explotación del hombre por el hombre y la barbarie. Un elemento esencial de este proyecto es el sometimiento, a toda costa, de la conciencia y su consecuente cosificación, lo que significa constreñir y moldear las creencias, las ideas, los deseos, los gustos y las conductas de los sujetos para que éstos no pasen de ser piezas reemplazables en la máquina que produce y reproduce la riqueza en un lado del binomio capital-trabajo, y  solamente muerte y miseria en el otro.
 
            En este proceso de sometimiento ideológico y de destrucción-cosificación de la conciencia individual en sus distintas dimensiones, el papel del aparato educativo no es menor.  A lo largo de la historia, puede constatarse que la educación ha sido funcional a los intereses de la clase dominante en cada momento, aunque en los períodos posteriores a los grandes movimientos sociales, posibles gracias a la participación masiva de las clases explotadas,  el aparato educativo ha sido reformado para favorecer los intereses de estas clases. Empero, una vez que la clase dominante logra restablecer su preeminencia, el sistema educativo vuelve a reformarse para adaptarse otra vez a las necesidades de esta clase.
 
            Es posible observar a lo largo de la historia de la educación en México una serie de reformas y contrarreformas que se van sucediendo dependiendo de la correlación de fuerzas entre las distintas clases sociales en cada momento histórico. Los libros de texto que mis padres emplearon en la primaria, en los años 30, ensalzaban el socialismo. A los niños se les enseñaba el himno obrero La Internacional, el cual cantaban casi tan frecuentemente como el himno nacional. Indicadores de que la educación tenía un sentido popular, democrático y cuestionaba el orden existente. Lo cual cobró fuerza en el sexenio de Lázaro Cárdenas quien, entre otras iniciativas, fundó el sistema de normales rurales como una forma de llevar la educación, en su sentido pleno, a las comunidades marginadas indígenas y campesina. También -contaba mi suegro, Jesús Valdés Márquez, quien fue maestro en la escuela normal rural de Ayotzinapa- en estas escuelas se inculcaba la idea del socialismo como alternativa viable al capitalismo.
 
            En el sexenio de Miguel Alemán Valdés se reformó la ley de educación, eliminando el párrafo que hasta entonces señalaba que la educación sería de carácter socialista y, en consecuencia, La Internacional ya no se entonó más en las escuelas primarias ni en las normales rurales. La educación fue perdiendo su orientación popular.
 
            Por otra parte, la autonomía universitaria conseguida con gran esfuerzo en la segunda década del siglo veinte  como corolario de la Revolución, fue neutralizada con diversas medidas (como la de establecer una Junta de Gobierno como autoridad máxima –dique a la democracia interna- y la de que sea el gobierno quien asigne discrecionalmente el presupuesto para su funcionamiento). Los grandes logros educativos -por sus alcances sociales progresistas- del Instituto Politécnico Nacional y de las Escuelas Normales fueron casi nulificados por las políticas de represión, asfixia financiera, control político y corrupción que el sistema ha intentado imponerles, todo con tal de evitar que las instituciones de educación superior jueguen un papel decisivo a favor de las clases desposeídas.
 
            Y aquí estamos,  en México 2014, a cuarenta y seis años de la masacre de Tlatelolco presenciando la renovación de una guerra sucia contra las normales rurales que no termina, sino que adopta formas cada vez más sutiles y siniestras. En aquellos años el movimiento estudiantil, ligado a diversos movimientos sociales, cobró una fuerza notable y es probable que la clase dominante viese en ello una amenaza para su hegemonía. En las universidades, escuelas normales e institutos técnicos, estudiantes y profesores discutían intensamente la necesidad y posibilidad de una nueva revolución social en México. Con distintas modalidades los centros de educación superior, en un sentido nada figurado, se abrieron al pueblo, lo que provocó toda la serie conocida de agresiones –muerte, daño físico o prisión- hacia estudiantes y profesores y ataques hacia los mismos centros educativos, muchos de los cuales (las normales rurales entre otros) fueron ocupados  por el ejército aún en años posteriores al 68. También vale recordar que en aquellos años existían fuertes organizaciones estudiantiles como la Confederación Nacional de Estudiantes Democráticos y muchas otras con presencia regional y nacional. El lema de esta organización era: “Por una educación científica, democrática y popular”.
 
            Todas ellas fueron desmanteladas hasta sus cimientos por el régimen priísta.
 
            Actualmente, luego de más de treinta años de paciente diseño de una nueva política educativa, las universidades públicas y los otros centros de educación superior han sido sometidos por el poder, intentando contener  cualquier posibilidad de que asuman un papel protagónico en la dinámica social, y mucho menos que se conviertan en centros de concientización social y acción política. Por distintos medios, la clase dominante, asesorada por los expertos del Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional,el Pentágono, y con políticas educativas dictadas a través de organismos como la OCDE, ha logrado por el momento sujetar la educación superior a los intereses del empresariato y sus aliados nativos.
 
            En tanto, en los recintos universitarios   se evita discutir estos asuntos porque no es pertinente, no es políticamente correcto ni conveniente, no es “académico”. El deterioro en la calidad los procesos de enseñanza aprendizaje en los centros universitarios sigue su curso; la mayoría de los jóvenes que aspiran a realizar estudios universitarios son excluidos y lanzados a la nada de la vagancia o el subempleo; fuera de las aulas el deterioro económico, político y cultural sigue afectando a millones de mexicanos.
 
            Todo ello aunado al estado  de plena barbarie y descomposición en que han hundido al país quienes dicen gobernarlo.
 
            Es en este contexto que deben entenderse los dos movimientos estudiantiles recientes y sus secuelas: la lucha de los estudiantes politécnicos y la de los estudiantes normalistas de Ayotzinapa. Son luchas por fincar en la educación un contrapeso a la barbarie.
 
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