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Educación para la incertidumbre

Jos Manuel Velasco Toro 12/12/2019

alcalorpolitico.com

El filósofo y economista inglés John Stuart Mill (1806-1873) planteó que una situación de costumbre conducía a un estado de certeza, lo que representa la única cosa que da seguridad. La certidumbre que daba el presente con respecto al devenir futuro significó, por mucho tiempo, un elemento de certeza en la vida social y laboral, que se prolongó durante casi todo el siglo XX. Sin embargo, los cambios en la dinámica productiva, el balance político, el entretejido mercantil, la comunicabilidad mundial, el avance de la ciencia y la innovación tecnológica llegaron a un punto de bifurcación en donde la certidumbre dio paso a la incertidumbre, que de manera abrupta se presentó en nuestras vidas haciendo del futuro un presente en constante transformación. Con la caída del Muro de Berlín el 9 de noviembre de 1989, la disolución de la Unión Soviética que puso fin a la Guerra Fría, el desarrollo acelerado del mercado total, las crisis financieras que han golpeado a la economía mundial y los crecientes déficits fiscales que hacen insostenible los actuales esquemas de gobernanza se transitó de una época histórica donde la certeza nos daba seguridad en el porvenir, a otra en la que los cambios son tan rápidos que imponen un nuevo aprendizaje para manejar la incertidumbre. Nuevo estilo de vida y, por tanto, nuevas formas de respuesta ante la dinámica social que requiere de nuevas habilidades para adaptarse al cambio en contextos de rupturas sucesivas.
 
Antes hablábamos de una persona cosmopolita cuando se hacía referencia a alguien cuya cultura y posición económica le permitía acceder a ámbitos culturales amplios y de otros países. Esa condición quedó atrás con la globalidad, que incluyó a toda persona en el universo de la información global. Esta globalidad no es estática, por el contrario, su constante dinámica ha impuesto una lógica que exige de la creatividad como acción gestora para descubrir y anticipar procesos inmersos en el desenvolvimiento de un pensamiento dinámico, conocido como “pensamiento nómada”. De tal forma que la lógica lineal de causa-efecto y el reduccionismo de la profundización resultan rebasados e insuficientes para comprender un ambiente dominado por el constante cambio, que requiere de una mirada compleja y relacional. El fenómeno del mercado mundial ha transformado los entornos laborales, políticos, sociales, educativos, culturales y recreativos en dinámicos y cambiantes. Esta situación impone al individuo nuevas situaciones de vida que obligan a desarrollar la capacidad creativa en el aprendizaje autónomo y continuo. En otras palabras, en la actualidad se exige dar mayor importancia al aprender a navegar en las inquietas aguas de la incertidumbre con la brújula de la lógica borrosa, que requiere de habilidades intelectuales y operativas transversales. Una lógica que implica poner en juego reglas en paralelo, percibir las diversas variables, relacionar información, ponderar resultados, captar las propias equivocaciones al mismo tiempo que se absorbe sabiduría permitiendo que la dinámica de un sistema sea más realista.
 
Todo ello empuja hacia un cambio educativo en concordancia con perfiles de egreso acordes a la nueva dinámica laboral. El trabajo del conocimiento es ahora un factor de producción altamente lucrativo y necesario. Por eso la educación tiene que ser reorientada hacia el proceso de aprendizaje decodificador de saber transversal para manejarlo en situaciones de aprendizaje emergente. De ahí que la propuesta pedagógica de aprender en el aprender no es sólo un mero discurso, sino que tiene como trasfondo convertir al estudiante en una persona que cognitivamente invierte en sí mismo como propietario de sí mismo y su conocimiento. Se trata de despertar la actitud activa en el aprendizaje para que la persona pueda dar respuesta creativa en cualquier medio en el que tenga que actuar.
 
El llamado aprendizaje permanente o de por vida se ha vuelto un factor esencial para alcanzar la inclusión en la “sociedad del conocimiento”, el éxito individual y el bienestar social. La paradoja resultante es que ahora quien contrata en el mercado global es un receptor de “capital humano”. Es decir, paga por conocimiento, habilidades de aprendizaje y capacidad activa y creativa al poseedor del trabajo cognitivo, que es la persona contratada. En el concierto del mercado global, las habilidades de aprendizaje, la capacidad creativa y el conocimiento son un bien de capital. ¿Por qué? Simple y sencillamente porque lo que hoy más riqueza genera es el trabajo cognitivo. Durante la revolución industrial lo fue el trabajo directo, es decir, la mano de obra; en el mercado actual, el factor de producción más importante es el trabajador del conocimiento, más que el trabajador directo que ahora sobrevive bajo relaciones de neo-esclavitud.
 
Por eso el enfoque pedagógico que da prioridad al aprendizaje autónomo y creativo es tan importante y necesario en la futura política educativa. Se trata de que el estudiante adquiera insumos para el aprendizaje autónomo y habilidades de pensamiento reflexivo. Sobre todo porque el entorno del mercado mundo demanda que el capital humano, más que acumular información, tenga una formación poli-disciplinar y transversal que le permita procesar conocimientos y cambiar la mirada sobre las cosas bajo situaciones de incertidumbre. Y esto es así simplemente porque el sistema del mercado mundo es una red de comunicación cuya organización es compleja y transversal. Una red que no cesa de estar en constante proceso de retroalimentación, y al darse condiciones cambiantes exige respuestas creativas y transformantes.
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