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¿Educadores o instructores?

“Educar al alumno no es embodegar en su cabeza frases que otro cerebro elaboró y que para él carezcan de sentido…” C.A. Carrillo.

Jorge E. Lara de la Fraga. Xalapa, Ver. 08/04/2014

alcalorpolitico.com

Tanto se ha hablado y escrito sobre la reforma educativa que en verdad el ciudadano común está en medio de incertidumbres y de sombras. Por un lado escucha el reiterado discurso oficial, con tufillo neoliberal, que pregona las excelencias de la propuesta presidencial hecha ley y por el otro sendero es testigo de la inconformidad magisterial que se rebela contra las disposiciones administrativas y técnicas que violentan sus derechos laborales. Como profesor jubilado me pregunto si con medidas draconianas del orden gubernamental se podrá mejorar la realidad formativa en nuestro país, si con evaluar periódica y sistemáticamente a los docentes tendremos mejores rendimientos en el quehacer didáctico y conformaremos idóneos seres humanos. Sería muy desastroso que esas “valoraciones teóricas” a los profesores sólo permitieran a los interesados proseguir en el servicio y que ello no se reflejara pedagógicamente en las aulas y en el desarrollo armónico de los niños y jóvenes.

Leí en un texto lo siguiente: “La reforma supone que la evaluación regular y permanente a los docentes los hará más competitivos, propiciará su capacitación y mejorará la calidad de la educación. Pero estos supuestos operan en realidad en otra dirección, pues conducen a los maestros a concentrar su trabajo en las aulas en preparar a sus alumnos para presentar con éxito los exámenes de opción múltiple, aunque no aprendan cosas importantes para su vida. Además la reforma altera drásticamente la forma en que el maestro se relaciona con su materia de trabajo. En el aula, el docente labora con cierta autonomía, sin la vigilancia continua de directores e inspectores. Puede utilizar discrecionalmente materiales didácticos, escoger el momento más adecuado para impartir algunos contenidos, promover o no la participación directa de los alumnos y utilizar los más variados recursos para mantener con entusiasmo el control del grupo…”

En la tranquilidad de mi hogar me pregunto: ¿Qué tipo de pruebas o instrumentos de medida se utilizarán para mensurar la idoneidad y capacidad de los educadores? Mal se procedería si únicamente se toma en cuenta el factor cognoscitivo y no se valora la práctica docente. De que valdría un excelente puntaje en una prueba objetiva, de opción múltiple respuesta única, si el examinado de marras careciera de la sensibilidad, de la vocación y de las herramientas pertinentes para encauzar convenientemente a los alumnos bajo su responsabilidad. Más aún, de que valdrían cuadros magisteriales “aprobados y bien aceitados” ante una serie de circunstancias adversas donde desarrollarían su labor social-humanística. Vamos a suponer que ya se cuenta con los mejores docentes y a éstos los ubican en planteles desvencijados, en comunidades de difícil acceso y sin servicios básicos, en recintos con carencias múltiples, con infantes subalimentados y sin dispositivos pedagógicos. Para mi particular punto de vista, si las autoridades educativas proceden con ligereza y de espaldas a la realidad mexicana, engañándose en modelos mágicos y en soluciones mercadotécnicas, no sacarán al buey de la barranca y la crisis educativa seguirá siendo el pan nuestro de cada día.



Pero retornando al título del presente comentario no puedo aceptar que el docente se transforme en un mero instructor y deje al margen su misión transformadora. El maestro mexicano, acorde con el Artículo Tercero de nuestra Carta Magna y con su formación psicopedagógica y científico - humanística tenderá, entre otras cosas, a conformar seres humanos con conciencia cívica, con una formación dirigida al desarrollo de la sociedad. Todo ciudadano bien nacido anhela jóvenes y niños reflexivos y críticos no repetidores de contenidos. Para los nuevos tiempos que se avizoran urgen seres autónomos y no sujetos temerosos, se necesitan escolares conformados en el marco de una atmósfera laica para analizar objetivamente el entorno natural y social, a través de la duda permanente, de la observación, de la experimentación y de la comprobación; auxiliados en todo momento por docentes consistentes, generadores de inquietudes, auspiciadores de la creatividad infantil, dignos e independientes.

A pesar de que educadores clásicos como Rousseau, Comenio, Decroly, Cláparede, Montessori, Dewey, Carrillo y Rébsamen, entre otros, expresaron desde hace mucho tiempo que para ser más significativo el proceso de enseñanza -aprendizaje y para facilitar el desenvolvimiento de los escolares, se requería de poner en operación acciones donde no podrían quedar al margen la actividad inteligente, la objetividad, el juego, la participación de los sentidos, la correlación de contenidos y las secuencias académicas acordes con las características de los educandos, se sigue operando en las aulas nacionales con sustento en procedimientos anacrónicos, donde la memorización, las sesiones verbalistas y la disciplina férrea son los ingredientes sombríos de una formación tradicional.



¿Seguiremos transitando, con la vigente y pomposa “reforma educativa”, por los mismos senderos obsoletos?

Atentamente

Profr. Jorge E. Lara de la Fraga.