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Sursum Corda

El Mozart de la Teología

Pbro. Jos Juan Snchez Jcome 11/02/2019

alcalorpolitico.com

Habíamos terminado esa jornada dominical invitando y motivando a todos los fieles a realizar gestos de caridad y solidaridad hacia los enfermos, tomando en cuenta que al otro día, lunes 11 de febrero de 2013, se celebraría la Jornada Mundial del enfermo, en el marco de la fiesta de Nuestra Señora de Lourdes.
 
Meditamos en la realidad del dolor y del sufrimiento que a todos nos alcanza de distintas maneras. Las enfermedades también bajan las defensas espirituales y por eso se pueden convertir en un tiempo de oscuridad en la fe, de cuestionamientos a Dios y de sentimientos de orfandad. Así cerramos la jornada dominical.
 
De una manera muy extraña, como si una noticia me persiguiera, ese lunes que marcó la historia me desperté mucho más temprano de lo habitual. Antes de hacer mis oraciones, sentí un impulso por revisar los titulares de prensa y esa noticia me levantó de un salto. Me aseguré de estar verdaderamente despierto. ¿La renuncia del papa Benedicto XVI?
 
¿Eso puede hacer un papa? ¿La Iglesia puede permitir una situación como ésta? ¿Qué está enfrentando este papa para llegar a una decisión tan delicada como ésta? Y seguían las preguntas girando sobre mi cabeza, al tiempo que no dejaba de abrir y abrir diversas páginas de noticias de México y del mundo para convencerme de lo que estaba pasando.
 
Me sentí conmovido, cimbrado, cuestionado y hasta atemorizado por esta noticia. Así que inmediatamente pensé en nuestros fieles. ¿Cómo vivirán una noticia estremecedora como ésta? ¿Les alcanzará su fe para entender los designios de Dios? También pensé en mis hermanos periodistas con los que había estado dialogando de diversos temas los últimos cinco años. ¿Qué me preguntarán? ¿Cómo vivirán ellos esta renuncia?
 
No paraba de plantearme tantas preguntas cuando ya era hora de las respuestas. Sonó el teléfono. Eran mis hermanos reporteros que ya me estaban pidiendo la primera declaración. Nunca los había atendido antes de las seis de la mañana. Concedía las primeras entrevistas a partir de las siete de la mañana, cuando comenzaban los noticieros. Sólo en una ocasión había acudido a las tres de la mañana a una estación de radio para comentar la misa de beatificación de Juan Pablo II.
 
Tuve que pedirle a mi amiga reportera que me diera cinco minutos, los cuales aproveché para hacer una consulta a un especialista en derecho canónico. Me llamó la atención que su sorpresa y angustia fue mayor que la mía. Pero inmediatamente se serenó y comenzó a situar el escenario que se venía y las providencias que había que tomar.
 
Así comencé una jornada de entrevistas y declaraciones, quizá una de las más intensas durante mis años como director en la Oficina de Comunicación Social de la Arquidiócesis de Xalapa.
 
Días después, acompañé a Mons. Hipólito Reyes Larios en su viaje a Roma, que estaba previamente planeado. Me tocó participar en la última audiencia de Benedicto XVI y en un encuentro particular que tuvo con los sacerdotes de Roma.
 
El día 28 de febrero de 2013 nos organizamos con el P. José Manuel Suazo Reyes -nuestro actual vocero diocesano-, que en ese tiempo se desempeñaba como Prefecto de Estudios en el Pontificio Colegio Mexicano en Roma. Estuvimos en la Plaza de San Pedro con una multitud que de manera espontánea se organizó para despedir al papa. Las pantallas gigantes colocadas en los ángulos de la Plaza de San Pedro siguieron los últimos pasos de Benedicto antes de salir para Castelgandolfo.
 
Nuestros ojos clavados sin parpadear en las pantallas hasta que subió al helicóptero. De ahí, de manera casi automática nuestros ojos se dirigieron al cielo para seguir el helicóptero. Fue impresionante el sentimiento de tristeza y orfandad que se experimentaba en esa plaza.
 
Nunca había visto a tantos europeos tan sensibles, afligidos y llorando por la despedida de un papa. Tan solo tenían fuerzas para sostener sus enormes letreros escritos en distintos idiomas simplemente para decir: gracias, merci, grazie, thanks, danke.
 
Pasaron los días y la tristeza se convirtió en gozo al descubrir que el Espíritu Santo lleva la historia. Francisco fue la gran respuesta de Dios a nuestros momentos de tristeza y angustia. Contagiados de alegría y esperanza comenzamos a ver la estatura de Benedicto, su humildad, su gran libertad en el Espíritu, su lección magistral del año de la fe: la barca la conduce el Señor, no el hombre.
 
Se extraña la palabra de Benedicto, su sabiduría perfectamente amalgamada de humildad evangélica. Pero nos anima saber que está consagrado a la oración por esta Iglesia que sigue navegando por los mares turbulentos de la historia.
 
El cardenal alemán Joachim Meisner llamó a Benedicto XVI el “Mozart de la Teología”, no solo por su sencillez y ligereza de pensamiento sino también por su dramática profundidad.
 
Al celebrarse seis años de la renuncia de Benedicto XVI quisiera expresarle mi admiración y cariño recordándole las palabras que pronunció en el inicio de su ministerio petrino, el 24 de abril de 2005, y que también a nosotros nos sostienen en esta travesía donde queremos mantenernos como hijos fieles de la Iglesia.
 
“Quien cree, nunca está solo; no lo está en la vida ni tampoco en la muerte... También en mí se reaviva esta conciencia: no estoy solo. No tengo que llevar yo solo lo que, en realidad, nunca podría soportar yo solo. La muchedumbre de los santos de Dios me protege, me sostiene y me conduce”.
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