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Universidad Anahuac

Sección: Estado de Veracruz

El Museo de los Escritores (V)

- Al exaltar a los creadores y a sus obras, se modelan valores de excelencia y perseverancia en las nuevas generaciones

- Dimensionar esas creaciones, estimula el intelecto y virtudes inherentes a la creatividad

- Conlleva a reconocer la otredad, los atributos distintivos de los demás y de la diversidad cultural

- Por ello, los Doctorado Honoris Causa de la UV

Vctor Arredondo lvarez 11/10/2021

alcalorpolitico.com

Las sociedades, las instituciones y los grupos que las conforman recurren a los mitos, rituales y símbolos como una forma de construir una identidad colectiva y la indispensable cohesión social. Tales manifestaciones pueden usarse para el engrandecimiento de la colectividad, siempre y cuando enfaticen la importancia de cultivar las fortalezas de cada quien; pueden ser un medio para mantener el status quo o la “estabilidad”, concediendo espacios de expresión acotados, dosificados; incluso, pueden ser usados como instrumentos perversos para mantener la ignorancia, inducir el conformismo y, con ello, la despiadada dependencia a la autoridad y a las élites dominantes.

En todo momento, las instituciones académicas están llamadas a ser promotoras de la grandeza social y, más aún, cuando soplan vientos de incertidumbre, de vacíos existenciales, de violencia, de grandes penurias como las que enfrentamos con la actual pandemia. No sólo se trata del asistencialismo típico del servicio social sino de programas culturales que eleven el ánimo colectivo y la inspiración, gracias al realce de lo estético y a la promoción del recurso lógico de grandes pensadores y culturas que han sabido enfrentar la adversidad.

La construcción de una cultura que enaltece el talento y la excelencia, cultiva el énfasis en la persistencia y el esfuerzo cotidiano. Lo sublime requiere de una labor sostenida que acumule pequeños logros a lo largo del tiempo para llegar a la genialidad. Esa es la gran cualidad de los grandes creadores que trascienden generaciones y eso hay que resaltarlo, divulgarlo. Por ejemplo, cuando la Universidad otorga su máximo reconocimiento, el Doctorado Honoris Causa, lo hace tanto para honrar a quien se lo merece y para recrear el verdadero sentido de la brillantez humana y tomarla como ejemplo a seguir.



Al analizar la trayectoria de los ilustres personajes que han recibido ese doctorado en la historia de la UV, podemos descubrir que su genialidad resulta de una vida persistente dedicada al intelecto y al estudio de su disciplina: Pablo Casals, uno de los mejores violonchelistas de todos los tiempos; los ex rectores de la UV, Gonzalo Aguirre Beltrán, Fernando Salmerón y Rafael Velasco; Rufino Tamayo, uno de los pintores mexicanos más venerados en el mundo; Ruben Bonifaz Nuño, un humanista clásico estudioso y promotor de la lengua española, del nahuátl, del latín y el griego; Emilio Carballido, eminente dramaturgo mexicano, laureado a nivel internacional; Guillermina Bravo, pilar de la danza contemporánea de México.

Durante el primer rectorado autónomo de la UV, tuve el privilegio de entregar el doctorado Honoris causa a Sidney Bijou, eminencia internacional del análisis experimental de la conducta y del desarrollo infantil; a Carlos Fuentes, José Emilio Pacheco y Sergio Pitol, tres mexicanos universales homenajeados con el Premio Cervantes, la máxima presea literaria de la lengua española; a Edgar Morin, filosófo planetario, pacifista y creador del enfoque teórico del pensamiento complejo; a Enrique Florescano, pilar del estudio histórico de México; a Ida Rodríguez Prampolini, lúcida historiadora, investigadora emérita e incansable promotora de la cultura universal y de las artesanías populares; a José Luis Cuevas, conocido internacionalmente como lEnfant terrible de la pintura mexicana, brillante artista, polifacético, polémico; y a Carlo Antonio Castro, figura palmaria de la comunidad universitaria de la UV y referente indiscutible de la excelencia académica.

En las siguientes dos administraciones se reconoció a otro grupo ilustre de escritores e intelectuales como Fernando Savater, Carlos Monsiváis, Mario Muñoz, Ernesto Cardenal, Eduardo Galeano, Gilberto Guevara Niebla; de artistas como Carlos Jurado, Manuel Montoro, Mateo Oliva, Alberto de la Rosa, Francisco Beverido; científicos como Basarab Nicolescu, Emilio Ribes, José Negrete, José Sarukhán; y al cinematógrafo Arturo Ripstein, entre otros personajes que destacan por sus excelentes aportaciones.



En la mayoría de los casos en que me correspondió el privilegio de entregar el doctorado Honoris Causa, tuve la enorme satisfacción de celebrar a personajes con quienes tenía una relación personal o cuyas obras habían sido parte de mi historia formativa. A Sidney Bijou y Edgar Morin me tocó estudiarlos como alumno de licenciatura y posgrado; a Carlos Fuentes, Sergio Pitol, José Emilio Pacheco y Carlos Monsiváis los conocí a través de sus obras y del trato personal. Mantengo guardadas las imágenes de aquellos coloquios abarrotados en el auditorio de Humanidades Jesús Morales, entre el año 1999 y el 2000. Mientras la UNAM se mantenía tomada durante 10 meses con la consigna “Cuotas, no”, Fuentes, Monsiváis, Pacheco y Pitol, festejaban en ese auditorio de la UV la vehemente participación de la comunidad universitaria con la proclama: La universidad pública está viva.

Con Carlos Fuentes, Silvia Lemus y Sergio Pitol recorrí las USBIs de Xalapa y de Boca del Río, junto con sus resplandecientes entornos verdes y lagos recién creados. Ellos expresaban su beneplácito de que una universidad estatal contara con una infraestructura bibliotecaria y reservas ecológicas que superaban en ese momento, salvo la UNAM, a las mejores universidades del país. Luego supe que en una de esas caminatas, Carlos Fuentes decidió sorprendernos con la noticia de que donaría su biblioteca personal para convertirse en una de las colecciones especiales de la USBI Xalapa. Así lo anunció durante la magna ceremonia de entrega del doctorado Honoris Causa en presencia del presidente Ernesto Zedillo, del gobernador Miguel Alemán y del secretario de Educación Pública, Miguel Limón.

Sergio Pitol también decidió maravillarnos con la misma decisión dos años y medio después, en la misma ocasión, durante la sesión en que le hice entrega del doctorado Honoris Causa. Ambos escritores universales, tenían muy claro el significado y la trascendencia de su generosa donación; sabían que sus preciados compañeros de vida, sus libros, tendrían un resguardo y un uso institucional de primer orden.


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