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En el umbral del punto de no retorno por el cambio climático

Jos Manuel Velasco Toro 11/07/2019

alcalorpolitico.com

En 1988 se creó el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC), patrocinado por la ONU, cuyo objetivo es evaluar los conocimientos científicos, técnicos y socioeconómicos sobre las causas que han provocado el cambio climático, las repercusiones que tiene a nivel planetario y las estrategias para atender las condiciones de su impacto a nivel regional y mundial. Desde entonces, el IPCC ha presentado diversos informes de evaluación que contemplan, entre otros asuntos relacionados, el inventario del aumento de gases de tipo invernadero cuyo origen es antropogénico, es decir, generado por el ser humano; el impacto de vulnerabilidad y las acciones de mitigación inmediatas y mediatas; los efectos regionales y continentales; la urgencia de proteger la capa de ozono; la situación que guarda las políticas recomendadas para erradicar la pobreza material e intelectual, entre otros más. Evaluaciones que han estado dirigidas a los responsables de la política con recomendaciones claras para actuar en consecuencia. Sin embargo, se aprecia flagrantemente en los hechos, la clase política ha denotado una actitud pusilánime que evita el tema y va desde el desprecio incrédulo que emana de la ignorancia, la oposición a las acciones de mitigación porque implican tocar intereses económicos hegemónicos con impacto electoral negativo para ellos, hasta la posición comprometida de quienes reconocen la importancia de actuar, pero mantienen una tímida acción política al respecto.
 
Pese a que los informes dan cuenta histórica de la evolución del calentamiento que está incrementando las temperaturas globales y tiene como origen la creciente concentración de emisiones de Gases y Compuestos de Efecto Invernadero (GEI), causa principal del cambio climático que consiste en aquellos fenómenos meteorológicos que determinan el clima, la implementación de acciones efectivas para la mitigación no ha cristalizado y, en muchos casos, ni siquiera se ha alentado a ello, quedando sólo en programas escolares de cuidado del medio ambiente que se reducen a separación de basura, reciclado de plástico, ahorro de energía eléctrica, cuidado en el uso del agua, práctica pedagógica que al salir del espacio áulico se pierde ante la abrumadora realidad de una sociedad que se mueve a partir del uso de combustibles fósiles, principal causa de emisiones GEI.
 
En su informe de 2014, dirigido a los responsables de políticas de gobierno, el IPCC puntualiza que las emisiones de gases de efecto invernadero había aumentado considerablemente entre 1970 y 2010, porque no se cumplía con las acciones acordadas y los compromisos internacionales dirigidos, especialmente, a reducir las emisiones de gases fluorados utilizados en sistemas refrigerantes y espumas aislantes; el dióxido de carbono (CO2) liberado por la quema de combustibles fósiles, procesos industriales y silvicultura; metano (CH4) cuyo aumento en la atmosfera contribuye a acelerar el calentamiento; y el óxido nitroso (N2O) liberado por la agricultura intensiva que utiliza fertilizantes nitrogenados, quema de biomasa y deforestación. Como ven, acciones humanas, de ahí llamadas causas antropogénicas, que se intensificaron a partir de 2010 y ahora sitúan a la humanidad a un paso del colapso ambiental.
 
El IPCC, en su informe de 2018, proporciona datos contundentes. En 1910, la temperatura media de la Tierra era de 15° C. Para 2014 pasó a ser de 16.5° C. Actualmente está cerca de que alcance los 17° C promedio, punto crítico que de rebasarse provocaría, como ya se están empezando a sentir, consecuencias verdaderamente destrozas para todos los países del planeta. Y no bastarán discursos políticos irresponsables, buenas promesas sin acción concreta y profunda, paliativos electoreros o reducción a programas escolares con relativa trascendencia social. Los hechos hablan, y de manera sonora, de lo que nos espera: temperaturas de 32° C en Alaska, prolongada sequía en España, fenómenos atípicos localizados como granizadas veraniegas, aumento exponencial en la reproducción del alga sargazo ocasionado por un aumento en la temperatura marina y nutrientes derivados de la contaminación procedente de distintas partes del mundo, estiaje en ríos por la prolongada “canícula” que en México se está viviendo en varias regiones. Pero, sobre todo, aumento del nivel del mar como consecuencia del deshielo de Groenlandia, la Antártida y múltiples glaciares, que, de rebasar los 30 centímetros, provocará que se inunden zonas costeras continentales e islas, lo que tendrá enormes pérdidas económicas por el daño industrial y desaparición de tierras de cultivo y pastoreo, así como conflictos sociales intensos por el consecuente desplazamiento de la población que vive en los espacios costeros. Tan sólo, por ejemplo, en los Países Bajos el 58% de su población tendría que buscar otros sitios dónde vivir, Vietnam el 38%, Egipto el 37% y en México millones deberán abandonar zonas como Coatzacoalcos, puerto de Veracruz, Tuxpan, Manzanillo, Acapulco, Guaymas y prácticamente una enorme extensión de la península de Yucatán quedaría bajo el agua marina.
 
Pero a pesar del pronóstico tan negro que nos espera, en muchos países, y México no es la excepción, se sigue quemando una gran cantidad de combustibles fósiles (incluso se apuesta por continuar generando energía eléctrica a base de carbón mineral), la práctica de la desforestación se manifiesta de manera compulsiva, se prioriza la ganadería extensiva que es fuente de metano, el uso abusivo de fertilizantes químicos, la quema de cañaverales, la urbanización sin conservación de amplias áreas verdes, y un largo etcétera de acciones antropogénicas ancladas en la conducta heredada de cientos de años. Pero la hora de la verdad ya está muy clara para la humanidad. Es momento de cambiar drásticamente nuestro estilo de vida, de producir y consumir o enfrentaremos una catastrófica disrupción civilizatoria planetaria. “Si nos salvamos -escribió Giovanni Sartori hace quince años, no será con la tecnología, sino con el retorno a la inteligencia” de la sociedad civil, de los jóvenes, de comunidades religiosas, de los científicos, de todo el mundo que tiene que exigir a las grandes corporaciones industriales, que a la larga tienes más que perder si no se suman a la mitigación del cambio climático, que introduzcan medidas para frenar la emanación de gases de tipo invernadero, a líderes y partidos políticos que dejen de perder el tiempo en peroratas personales y asuman la responsabilidad que les compete para frenar, con el gran conjunto social, las múltiples causales del cambio climático.
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