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Espacio ciudadano

Ese Huatusco en lontananza…

Jorge E. Lara de la Fraga 02/08/2015

alcalorpolitico.com

“Soy pequeño porque soy niño. Seré grande cuando sea tan viejo como mi padre”.- R. Tagore.

Hoy me referiré nuevamente a mi terruño original, a ese espacio mágico donde la naturaleza se expresa con magnificencia entre cafetales, plantaciones de caña de azúcar y vegetales de diversa índole, donde personas laboriosas se caracterizan por ser buenos anfitriones y donde a finales del presente mes (del 28 al 30 de agosto) será visitado por un contingente de docentes de la BENV, para conmemorar a plenitud más de medio siglo de haber egresado del colegio rebsameniano de Xalapa. Me contaron que antes de que yo naciera, ese Huatusco de antología -en tiempos de buena cosecha de café – se vestía de gala y en los recintos del Club de  Leones  o de El Elefante se efectuaban grandiosos saraos, donde los hombres y las mujeres utilizaban sus mejores prendas (blanco y negro) para ejecutar sus rutinas dancísticas, en noches románticas con luna y perfumadas por las emanaciones de la floresta circundante. Por esos ayeres también eran muy comunes las serenatas con el acompañamiento de extraordinarios músicos y versátiles cantantes.

Recuerdo que mi padre tenía muy presente cuando Panchín Rebolledo y los hermanos Páez entonaron melodías singulares, recorriendo diversos domicilios de agraciadas damas y trasladándose en un vehículo de redilas, con todo y piano, contrabajo y demás arreos instrumentales, para beneplácito de los galanes involucrados. Pero si bien lo anterior aconteció en las postrimerías de la década de los 30 y en buena parte de los 40, yo sí me acuerdo de sucesos desarrollados durante el “parteaguas” del siglo XX, pues durante el período de los años cincuenta cursaba mis estudios primarios en el plantel “Adolfo Ruiz Cortines” y fui testigo, en 1955, de esas fastuosas Bodas de Diamante de Huatusco, en razón de cumplirse 75 años de ser Ciudad. En tal ocasión llegaron al terruño muchos visitantes, retornaron paisanos de múltiples destinos y merced a la intervención del genial caricaturista Ernesto García Cabral estuvieron en estos lares jarochos varias personalidades como Pedro Vargas, Agustín Lara, Rafael Freyre, Manuel Horta, Manolo Arruza, Mario Moreno “Cantinflas” y varias luminarias más que escapan a mi retentiva. Fueron días significativos para el antiguo Señorío de Cuautochco, mismo que se proyectó a plenitud.

Como adolescente y como joven rememoro al terreno de mis afectos, en razón de los inolvidables “días de campo” por La Ventura, Pajaritos, Poza de Citlacuatla, Tenejapa y la ex – hacienda La Cuchilla, donde unos sencillos tacos y unos pambazos con frijoles eran bien apreciados y digeridos, en el marco ritual de esas bellezas ecológicas que circundan a la localidad de las chicatanas. Asimismo, por esos años cincuentas y sesentas fueron memorables para varios de nosotros los cotejos basquetbolísticos entre las escuadras de Coscomatepec y Huatusco, donde materialmente los jugadores de ambas localidades ofrecíamos el mejor esfuerzo para salir airosos o sufrir el descalabro con dignidad. Por cierto hace unos días saludé a mi amigo y colega de profesión Domingo Hernández, también paisano, el cual me solicitó comentara sobre un encuentro de baloncesto celebrado en esos años juveniles (1962) en la cancha de la Escuela “Juana de Asbaje”, toda vez que en esa singular ocasión nuestro equipo (los Halcones) participamos todo el tiempo con cuatro integrantes y nos enfrentamos a la quinteta invicta del campeonato municipal. Sin hacer más aspavientos les expreso a los lectores que en esa noche de lluvia pertinaz, ese cuarteto hizo la hazaña y se impuso por escaso margen al equipo que después fue el campeón del torneo.


Ya en el terreno de las añoranzas y de las anécdotas cómo no acordarme de esos ascensos al Cerro de Guadalupe los días 12 de diciembre y en esas madrugadas del 11, en las vísperas, en medio de faroles, velas y marmotas. Algunos viandantes devotos intervenían en razón de la fe y varios muchachos cubríamos la jornada para dialogar con la amiga o novia durante el trayecto. Sobre el particular viene a mi mente una anécdota: en una ocasión íbamos subiendo esa pendiente cinco o seis jóvenes en una madrugada fría y oscura, con la salvedad de que carecíamos de lámparas, velas o veladoras. Caminábamos a tontas y a locas, a veces trastabillando y cayendo, influidostf probablemente por ciertas bebidas de la famosa Güera Hüber. De manera afortunada, a lo lejos nos percatamos de una caravana “iluminada” de feligreses que ascendían por otro sendero. Así que cambiamos de dirección y llegamos cansados, enlodados y golpeados a nuestro destino. No cabe duda esos tiempos idos sólo retornan a través de nuestras ensoñaciones y de nuestros anhelos sentidos.

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Jorge E. Lara de la Fraga
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