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Libertas

Hacia un necesario Contrato Natural

Jos Manuel Velasco Toro 24/07/2019

alcalorpolitico.com

Múltiples son los retos que la humanidad deberá enfrentar en las próximas décadas derivados del continuo calentamiento global, causa principal del cambio climático, cuyos efectos ya no son supuestos hipotéticos predichos por los estudios científico desde la década de los años setenta del siglo XX, sino una realidad que, inexorablemente, ya se manifiesta con efectos que muestran lo devastador que será para la dinámica del modo de vida actual. Golpes de calor en latitudes muy al norte de nuestro hemisferio, sequías prolongadas que han afectado la producción de alimentos, deshielo de la Antártida, en Groenlandia y de glaciares que parecían eternos, intensificación de huracanes y tifones, cambios en la circulación de las corrientes oceánicas, fenómenos que vistos desde una perspectiva simplista parecen aislados, locales u extraordinarios, cuando en realidad están interconectados, son expresión real de los efectos del calentamiento que continúa elevando la temperatura global y están reorganizando la dinámica del clima planetario con efectos que serán demoledores del presente estilo civilizatorio, un estilo que basamos en el consumo progresivo de energía generada por combustibles fósiles que son el principal origen de la creciente concentración de emisiones de Gases y Compuestos de Efecto Invernadero (GEI).
 
El proceso civilizatorio en el que soportamos el progreso social y la modernidad tecnológica, se sustenta en la eficiencia con la cual generamos y aprovechamos la energía para atender las múltiples necesidades humanas. El inicio fue con el descubrimiento de cómo producir y manejar el fuego recurriendo a la madera como fuente de combustión, hecho cuya evidencia data de más de un millón de años, forma que sostuvo el desarrollo humano y tecnológico hasta el momento en que se inventó la máquina de vapor para uso y aplicación industrial a principios del siglo XVIII, cuya fuente de energía fue la combustión de carbón mineral. En un santiamén se inició la paulatina y creciente liberación de GEI que se aceleró con la invención de los motores eléctricos y de combustión interna. El primero, porque requiere de energía eléctrica que, en principio era generada por fuerza hidráulica, pero ante una creciente demanda se empezó a crear quemando carbón mineral y petróleo; el segundo, porque su base energética es el petróleo. Actualmente, el mayor porcentaje de energía que consumimos proviene de la quema de petróleo. El auto que conducimos, la energía eléctrica que carga la batería de nuestro teléfono móvil, la luz que disfrutamos durante la noche en nuestras casas y que nos facilita la vida nocturna en las ciudades, el internet que nos comunica compulsivamente mediante diversas aplicaciones de Inteligencia Artificial, el transporte aéreo que hace posible que en unas cuantas horas estemos en uno u otro continente, el transporte náutico de gran calado que ha revolucionado el traslado de mercancías a nivel global, todo ello, y muchas más actividades que soportan la economía y dinámica social contemporánea, se basan en el consumo creciente de energía fósil. La actual tecnología de la información y la comunicación, por ejemplo, no es posible sin la electricidad, realidad que nos confronta ante el hecho de continuar generándola a partir de la combustión de carbón mineral y petróleo o suprimir esta fuente para sustituirla por el recurso de fuentes que no liberan las actuales cantidades de GEI; esto es, hidráulica mediante sistemas modernos que aprovechan la fuerza de las corrientes de ríos y mareas marinas, y desde luego la eólica y solar que tiene la ventaja de ser utilizadas en componentes urbanos, principales centros de consumo energético.
 
En al ámbito de las relaciones sociales, los seres humanos ideamos la forma de convivir en equilibrio disminuyendo los conflictos hacia el interior de la sociedad, relación que implica el bien común mediante el establecimiento de un pacto o alianza social. Reglas sociales de convivencia, cuyo principio es la justicia, y que Jean-Jaques Rousseau (1712-1778) la caracterizó como un “Contrato Social” mediante el cual los seres humanos, renunciando voluntariamente a su estado natural, decidieron someterse a reglas establecidas por la sociedad en su conjunto. Fundamento de la democracia y la libertad que, sin embargo, no contempló a la naturaleza, pese a que en ella evolucionamos y condiciona las relaciones de nuestra existencia. Y esa exclusión de la naturaleza en un pacto de convivencia, propició que se le viera y explotara cual objeto cuya única utilidad es proporcionar elementos y satisfactores para el desarrollo de la civilización, lo cual nos convirtió, en palabras del filósofo francés Michel Serres, en parásitos que usamos el ambiente terráqueo con abuso al tomar todo y devolver sólo basura y polución. Sarre nos dice que es urgente, y necesario para la sobrevivencia humana, establecer un nuevo pacto que, en alusión a Rousseau, llama “Contrato Natural”. Su propuesta la encausa hacia la recuperación de los varios equilibrios naturales que conllevaría a transfórmanos de parásitos a seres simbióticos. Sarre señala que el “derecho de dominio y propiedad se reduce al parasitismo. Por el contrario, el derecho de simbiosis se define por la reciprocidad: el hombre debe volver a la naturaleza tanto como recibe de ella, convertida ahora en sujeto de derecho”. Y todo ello implica drásticos cambios en nuestro estilo consumista de vida, en la superación del paradigma de seres por sobre la naturaleza y la reconversión, mejor dicho, revolución del sistema económico extractivo y derrochador para transitar, con urgencia, hacia una economía que sustente la vida en articulación con nuestro único hogar: la Tierra. Cambio que, desde luego, derrumbará intereses económicos sustentados en la explotación del petróleo e industrialización de cientos de productos derivados, pero de no realizarse ahora, la civilización, tal y como la conocemos, habrá de finalizar como consecuencia del incremento del nivel del mar que arrasará miles de millones de kilómetros costeros e islas, sequías que provocarán escasez de alimentos, lluvias torrenciales que invariablemente afectarán infraestructura urbana, reducción de las fuentes agua apta para consumo humano, y ello, a su vez desembocará en conflictos sociales, migraciones masiva, crisis económica y, claro está, resquebrajamiento político con el consecuente cisma de gobernabilidad.
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