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Hiroshima en el recuerdo

Manuel Mart?nez Morales 09/08/2012

alcalorpolitico.com

En cierto sentido brutal, que ni la vulgaridad, ni el humor, ni la exageración pueden borrar, los científicos hemos conocido el pecado; y éste es un conocimiento del que no nos será fácil librarnos.

Robert Oppenheimer

El pasado 6 de Agosto se cumplieron 67 años de la explosión de la primera bomba nuclear sobre la ciudad japonesa de Hiroshima, por obra y gracia del gobierno estadounidense el cual, a pesar de saber que tenía la guerra ganada, insistió en arrojar la bomba para “dar una lección a los japoneses y alemanes” y mostrar al mundo su poderío basado en la supremacía bélica.

Hay en la ciudad de Hiroshima una plancha de piedra que puede darnos la dimensión humana de lo que una hecatombe nuclear significaría. En esa piedra quedó grabada por el fuego radioactivo, producto de la bomba de 1945, la silueta de un hombre, más bien la sombra de lo que fue un hombre. De los huesos de ese hombre no quedó rastro. Esa piedra es un punzante recordatorio de lo horrendo que es el poder atómico. El poder explosivo del arsenal mundial actual es igual a 1 millón 500 mil bombas del mismo tipo que la lanzada sobre Hiroshima, equivalente a tres toneladas de TNT por cada ser humano sobre la tierra, suficiente para destruir las siluetas de las siluetas de todos los hombres y mujeres sobre el planeta. Entonces, ni la sombra de la silueta de la Tierra perduraría.

Se calcula que en el mundo se invierten en gastos militares alrededor de un billón (un millón de millones) de dólares. Según datos de la ONU, los gastos militares mundiales representan el equivalente del Producto Interno Bruto conjunto de África y América Latina y aproximadamente el 6 por ciento del valor global de la producción mundial de bienes y servicios. El costo de un bombardeo moderno (como los de las guerras del Golfo Pérsico) equivale a los salarios de 250 mil maestros durante un año, o al costo de la construcción y equipamiento de 75 hospitales de 100 camas.

Según otras estimaciones, el mundo gasta un promedio de 20 mil dólares al año por cada soldado, mientras que los gastos públicos destinados a la educación promedian tan sólo 380 dólares por cada niño en edad escolar. Por cada 100 mil habitantes del planeta hay 600 soldados y solamente 85 médicos. El presupuesto de los Estados Unidos de Norteamérica y los países de la Comunidad Europea asignan 50 dólares per cápita a la investigación con fines militares y sólo 11 a las investigaciones relacionadas con la salud. (Ruth Leger Sivard: World Military and Social Expenditures).

¿No es evidente que en el creciente armamentismo y en la creciente amenaza de una guerra total (EUA vs. Irán) encontramos una absoluta irracionalidad? Y la ciencia, es decir, los científicos tienen una gran responsabilidad al respecto, pues la constitución de tal poder destructivo ha sido posible sólo gracias a una constante y planificada investigación científica y tecnológica.

La explosión de la primera bomba atómica supuso un grave peso sobre la conciencia de los científicos que la fabricaron. Uno de ellos, Robert Oppenheimer, director del equipo de investigadores que construyó la primera bomba, sintió que sobre sus hombros pesaba una gran responsabilidad. Fue nombrado jefe del Proyecto Manhattan, en 1942, cuyo objetivo primordial era construir armas nucleares.

Como se sabe, el Proyecto Manhattan alcanzó el éxito deseado y el 16 de julio de 1945, en Álamo Gordo, estalló la primera bomba atómica. En octubre de ese mismo año, Oppenheimer renunció a su puesto para ir a dirigir el Instituto de Estudios Avanzados en Princeton. Fue presidente del Consejo de Consultivo de la Comisión de Energía Atómica a partir de 1947; debe decirse que este Consejo siempre estuvo en contra del ulterior desarrollo de las armas nucleares.

Los militares, obviamente, no estaban de acuerdo con esta posición por lo que no cejaron en su esfuerzo por retirar a Oppenheimer de puestos clave. Por ello, en diciembre de 1953, en un reporte de seguridad militar se le acusaba de ser comunista, de tener trato con agentes soviéticos y de oponerse a la fabricación de la bomba de hidrógeno. Aunque Oppenheimer siempre negó dichas acusaciones, éstas bastaron para ser despedido de su puesto.

A pesar de ello, Oppenheimer no renunció a sus principios y por esta razón se le considera como símbolo del científico que asume su responsabilidad hacia la sociedad.

Las condiciones de una guerra final están dadas y entonces, como alguna vez aseguró Albert Einstein, la siguiente guerra –si acaso hubiera sobrevivientes– se libraría con piedras y palos.

Hay que reflexionar para comprender lo que se ve y lo que no se ve.
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