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Universidad Anahuac

Sección: Estado de Veracruz

Las palabras de la ley

La abogacía, ocupación controvertida

Salvador Martnez y Martnez Xalapa, Ver. 22/01/2020

alcalorpolitico.com

El tema que abordamos en este escrito es la categoría altamente ética del oficio de la abogacía. En esta ocasión, al expresar nuestra opinión, nos hacemos deudores de Eugenio Trueba Olivares y su libro Ética Profesional para el ejercicio del Derecho, publicado en 1993 por la Universidad de Guanajuato. Estamos de cara a un tema que parece intencionalmente olvidado, razón por la cual es menester convertirlo de nueva cuenta en problema.

Cursábamos los primeros años de la Licenciatura en Derecho, movidos por ideales de justicia, cuando recibimos el primer baño de realidad por parte de la sabiduría popular. Allá en Teocelo, Veracruz, la pequeña ciudad de donde provenimos, un campesino enterado de que habíamos iniciado estudios en la Universidad y la especie de los estudios que habíamos elegido, nos dijo: “Muchacho, el derecho es lo que las patas a las culebras”. En su expresión estaba implícita la aseveración de que el derecho no hace falta, la sociedad no lo necesita.

El tema está convertido en problema. Nunca hemos escuchado una mejor descripción del inconveniente que hoy deseamos comentar. Aun cuando se impone la cuestión sobre si esta contrariedad, al menos en nuestro país, ya fue superada, pues estamos habituados a vivir con el derecho y los juristas como si éstos fuesen un mal necesario. No obstante, el problema podría haber sido superado y, si lo fue, hemos de decir que se trata de una de aquellas dificultades que, de vez en vez, se vuelven a presentar.



Consideramos que, en México, estamos ante un caso de esa índole, pues un núcleo de veteranos siervos de aquella ideología que sostenía la extinción del Estado y la supresión de los juristas, hoy son relevantes agentes de gobierno y, a la chita callando, esto es con mucho sigilo, con disimulo o en secreto, ellos están pretendiendo que se haga realidad aquel elemento de su ideología.

A fuerza de decir verdad, años después de aquel relato breve de un hecho curioso que se utilizó como ilustración al inicio del presente escrito, le escuchamos decir a un conspicuo profesor de la Universidad Veracruzana que, si los integrantes de una comunidad dieran de sí el máximo de amor, entonces el derecho no sería necesario.

Si los seres humanos, mujeres y varones, fuesen buenos pero el derecho se conforma con que los seres humanos sean justos y, según el filósofo norteamericano William Luypen, la Justicia sólo es el mínimo de amor. Sin embargo, el problema del contexto resurge: si el derecho no es necesario en la sociedad, la ocupación de la abogacía tampoco ni la parafernalia que le acompaña.



La Justicia, sin embargo, es el fundamento de la paz. ¿Cómo es, entonces -se pregunta Eugenio Trueba Olivares-, que tal profesión juntamente con la judicatura, han sido y son todavía objeto de toda clase de censuras, prevenciones, menosprecio y burlas? La siguiente es su respuesta: Tenemos que reconocer que no se trata de juicios inmotivados. Tienen su explicación en hechos frecuentes, de desviaciones ciertas y reprochables.

“El mal uso de los procedimientos, el manejo malicioso de las leyes sin tomar en cuenta sus finalidades últimas, la poca atención que se presta a estudios fundamentales del Derecho y particularmente, a su estimativa, sacrificando a la técnica y al éxito los valores de orden normativo, son algunos de los factores que alimentan el descrédito, para no mencionar aquellos casos de corrupción manifiesta, como el vicio de la mendacidad, el soborno o el prevaricato.”

Quizás sea útil para el lego y aún para el perito en derecho, recordar el significado usual de los siguientes vocablos: mendacidad = hábito o costumbre de mentir; sobornar = dar dinero o regalos a alguien para conseguir algo de forma ilícita; prevaricación = delito consistente en que una autoridad, un juez o un funcionario dicte a sabiendas una resolución injusta.



El problema que hoy abordamos no es nuevo. Hay quien apelando a la Literatura Universal advierte que en ella suman más los denuestos e invectivas que los elogios. Las deficiencias de los mecanismos judiciales y los vicios que sus servidores suministran, son buenos blancos para disparar los dardos del ingenio de no pocos escritores. Los truenos y rayos literarios se descargan sobre la desesperante lentitud de la justicia, su costo elevadísimo, el espíritu de litigiosidad, las malas artes de la baja curia, la banalidad del ambiente forense, la jerigonza de los escritos y actuaciones.

A guisa de ejemplo, Trueba Olivares nos cuenta que Lope de Vega, en la Estrella de Sevilla, pone en boca del gracioso Clorindo las siguientes palabras sobre la supuesta ausencia de abogados en el infierno: “No los quieren recibir para que acá no inventen pleitos”; a lo que contesta otro de los personajes: “Pues en él, pleitos no hay, bueno es el infierno”.

Puede agregarse, empleando una expresión coloquial en la Literatura Mexicana “No se cantan mal las rancheras”. En el Periquillo Sarniento, de Joaquín Fernández de Lizardi, -relata Trueba- encontramos el retrato de un escribano y leguleyo inmoral, que muchos sospechamos no se aparta gran cosa de lo que era la realidad. Periquillo pasa a servir a dicho sujeto de nombre Cosme Casalla y al mismo tiempo que aprende su oficio, se da cuenta de su gran bellaquería.



Después de que nos informa sobre los trucos empleados para liberar a uno de sus clientes, Periquillo dice: “Si tanta determinación tenía para cometer atentado semejante, ¿cuánta no tendría para otorgar una escritura sin instrumentales, para recibir unos testigos falsos a sabiendas, para dar una certificación de lo que no había visto, para ser escribano y abogado de una misma parte, para comisionarme a tomar una declaración, para omitir poner un signo donde se le antojaba y para otras ilegalidades semejantes?”.

Podría objetarse que las obras literarias se desenvuelven en el mundo de la verosimilitud y no en el mundo de lo verdadero. Pero, bastaría apelar a la experiencia de cada cual para echar abajo este alegato fútil. Son los más prestigiados juristas quienes constantemente insisten en la categoría ética del oficio, reprobando enérgicamente todo olvido de tan sustancial condición.

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