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La gestación de la coalición electoral parcial para el 2021: el posible andamiaje

Eduardo de la Torre Jaramillo 20/11/2020

alcalorpolitico.com

El resultado electoral de la inédita elección federal de 2018 dejó al subsistema de partidos políticos de lo que se denominó de la “transición política”, muy resquebrajado ante un fenómeno político como lo fue la candidatura presidencial de Andrés Manuel López Obrador, quien se comportó como un candidato “paraguas” que logró ganar la mayoría absoluta en la Cámara de Diputados con una sobrerrepresentación del 18%; así como también triunfó en 17 congresos locales y; lo mismo sucedió en varias gubernaturas. Usando una vieja estrategia de campaña basada en el “cambio o continuidad”; el cambio personalizado con un discurso moralizante que fustigó a la rampante corrupción de la “continuidad” que representaron los partidos de la “transición”, identificándose con el PRI-PRD-PAN.
 
A dos años de distancia aquel movimiento esperanzador de cambio y de moralización de la vida pública mexicana se ha esfumado, por razones exógenas y endógenas, dentro de las primeras se encuentra la falta de eficacia gubernamental y la incapacidad para implementar políticas públicas que beneficien al país y que no sean proyectos faraónicos que terminarán como los nuevos “elefantes blancos”, entre los cuales se encuentran: el Aeropuerto de Santa Lucía, la Refinería de “Dos Bocas”, el Tren “Maya”, las Universidades “Benito Juárez” y un largo etcétera. Dentro del segundo rubro se encuentra la pandemia y los efectos devastadores en la economía nacional y, el impacto directo en el aumento de la pobreza y el deterioro de la educación, -esto es como una síntesis de los efectos gubernamentales de los sexenios de: Luis Echeverría Álvarez, José López Portillo y Miguel de la Madrid Hurtado; de los dos primeros se heredó la crisis de la deuda externa, las devaluaciones, las crisis económicas y; del último el sexenio, fue el del crecimiento “cero”-.
 
Dado lo anterior, la “oposición que estaba moralmente derrotada” en los dos primeros años, tendrá una oportunidad de obtener una nueva mayoría política en la Cámara de Diputados en el 2021; en primera instancia los partidos de la transición en sus Estatutos posibilitan las coaliciones electorales, suprimiendo la democracia interna, esto se puede observar en los Estatutos del PAN en su artículo 102 numeral 4; en el caso de los Estatutos del PRD en el artículo 81 y; finalmente, en los Estatutos del PRI en su artículo 9, en donde se resaltan las “designaciones” en las candidaturas y en el caso del PRI se sujeta a la normatividad interna de los partidos con los que vaya coaligados.
 
Continuando con la línea de interpretación anterior, si los partidos de la transición no entienden esta realidad sociopolítica, que es un asunto más de desencanto ciudadano o de una especie de “mea culpa” por haber votado por toda una nueva subclase política de la renovada tragicomedia mexicana; en donde la coalición no debe entenderse como una política sumatoria y en automático ganadora de la próxima elección federal; que al no existir elección interna los partidos continúan con sus prácticas tradicionales de poner a los familiares, los amigos o el sentido gremial del grupo político como candidatos, quienes ya tenían etiquetadas las regidurías y las diputaciones plurinominales, entonces fracasarán estrepitosamente, porque no entendieron el momento político actual; basta recordar que en muchas entidades federativas en el pasado inmediato las cooptaciones hacia esos partidos políticos fueron masivas, inclusive se llegó a señalar a un PRD “rojo”, a un PAN rojo“ y, en 2018 a un PRI “marrón”.
 
La nueva acción de la posible coalición electoral tendrá que arrancar con las candidaturas externas de los partidos políticos, es decir se verán obligados a sacrificar su “espíritu de gremio” y, comportarse con altura de miras para que la sociedad mínimo les salga a votar el próximo año; dentro del realismo político la coalición tendrá que ser parcial, porque el PAN y el PRI gobiernan bastiones importantes en donde es muy difícil alterar la presencia partidista con una alianza electoral que no podría ser atractiva en las entidades federativas que podrán ganar sin alianzas políticas y; evitar el error de imitar a los extremos como FRENAA, que es la misma estrategia que se usó en 2018 y, solo para recordar a Karl Marx: “La historia ocurre dos veces: la primera vez como una gran tragedia y la segunda como una miserable farsa”.
 
En cuanto a la narrativa de la coalición tendrá que basarse no sólo en la clase media, sino que tendrá que ser transversal, horizontal y transclasista y, esto apunta que tendrá que realizarse entidad federativa por entidad federativa, estudiando las culturas políticas, la situación económica, educativa, los resultados gubernamentales locales, el trabajo de los congresos locales, de los diputados federales, de los senadores; en fin, la tarea de reconstrucción de un nuevo referente político tendrá que ser eminentemente local, con andamiajes nacionales e internacionales.
 
Finalmente, se enfrentan a un adversario que es el propio presidente de la República, un político que no baja en las encuestas, que es un experto electoral, que mantiene el presupuesto social y las instituciones para poder dar la batalla de manera personal, no a través de Morena, que es una simple entidad de interés público, porque ni siquiera llega a ser partido político, él es el único que puede sostener al movimiento que fue ese tsunami político en 2018. Dado lo anterior, la nueva oposición tendrá que tener una capacidad de imaginación, creatividad y valentía para sostener un desvencijado proyecto democrático en el país, de ese tamaño es la tarea de los partidos de la transición.
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