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La ciencia desde el Macuiltpetl

La imaginación es un arma de alto riesgo

Manuel Martnez Morales 16/12/2019

alcalorpolitico.com

Hace unos días caminaba yo por la calle Zamora, justo frente al “Vips”, cuando me topé con mi alter clon, el excéntrico Mané. Al verme, me saludó con alegría diciendo que, precisamente, me andaba buscando. Sin dejarme responder a su saludo, de inmediato comenzó con una de sus rolleras admoniciones:
 
-Mira “clonpadre”, creo que es muy peligroso en lo que te estás metiendo. Eso de ejercer tu imaginación, escribiendo artículos de divulgación de la ciencia en la forma de relatos literarios, con personajes y situaciones imaginarios –aunque es lo que los grandes divulgadores recomiendan– es muy riesgoso, puesto que tanto en el mundillo literario como en el de la divulgación científica, el de los medios de comunicación y el académico eres rechazado por no ser de aquí ni de allá. Eres un hereje y, como tal, puedes terminar en la hoguera. Ya ves, sin mayor advertencia, en un diario local han dejado de publicar tus textos, donde lo venías haciendo desde más de 30 años. Afortunadamente, todavía hay editores que confían en ti y generosamente abren sus páginas para que sigas publicando tus fantasiosas mariguanadas.
 
Te recomiendo que cuides lo que dices, pues si te mueves no sales en la foto con los notables y eso es de cuidado. Ya circulan rumores de que algunos encapuchados, con cuchillo enfundado, te andan buscando.
 
Te pido, por tu propio bien, que no te salgas de la cuadrícula y hagas un examen de conciencia pues, aún sin intención, puedes dañar la mente de niños y adultos.
 
En ese momento, llegamos a la puerta de entrada de mi trabajo. Me despedí de Mané y entré reflexionando sobre lo que me aconsejó. Y haciendo un recuento comencé a percatarme que él estaba en lo cierto y recordé al menos dos acontecimientos que ilustraban lo dicho.
 
Sucede que, desde muy pequeñas, a mis hijas les gustaba leer historietas ilustradas o que les leyéramos algún cuento. En cierta ocasión se me ocurrió contarles cuentos que iba inventando conforme se los relataba o adaptándolo según preguntas que me hacían. Desde luego, dada mi adicción, trataba de incorporar ideas sobre ciencia, intentando con ello despertar su interés en esa dirección.
 
Resulta que tengo un lunar en la punta de la cabeza con la peculiaridad que es redondito, un poco abultado y que parece una tonsura. Siempre le he llamado “la pelona”. Mis hijas la veían y tocaban con curiosidad. El día que me preguntaron por qué tenía esa marca, inmediatamente aproveché para inventarles un cuento.
 
El relato comenzó contándoles que yo era marciano, pero que era un secreto, pues mis padres habían emigrado clandestinamente a la Tierra cuando yo era un recién nacido. Al notar su interés, continué el cuento narrándoles cómo se gestaban y nacían los niños en aquel planeta. En lugar de gestarse en el vientre de la madre, la madre y el padre del bebé sembraban la semilla de un árbol especial, siendo la madre quien se hacía cargo de proporcionarle agua y nutrientes necesarios para su crecimiento. Llegado el momento el árbol florecía y el fruto aparecía: un feto que maduraba hasta convertirse en un bebé bien formado. La madre tenía que estar atenta para que el niño no cayera al suelo y se lesionara, así que oportunamente lo arrancaba del tallo, así como en casa desprendíamos los limones del limonero que teníamos en el patio trasero. Y pregunté si habían visto cómo se veía el punto dónde el limón colgaba del tallo y si notaban que quedaba una marca en ese punto del fruto, pidiéndoles que la describieran.
 
Al terminar la descripción afirmé: como fui arrancado de un árbol, la pelona es la marca que me quedó en el punto donde colgaba del tallo. Entonces preguntan: ¿y cómo te trajeron a la Tierra y llegaron a Xalapa? Respondo sin titubeos intentando dar verosimilitud al relato: en una pequeña nave espacial que comenzó a fallar al momento de intentar aterrizar y dado que el punto sobre el que volaban eran unos amplios terrenos en Banderilla, que entonces era un poblado real ahí descendieron. Con la suerte de que muy cerca de ahí se avizoraba un taller mecánico. Mi padre se acercó al dueño del local y le propuso un negocio que beneficiaría al taller: que resguardara la nave e intentara repararla, asegurando su discreción absoluta mediante una buena suma de dinero. Ahí sigue la nave resguardada en el taller y no las he llevado para mantener el secreto. Y colorín colorado, di el cuento por terminado.
 
Después de un par de semanas me tocó pasar a recoger a mis hijas a la primaria Enrique C. Rébsamen. Ellas tenían la instrucción de esperar en la puerta de entrada a la escuela y esperar hasta que su o yo las recogiera. Llegué al punto de encuentro y ahí ya esperaba mi hija menor de 5 años de edad, rodeada por un numeroso grupo de sus compañeritas que mirándome me rodearon y de inmediato me interrogaron: ¿es cierto que es usted marciano y tiene una nave escondida en Banderilla? A lo cual sin titubeos, de inmediato y con voz firme respondí: Así es, niñas, les pido por favor me ayuden a guardar el secreto. Con lágrimas en los ojos abracé a mi hija y tomándola dulcemente de la mano la conduje al auto y regresamos a casa, ella contenta y yo arrepentido de haber cometido una estafa involuntaria a las ilusiones y sueños de estas niñas.
 
Pero no aprendí la lección, como bien señala Mané. Seguí escribiendo textos de divulgación científica envueltos en relatos con situaciones y personajes imaginarios, hábito que más que un estilo es el manejo de un arma peligrosa que puede lastimar a otros si no se maneja con suma precaución.
 
Años después, en un artículo de divulgación que se publicó en un diario local de amplia difusión y que llega a públicos muy diversos traté el tema de la clonación. Los tiempos en que se había logrado la clonación de una oveja: “Dolly”.
 
La clonación animal a partir de una célula adulta es mucho más difícil que de una célula embrionaria. Así pues, cuando los investigadores del Instituto Roslin de Escocia crearon a “Dolly”, único cordero nacido después de 277 intentos, fue una noticia de gran importancia en todo el mundo.
 
Así que me dio por fantasear sobre la clonación, que descansa principalmente en el desciframiento del genoma del animal o planta que se intenta clonar. Me dije que entonces era posible la clonación virtual, es decir: el genoma es una cadena compuesta por cuatro aminoácidos que pueden representarse cada uno por una letra o signo. Si descifro el genoma de mi perro gran danés, llamado Kepler y lo represento por una secuencia de las letras, las correspondientes a los aminoácidos, puedo escribir un algoritmo que los descifre y represente en una imagen que pueda verse en el monitor de mi computadora. Imagen que será idéntica a Kepler y la cual puede ser animada; de tal modo que tendré un Kepler real en casa y otro, su clon en el monitor de mi laptop, tablet o teléfono celular. Puedo escribir algoritmos asociados que le permitan interactuar conmigo, por ejemplo ordenarle con mi voz: siéntate, no ladres, etcétera.
 
A partir de mis escasos conocimientos en inteligencia artificial, sé que esto es factible aunque puede ser muy complicado y tal vez ya se está haciendo.
 
Pues bien, en mi delirante texto yo relataba que estaba trabajando secretamente en el tema, en un laboratorio montado en mi casa. Y que había logrado clonar a Kepler y proyectarlo en tres dimensiones mediante un holograma. Agregando que en uno de esos experimentos, teniendo ante mí, la imagen tridimensional del perro, accidentalmente derramé un poco de agua sobre la imagen y, oh milagro del delirio, la imagen se corporeizaba, se materializaba en carne y hueso. Kepler con salió corriendo del laboratorio, escapando de casa. Solicité la ayuda de mis amigos para localizarlo y algunos de ellos aseguraban haberlo visto.
 
En una segunda parte del articulo, aseguré –fantasía pura– que había clonado a un distinguido matemático de hace varios siglos para interrogarlo acerca de un famoso teorema que él aseguraba haber demostrado, sin que hubiera publicado nunca tal demostración.
 
Unos días después, me llamó una reportera solicitando entrevistarme. A lo cual respondí afirmativamente, pensando que se trataba sobre mi trabajo como investigador.
 
Llega la reportera, nos presentamos y dice que quiere entrevistarme sobre los experimentos secretos que realizaba sobre la clonación y hasta me preguntó si ya había encontrado al clon de Kepler.
 
Me invadió una profunda pena y un sentimiento de gran arrepentimiento, por haber estafado la credibilidad de la compañera.
 
Con respeto y amabilidad le expliqué que lo del clon de Kepler era pura ficción pero que lo dicho sobre la clonación virtual eran conjeturas sustentadas. Para en algo resarcirle lo estafado, la invité a recorrer el Centro, mostrándole lo que hacíamos, desde los robots reales que mis compañeros diseñan y construyen, hasta los algoritmos inteligentes que diseñamos y escribimos, así como sus aplicaciones.
 
Me sentí un poco mejor cuando a los dos días, leí un reportaje espléndido de la compañera sobre inteligencia artificial, desarrollada en la UV, publicado en la primera plana del diario.
 
En mi descargo sólo diré que los textos de divulgación que escribo no pretenden engañar ni estafar a nadie, partiendo del falso supuesto de que todos los lectores distinguen entre la exposición científica y la ficción. Solamente trato de hacer atractiva y divertida la ciencia, sin dejar de lado el aspecto crítico, irreverente y subversivo de la imaginación y la creatividad en la ciencia, el arte y la técnica.
 
Asumo las consecuencias, inspirado por una reflexión compartida por los zapatistas:
 
Las artes son la semilla en la que renacerá la humanidad.
 
Reflexionar para comprender lo que se ve y lo que no se ve.
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