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Sección: Estado de Veracruz

Sursum Corda

La Palabra de Dios y el ejercicio de la autoridad

Pbro. Jos? Juan S?nchez J?come 13/11/2017

alcalorpolitico.com

Jamás llega de manera desfasada, su Palabra siempre es fresca y actual. No se trata simplemente de algo escrito que pudiera parecer impersonal sino de algo que se ha dicho para mí, de algo que tiene el poder de sentirse como propio. Se dice, por eso, con sorpresa y admiración: “esa Palabra es para mí, es lo que andaba buscando”.

Eso es lo que nos hace experimentar la Palabra de Dios que llega de manera oportuna llevando consuelo al alma, iluminando las situaciones sociales, despejando las incógnitas y recordándonos los principios de nuestra fe.

Subrayando esta capacidad que tiene la Palabra de Dios, advierto la manera tan oportuna y apremiante como ha llegado una Palabra que nos recuerda el espíritu que debe animar el ejercicio de la autoridad en la Iglesia y en la sociedad.



La tradición cristiana es la que ha tenido un impacto especial en la comprensión de la autoridad que llega a ser definida desde la perspectiva del servicio y como una encomienda delegada. Como le respondió Jesús a Pilato en ese diálogo que se dio dentro del proceso antes de su muerte: "No tendrías ningún poder sobre mí si no lo hubieras recibido de lo alto" (Jn 19,11).

El cristianismo ha elaborado un perfil generoso y humanista sobre la autoridad como vocación de servicio que se asume como un privilegio, no por el poder y la posición que asegura sino por el altísimo honor que representa servir a los demás, especialmente a los más pobres y necesitados. Como Jesús dijo a la gente y a sus discípulos, hablando de la prepotencia e intransigencia de los fariseos: “Que el mayor entre ustedes sea su servidor” (Mt 23,11).

Pues una Palabra como esta -que nos recuerda el ideal y la proyección que Jesús le dio al tema de la autoridad- llega en un momento por demás complejo en el que asistimos a una profunda caída en la imagen de la autoridad, donde los márgenes de credibilidad han disminuido de manera dramática y alarmante.



El culto enfermizo a la imagen, las ambiciones desmedidas, la corrupción galopante y la agudización de los problemas sociales como la pobreza, el desempleo, la migración, la violencia y las injusticias, explican en parte el deterioro de la imagen de la autoridad y la forma como se ha venido corrompiendo una tarea vista siempre como una vocación de servicio.

Desde esta Palabra que llega de manera oportuna y apremiante podemos destacar, a partir de la perspectiva cristiana, tres aspectos que necesitamos retomar todos los que tenemos en la sociedad y en la Iglesia el privilegio de realizar esta tarea para procurar el bien de los demás. Me parece que son recomendaciones que bien pueden aplicar no sólo a las autoridades sino también a los maestros, padres de familia, jefes en el trabajo, sacerdotes y guías espirituales.

En primer lugar es necesario la congruencia, la unidad entre nuestra forma de pensar y de vivir. Que las propias acciones no contradigan las palabras que por muy elocuentes y fervorosas no tienen la capacidad de penetrar los corazones si no van respaldadas por las obras.



Las acciones, el compromiso y el testimonio de la propia vida son el mejor argumento, la mejor predicación para lograr el consentimiento y el apoyo. Parafraseando a San Francisco de Asís podríamos decir: “Prediquen con el ejemplo y cuando sea necesario también con palabras”.

En segundo lugar, en el ejercicio de la autoridad no debemos complicar la vida a los demás. No podemos poner cargas tan pesadas que ni siquiera nosotros podemos llevar. Nuestra labor de servicio y de desgaste tiene que favorecer la realización de los demás, por lo que no debemos complicar las cosas ni hacer pesada y compleja la vida de los demás. La vida tiene ya su grado de complejidad como para que nosotros la hagamos todavía más pesada.



La cercanía y la compasión de Jesús así como el espíritu de servicio y abnegación que caracterizó a los apóstoles nos llevan a recomendar este tercer aspecto. Tenemos que esforzarnos en nuestro servicio de autoridad para que los demás se sientan amados y protegidos. Hace falta preguntarnos frecuentemente si los demás se sienten amados por nosotros, si tenemos la capacidad de expresar nuestros sentimientos y nuestros valores en la medida que realizamos una buena gestión por el bien de los demás.

Procurando ser congruentes y no complicarle la vida a los demás así como logrando que los demás se sientan amados podremos depurar la imagen deteriorada de la autoridad y sobre todo estaremos en el camino para recuperar todo lo que se ha perdido en la sociedad, en la escuela, en la familia y en la Iglesia.