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Seccin: Estado de Veracruz

La soberbia en el ejercicio del poder

- La autocracia, esto es, el gobierno plenipotenciario sin límites y contrapesos, se deja expresar todavía en el Siglo XXI
- Provoca el hartazgo ciudadano y las expresiones fuera de la legalidad en toda la sociedad
- La única opción es la organización ciudadana, que evalúe y exija el buen desempeño de lo público

Dr. Vctor A. Arredondo 18/05/2017

alcalorpolitico.com

Quienes han vivido en un ámbito autoritario y dominado por la ignorancia o la ausencia de valores, sea por circunstancias propias de su vida privada o por la influencia y fascinación por los “modelos totalitarios”, inexorablemente tienden a replicar las mismas características, Y eso lo harán, en cuanto encuentren la primera oportunidad. No importa el grado de responsabilidad de las decisiones que les han sido delegadas ni la escala del daño social de decisiones erróneas; lo que les resulta relevante y atractivo es mostrar e imponer a los demás su “poder de decisión”. En el análisis freudiano de la psicología del líder autocrático, se establece que éste no acepta que se le niegue algo, porque su “superego” es mayor que su propia capacidad de razonamiento o de constatación de las evidencias objetivas.
 
Por ello, Donald Trump ha recurrido a sus “realidades paralelas” con el fin de justificar lo que él sí ve, aunque nadie más haya atestiguado lo mismo. Él vio llena la explanada del Capitolio el día de su juramento como Presidente y no percibió como significativas las manifestaciones de rechazo a su liderazgo. Los ciudadanos y los medios independientes de comunicación presenciaron otra realidad; pero para él, solamente fueron “fake news”, noticias falsas reportadas por la prensa y los medios que, según él, mienten intencionalmente para desacreditarlo.
 
Ante el enemigo que presenta una realidad distinta a la suya, en muchos casos la prensa libre, él los ridiculiza, luego los discrimina cerrándoles las puertas, y después le pide al ex Director del FBI que encarcele a los que difundan información confidencial, secreta. El superego o arrogancia de Trump no le permite percibir que el poder que tiene se lo ha prestado la ciudadanía y, menos aún, que es un poder temporal, que no dura toda la vida. Tampoco parece entender las implicaciones de sus amenazas, aunque ello implique jugar con la confrontación nuclear y, menos, que si no cumple con sus responsabilidades e infringe la constitución y la división de poderes, las instancias y normas establecidas van a regresarlo a la cruda realidad: la pérdida de su grandeza autoritaria. Su presidencia se encuentra, a cuatro meses de haberla iniciado, bajo el escrutinio público y el clamor ciudadano de castigar sus excesos e ilegalidades.
 
En nuestra realidad mexicana, eso fue lo mismo que sucedió con Javier Duarte. En su corta vida pública tuvo ante a si a un modelo autoritario en donde la simulación y el abuso del poder fueron las asignaturas que mejor aprendió. Él, junto con sus acompañantes cercanos, crearon su propia realidad paralela: asumieron que nadie descubriría y delataría la red delincuencial que tejieron desde las entrañas del gobierno. Se sintieron genios, capaces de actuar con soberbia y sin consecuencias, de engañar a la sociedad y de gozar toda la vida de lo mal habido.

México no sólo sufre las consecuencias económicas de la corrupción y el mal gobierno que se expresa en múltiples rincones del país. Sus ciudadanos están hartos de la impunidad. Viven a diario la insuficiencia de sus ingresos, la carencia de empleos y de servicios públicos de calidad. Siendo los jóvenes nuestra mayor fortaleza nacional, los encargados de la seguridad los han convertido en sujetos de discriminación y de sospecha judicial; no encuentran oportunidades de formación y empleo digno.
 
Además, ellos saben que eso se debe en buena medida, a que los recursos públicos designados para su futuro, han sido desviados y malversados por quienes representan al mal gobierno: aquellos que usan el poder público para beneficio personal y familiar. Pero lo más grave es que ante la ineficacia y soberbia de lo público, el modelo autoritario se replica en todas partes, a todos los niveles, como una sucesión de ondas expansivas en las escuelas, los hospitales, las oficinas públicas, los bancos, los conductores en las calles, los vecinos de barrio, en todos aquellos lugares donde hay gente resentida del gobierno y sin noción de solidaridad, compasión, ni empatía por los demás.
 
Y ante todo ello, no hay otro remedio más que una ciudadanía consciente sobre la época en la que vivimos, que se informa y organiza para monitorear evaluar y exigir el buen desempeño de quienes gobiernan, para ponderar sus intereses ocultos, y para valorar las manifestaciones objetivas de sus obras y resultados. La ciudadanía organizada alrededor de metas colectivas y orientadas hacia el bien común, es la máxima expresión del poder público en una sociedad madura y con sólidas perspectivas de futuro.
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