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La UV no necesita iluminados, sino liderazgos sólidos desde las bases institucionales

Los cambios deben ser promovidos desde abajo, en facultades, escuelas e institutos, nada cambiará sólo porque lo indique el Rector

Xalapa, Ver. 16/06/2009

alcalorpolitico.com

Sr. Director:

Desde que la Universidad Veracruzana se hizo autónoma en tiempos del Lic. Patricio Chirinos como Gobernador y del Dr. Emilio Gidi Villarreal, como Rector, los diversos públicos de opinión —incluyendo a los emergentes “observadores” y a los “analistas” de nuevo cuño— dudaron que una entidad pública, cuyo presupuesto proviene en más del 50 por ciento del erario estatal veracruzano, pudiera efectivamente ejercer su autonomía con independencia y dignidad. Todos, incluyendo algunas voces internas de la comunidad universitaria, adujeron que eso era imposible. El punto central de la duda sobre nuestra autonomía como Universidad se ubicó siempre en la dependencia financiera de la Máxima Casa de Estudios del gobierno estatal, así como del federal. Una Universidad pública, por definición, es pública tanto por el origen de sus recursos financieros como por sus fines y funciones sociales. El otro punto de la duda, respecto de la soberanía, radicó en las formas de elección de su Junta de Gobierno y en los métodos de designación del Rector, así como en la conformación de la propia Junta.

Muchos han planteado que la elección de Rector —que en realidad es una designación— debería emular las elecciones públicas, como aquéllas con las que se lleva al poder a los representantes populares y a los titulares de los poderes ejecutivos, de modo que sea el voto universal y secreto el que defina la cuestión. Veríamos entonces las aulas, los pasillos y los recintos universitarios plagados de propaganda política pretendiendo persuadir a los electores para que depositen sus votos en urnas especiales, ya favor o ya en contra de tal o cual candidato. Surgiría la necesidad de crear organismos arbitrales y cada cambio de Rector sería tanto como sumir a la Universidad en un caos en el cual todos, desde los grupos de poder, los partidos políticos, los medios y hasta los estudiantes y profesores intentarían obtener participación y ventaja. Lamentablemente, la democracia —así entendida— no constituye el mejor camino para generar cambios en las instituciones académicas.

La realidad es que el pasado histórico de la Universidad Veracruzana, en esta materia, recuerda tiempos en los que el autoritarismo gubernamental, así como el de otros grupos de presión desde Palacio de Gobierno, definió decisiones trascendentes en nuestra Institución. Las consecuencias de ese ambiente de intromisión fueron, entre otras, los porros y los grupos políticos disputándose el control y el presupuesto de la Casa de Estudios. Son tiempos que, por fortuna, han sido superados otorgando a la Universidad paz, armonía y clima adecuado para realizar sus trascendentales funciones.

No obstante, y a propósito de la conclusión del rectorado del Dr. Raúl Arias Lovillo, y del próximo cambio de Rector —o en su caso la redesignación del actual—, se escuchan voces en diversos sentidos que parecieran advertir catástrofes y ruinas académicas e institucionales, ya por una, o bien por otra decisión que asuma la Junta de Gobierno de nuestra Universidad.

La Universidad nunca ha dejado de ser objeto de análisis de los políticos y de fuentes públicas que les representan en los diversos medios de comunicación. No obstante ello, de la Junta de Gobierno no podemos esperar sino seriedad y dignidad en su proceder, pues de lo contrario ya estaríamos premonitoreando devastaciones y cataclismos en las aulas, los institutos y en facultades de la Universidad. También debemos desear que el gobierno estatal se mantenga respetuoso y al margen de este proceso, cosa que de antemano damos los universitarios por sentado.

Respecto del estado actual, así como del futuro de nuestra Universidad, es harto difícil hacer pronósticos definitivos. Por ahí, ya un destacado doctor que se asume candidato, presenta de la Institución un negro panorama, pero todos reconocemos que la Universidad —como macro organización en que se ha convertido— es en realidad un horizonte de claroscuros, de éxitos y fracasos, de buenos y malos resultados y no se le puede calificar, juzgar y evaluar a partir de casos concretos sin ver el conjunto institucional como un todo. El gigantismo de nuestra Casa de Estudios ha generado problemas de mando y dirección, de estructura organizacional, evaluación y financiamiento que deben ciertamente cambiar para reorientar a la Institución hacia nuevos derroteros. Hoy vivimos atrapados entre indicadores internos y externos de organismos calificadores que parecen subordinar el trabajo de los directivos para lograr mejorarlos a como de lugar. Las instituciones universitarias parecen haber sustituido la calidad de la enseñanza por la consecución de dos o tres puntos más en los “ranking” nacionales e internacionales.

Más que obtener la acreditación de tal o cual facultad, lo que deberíamos hacer es cambiar nuestras estructuras de organización y gobierno para ser más eficientes en lo que enseñamos en las aulas.

Por otro lado, un Rector, por si mismo, nada puede hacer para lograr cambios sustanciales, pues debe saber la sociedad que cada facultad e instituto no solo es autónomo, sino soberano en el mejor sentido de la expresión. Un Rector no puede, pues, ordenar a un Director de facultad o Instituto que adopte tal o cual decisión, por ejemplo el famoso y debatible MEIF, a menos que la Junta Académica de esa dependencia lo acepte y vote en el pleno de su asamblea. Por esta razón, la Facultad de Arquitectura de Xalapa, que se sepa, aun no apadrina ni acoge tal modelo, no obstante los enojos y disgustos en ciertos niveles de la rectoría.

Muchos cambios en nuestra Universidad deben ser promovidos desde abajo, desde las comunidades universitarias de base en las facultades, escuelas e institutos. Los primeros de los cambios son de actitud, estructura y cultura organizacional, pues nada cambiará solo porque lo indique el Rector o su cuerpo de dirección y asesoría.

La Universidad somos todos y, por lo pronto, lo que debemos esperar es que la Junta de Gobierno haga lo que debe hacer y bien, y que el nuevo Rector tenga continuidad en lo que se esta haciendo bien y que a su vez reoriente la estructura de organización desde las trincheras para que los cambios sean más rápidos, oportunos y estratégicos en beneficio de la sociedad. Por ello, las instituciones necesitan —y en particular nuestra Universidad Veracruzana— liderazgos fuertes y sólidos desde las bases institucionales, más que iluminados externos y relucidos académicos que vengan a decirnos como hacer las cosas.

Atentamente

Cuauhtémoc D. Molina García
Profesor de Tiempo Completo de la Universidad Veracruzana, Xalapa.
Facultad de Contaduría y Administración.
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