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Libertas

¿Modelo educativo híbrido?

Jos Manuel Velasco Toro 20/08/2020

alcalorpolitico.com

La pandemia del COVID-19 nos tomó desprevenidos en todo aspecto de la cotidianeidad social, pero, sobre todo, en lo referente al hacer y quehacer educativo. De un día para otro se quebró una tradición de siglos anclada en la impartición de clases con presencia de dos componentes en interacción: el docente que enseña y el alumno que aprende. Ambos insertos en el edificio llamado escuela y a su interior el espacio rectangular del aula, donde la enseñanza y el aprendizaje impone práctica presencial en tiempos pedagógicos preestablecidos, contenidos de información seleccionados y estrategias didácticas diseñadas exprofeso. Modelo educativo que emergió en el siglo XVIII con la Revolución industrial y exitosamente conserva su esencia desde entonces. Pero ocurrió el desafío inevitable en pleno siglo de la información y la conectividad tecnológica de Internet, el cual existe desde hace cuarenta años y actualmente conecta prácticamente a todo el planeta. Desde hace tres décadas se ha venido hablando del diseño de una educación en línea, de la oportunidad de flexibilizar contenidos de aprendizaje, de alentar la disciplina de autoorganización para aprender, de mediar experiencias de aprendizaje a distancia, en fin, de múltiples bondades previstas y vislumbradas de la educación digital. ¿Pero que sucedió en el plano de la realidad con la pandemia? ¿Cómo se reaccionó ante el inevitable giro de la actividad presencial a la actividad a distancia? ¿Qué fue lo que nos mostró del sistema y de la sociedad? ¿Qué desgarró de la convivencia diaria? Múltiples son las experiencias vividas, algunas asimiladas y aprendidas, otras aún no aceptadas o comprendidas, pero el hecho innegable es que la educación presencial está frente a un quiebre en su clásica organización y debe aprovechar la coyuntura para relanzarla innovando su hacer y reconfigurar su perfil de compromiso social para responder a los requerimientos impuestos por la dinámica del siglo XXI, el siglo de la cuarta Revolución industrial que sustenta su flujo en el conocimiento e innovación tecnológica.
 
El repliegue educativo hacia el hogar no fue ni terso, ni fácil; más bien ha sido traumático y angustiante. No sólo mostró una realidad sabida, pero no reconocida: la profunda precariedad educativa arraigada en la desigualdad económica, fundamentalmente. Sino también la pobreza que impide a amplios sectores de la población acceder a la adquisición de herramientas digitales a la par de que gran parte de la población carece de amplia cultura digital. Y la escuela no escapa a ello. Empero, pese a lo ignoto, en la medida en que se fue asimilando la situación, en esa misma medida se empezaron a realizar esfuerzos para continuar con la dinámica educativa a distancia y fueron emergiendo, en la práctica del ensayo y error, desafíos imaginados, pero no experimentados, y soluciones pensadas que se instrumentaron con diversa escalada de tiempo y penetración social, propuestas que funcionaron y otras que resultaron poco o nada prácticas. En fin, un aprendizaje en cinco meses que conduce, ante la realidad de prolongar la estrategia de educación a distancia, a diseñar nuevos escenarios educativos que, invariablemente, habrán de sentar las bases para la evolución del sistema escolar en un obligado tránsito hacia la transformación académica, docente y pedagógica centrada en el estudiante y el conocimiento, y no en el perfil y saber del docente.
 
Si con mente en calma observamos y analizamos los escenarios que se dieron y los que se pudieran dar en un futuro inmediato, veremos dos y conjeturamos, de momento, otro posible. El primero refiere a la inmediata respuesta al confinamiento que fue improvisar con lo que se tenía a la mano para garantizar la continuidad de la actividad escolar. Se decidió, con gran responsabilidad de docentes, cumplir con los contenidos planeados y con los materiales didácticos existentes. En pocas palabras, la reacción inmediata fue llevar la práctica del aula a la casa bajo el clásico esquema de enseñanza-aprendizaje, efectuar las tareas y promover el curso utilizando diversos medios que han fluctuado entre la conectividad a Internet hasta cuadernillos impresos distribuidos al alumnado casa por casa, en donde la familia íntima se vio impelida a pasar de su rol de “educador natural” a “educador formal”, sin guía ni tiempo pedagógico disponible. Desde luego hubo una baja en la exigencia y un aumento de la empatía ante la situación que ha sido, y seguirá siendo, muy disímbola y diversa. Pues va desde quienes tienen acceso a tecnología digital hasta quienes carecen de todo ello, así, y quizá lo más grave que habrá que atender, el impacto psicológico en niñas, niños y jóvenes que ha tenido el confinamiento por la pérdida repentina del espacio conocido de convivialidad. El segundo escenario está por iniciar. Un esquema remoto que está recurriendo a la adaptación de la estructura curricular a tiempos, narrativa multimedia, materiales didácticos y contenidos comentados o resumidos, pero que no parece trascender la figura del docente trasmisor, divulgador de contenidos, y en el que el aprendiente acentúa su rol de objeto receptor. En su diseño se ha incorporado la experiencia adquirida más otras propuestas que involucran, desde luego los medios digitales, más “clases” vía Televisión, recurso que no es novedad pues desde la década de los setenta ya se ha recurrido a su uso educativo, tanto en México como en otros países de América Latina, especialmente Bolivia. El problema ya vivido que parece no ser considerado desde la perspectiva de la experiencia histórica, es el hecho de que la “trama de oportunidad” que brinda el sistema de televisión se limita a la emisión de contenidos que son explicados por un locutor-docente sin posibilidad de que el público, esto es de quien aprende, pueda interactuar, cooperar y dialogar libremente. La inversión en televisión, señaló Ivan Illich, “proporciona a los burócratas, sean políticos o educadores, el poder de rociar el continente con programas producidos institucionalmente, que ellos – o sus patrocinadores – deciden que son buenos para el pueblo o que éste se los pide”. Vieja advertencia que en el escenario actual es tentación para fines perversos de control y manipulación ideológica, cuando el sistema educativo tiene la misión de proporcionar acceso educativo a toda persona, crear nodos interrelacionados de aprendizaje y abrir espacios en igualdad de oportunidades para aprender y mediar el aprendizaje. En este sentido, los docentes tenemos que reinventarnos para insertarnos en los cambios que se darán, rápidos o lentos, pero inevitables, posicionándonos como mediadores en un sistema educativo propenso a transitar hacia una dinámica de aprendizaje en red. El escenario conjeturado funciona en ciertos sectores educativos, cuando debiera ser práctica pública en el momento actual, y es el propuesto por diversos educadores como Hugo Pardo Kuklinski y Cristóbal Cobo, “Híbrido aspiracional” que combina aprendizaje “remoto” (a distancia) con aprendizaje presencial. Sus características, groso modo, aprendizaje centrado en el conocimiento, secuencias claras de aprendizaje sincrónica-asincrónica con actividades presenciales que agreguen “valor diferencial a la experiencia de aprendizaje”, sesiones remotas breves y sustantivas, tutoría individual concreta y directa, fomento de la autoorganización, contenidos esenciales detonadores de planteamiento de problemas y búsqueda de información para construir conocimiento, relación de experiencias previas con aquello que se aprende, gestión de seguridad y respeto del aprendiente y mediador, narrativas multimedia expandidas en contenidos académicos, problemas temáticos generados por el aprendiente y evaluación reticular resaltando autoevaluación y evaluación en pares, entre otros elementos a considerar. Queramos o no, pandemia o no pandemia, el sistema educativo, en su conjunto, tiene que evolucionar para estar en consonancia con el movimiento futuro que impulsa la cuarta Revolución industrial, y en ello el gremio docente debe asumir el cambio hacia un nuevo estilo educativo al servicio de la sociedad, no al servicio de la política. ¿Será posible un diseño escolar que responda a las múltiples necesidades de la sociedad? Creo que sí, pero habrá que trabajar en ello con profundo compromiso educativo, imaginación creativa y pleno conocimiento de la realidad.
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