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Sursum Corda

No soy académico ni hombre de ciencia, tan sólo hombre de Iglesia

Pbro. Jos Juan Snchez Jcome 25/05/2020

alcalorpolitico.com

Me he convertido en un hombre de Iglesia. No sé cómo sucedió; bueno sí lo sé porque la providencia de Dios tiene sus caminos, aunque no lo vea uno tan claro al principio.
 
De niño tan sólo le dije a mis padres que quería ser acólito; luego, que quería ser catequista; más adelante, que quería ser misionero. Y después de estos incipientes apostolados, llegó el momento de la decisión: quiero estudiar en el Seminario.
 
Siempre he vivido en el seno de la Iglesia. Desde pequeño la Iglesia fue mi hogar, junto con mi familia y ahora se ha convertido en mi gran familia. Creo que Dios me ha guiado para ser hombre de Iglesia; ahora lo veo claramente, aunque al principio no lo sabía.
 
La Iglesia es una cuestión que se me ha pegado en el alma, le ha dado sentido, dirección y rumbo a mi vida. No entiendo mi vida al margen de la Iglesia; no imagino mi vida lejos de esta familia que me ha acogido, que me ha llevado a Dios y que me ha confiado los tesoros de la fe.
 
Los judíos lo decían respecto de Jerusalén, estando en el destierro. Yo lo digo respecto de la Iglesia, apropiándome y parafraseando el Salmo 136: “Si me olvido de ti que se paralice mi mano derecha; que la lengua se me pegue al paladar si no me acordara de ti”.
 
Aun cuando a veces hay cosas que no acepto ni entiendo de la Iglesia, mi relación con ella es de amor, servicio, obediencia y lealtad. Erasmo de Rotterdam respondió a Lutero, quien le reprochaba su permanencia en la Iglesia católica: "Soporto a esta Iglesia con la esperanza de que sea mejor, pues ella también está obligada a soportarme en espera de que yo sea mejor".
 
Mi pueblo giraba en torno a la Iglesia. Las campanas, las fiestas, las vistosas procesiones, las devociones de un pueblo humilde, los cantos, los grupos que se congregaban, los jóvenes que vivían su fe con alegría y muchas otras cosas hacían visible, actuante, dinámico y solemne el misterio de la Iglesia.
 
Monseñor Justor Mullor fue Nuncio apostólico en México. Y años después de su gestión, de regreso en Roma, recordaba la procesión del Corpus que vivió en Huatusco. Había sido invitado por el Cardenal Sergio Obeso, en aquel tiempo arzobispo de Xalapa y quedó impactado por la piedad, devoción y humildad de nuestro pueblo que se postraba ante el paso solemne del Santísimo Sacramento.
 
La Iglesia para mí no era una idea, un concepto, o una pieza de museo, sino siempre algo concreto que se veía, se tocaba, se admiraba y se palpaba en la majestuosidad del templo, la devoción del pueblo, la belleza de la liturgia, la emoción y el sentimiento de los cánticos, la amistad de los hermanos, el compromiso con los pobres y el testimonio de los fieles, así como la amabilidad y cercanía de los sacerdotes.
 
Y así, sin proponérmelo, sin programarlo, me fui convirtiendo en un hombre de Iglesia. Nunca dije a mis padres quiero ser un hombre de Iglesia. Más bien me gustaba la Iglesia, iba a la Iglesia, no podía faltar, me comprometía en muchos apostolados hasta que con el sacerdocio me convertí en hombre de Iglesia.
 
No soy hombre de ciencia, ni académico, ni político, ni deportista, ni corredor de bolsa; sólo soy hombre de Iglesia. Pensé dedicarme a otras cosas, tuve muchas aficiones y pasiones intelectuales como la historia, la literatura, la astronomía, la arqueología pero al final me convertí libremente -aunque no totalmente consciente- en hombre de Iglesia.
 
Digo que no totalmente consciente porque como siempre sucede, Dios nos va llevando por caminos insospechados, por caminos que no comprendemos y que en su momento quizá hasta podemos rechazar y reclamar, aunque al final nos damos cuenta de su sabiduría, de su infinito amor y de cómo nos lleva a realizar aquello para lo que fuimos creados, aquello que contribuye a nuestra propia realización.
 
Así como parafraseaba el Salmo 136, también puedo apropiarme las palabras de San Pablo: “Sé de quién me he fiado”. Sé de lo que les hablo cuando me refiero a la Iglesia, ya que nací en su seno desde que tenía tres meses de nacido y prácticamente siempre he vivido en su regazo.
 
Cómo me gustaría que se fiaran de ella y la sintieran como madre, especialmente quienes la atacan y persiguen. He conocido a muchas personas cultas, que en su afán de atacar a la Iglesia se documentan sobre ella, conocen con precisión su historia y han quedado asombrados por su pensamiento, así como por el arte, la arquitectura, la pintura y la música que han surgido en la Iglesia, cuando proyecta la belleza y el misterio de Dios.
 
Es como si también ellos, como yo, hubieran quedado irremediablemente atrapados en su misterio y, aunque de manera despectiva, no logran o no quieren desistir de la Iglesia.
 
Sé que me falta mucho para ser un digno hijo de la Iglesia. También reconozco que no es fácil ser hombre de Iglesia en estos tiempos pero es un honor servirla y dar la vida por ella. A Ella mi admiración, afecto y gratitud de hijo, compartiendo las palabras del papa Francisco:
 
"Jesús no habla de la Iglesia como una realidad externa, sino que expresa el gran amor que siente por ella: mi Iglesia. Jesús ama a la Iglesia, para Él no somos un grupo de creyentes ni una organización religiosa, sino su esposa. Y así, Él mira con ternura a su Iglesia, la ama con absoluta fidelidad, a pesar de nuestros errores y traiciones".
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