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Universidad Anahuac

Seccin: Estado de Veracruz

Sursum Corda

Cuando la malicia va descubriendo más su cara, Dios se deja ver más

Pbro. Jos Juan Snchez Jcome 21/10/2019

alcalorpolitico.com

Nuestro pueblo está sufriendo mucho. Ojalá estuviera feliz. ¡Cuánto lo deseamos de todo corazón! Pero la cruda realidad del mediodía, de la tarde, de la noche y de la medianoche se encarga de desmentir lo que se dice por la mañana. Casi al tiempo que se afirma algo, la realidad lo niega. No se necesita un bando contrario, ya que la realidad habla por sí misma.
 
El nivel de aflicción, desánimo y agotamiento cada vez es más preocupante. Ya son más de diez años de estar pasando por una negra noche que se resiste a dar paso a la aurora, por lo menos para vislumbrar el clarear de una nueva sociedad.
 
Las familias, las ciudades y los pueblos están sumidos en el miedo, la tristeza, la impotencia y el sufrimiento ante tantos asesinatos, asaltos y secuestros que ponen un peso insoportable sobre sus espaldas ya gastadas por la pobreza, el abandono y otros problemas sociales.
 
Hay personas, comunidades y familias concretas que han sido impactadas por este ambiente de violencia y descomposición social. En el recuento de los daños a veces parece que importan más los números y las presentaciones estadísticas, olvidando el sufrimiento de todos los días, el miedo y el desánimo de todos los días. Es un hecho que muchas personas intentan salir adelante sin los familiares que han sido asesinados, sin el patrimonio que ha sido robado, sin el ánimo que ha sido arrebatado en su propia patria.
 
Frente al sufrimiento y frente al luto, nuestro pueblo siempre ha reaccionado con compasión y solidaridad ante los dolientes, intuyendo la delicadeza con la que hay que hacerse presentes en la vida de estos hermanos.
 
Por eso, causa desconcierto que en un momento delicado de sufrimiento y luto, el discurso político se muestre insensible, pasando por alto el estado emocional de mucha gente al buscar la confrontación que provoca mayor crispación.
 
Con un ambiente así, no hay condiciones para curar el dolor, recuperarse ante el sufrimiento y cicatrizar tantas heridas provocadas por un ambiente generalizado de descomposición social.
 
A pesar de una carga tan pesada, nos sorprende el testimonio de fe y fortaleza de muchas personas que después de haber enfrentado la desaparición, el secuestro y el asesinato de sus seres queridos, se levantan de su dolor para seguir luchando por un México en el que ninguno de sus hijos tenga que morir de esa forma.
 
Al constatar el miedo y el sufrimiento generalizado en nuestra sociedad, nos llena de esperanza la labor de los misioneros en el mundo que siguen llevando la luz de Dios, la paz, la alegría y la misericordia de Dios donde se está perdiendo la esperanza.
 
Los misioneros comparten una Palabra que ellos no inventaron sino que recibieron y en la cual, antes que nada, creyeron para que comenzara a ser factor de cambio en la vida de las comunidades.
 
La vida y obra de los misioneros confirma la profunda convicción de San Juan de la Cruz, según la cual entre más se asoma e instala el mal en el mundo, Dios se dará más a conocer: «Siempre descubrió el Señor los tesoros de su Sabiduría y Espíritu a los mortales. Pero ahora que la malicia va descubriendo más su cara, más los descubre».
 
Al honrar estos días a los misioneros y misioneras en el mundo, le pedimos a Dios que la vida de estos hermanos nos provoque y nos haga más sensibles para llevar la alegría, el consuelo, la paz y la esperanza a todos los hermanos que están muy cerca de nosotros y que han sido profundamente lastimados por el actual estado de nuestra sociedad.
 
Como misioneros tenemos que confiar en el poder que tiene la Palabra de Dios para sanar los dolores del alma. No podemos dejar que sigan muriendo espiritualmente tantos hermanos, especialmente cuando tenemos a nuestro alcance la Palabra que transforma todo. Esa Palabra que gratuitamente llegó a nuestra vida, gratuitamente debemos compartirla para generar alegría, consuelo y esperanza.
 
Que estas palabras de Madre Teresa de Calcuta nos ayuden a honrar estos días a los misioneros y misioneras y al mismo tiempo nos comprometan a compartir el amor de Dios en estos delicados tiempos que vivimos:
 
«Sean amables y generosos, que nadie acuda a ustedes sin irse mejor y más contento. Sean la expresión viva de la amabilidad de Dios: amabilidad en el rostro, amabilidad en los ojos, amabilidad en la sonrisa, amabilidad en la manera de saludar de ustedes. Entre los pobres, nosotros somos la amabilidad de Dios hacia los pobres. Regalen siempre una sonrisa gozosa a los pobres, a los niños, a todos los que sufren y se encuentran solos. No les den sólo sus cuidados, sino también su corazón».
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