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Para los enfermos y las familias que no pueden ir a misa y suspiran por la Casa de Dios

Pbro. Jos Juan Snchez Jcome 23/03/2020

alcalorpolitico.com

Resulta muy doloroso para nuestro pueblo considerar la posibilidad de que se cierren nuestros templos en este tiempo de contingencia sanitaria. En otros países y en algunas diócesis de México, han procedido de esta manera. Se trata, desde luego, de una medida que nos duele. Incluso, quienes vienen menos a la santa misa se han sentido estremecidos ante una decisión sufrida como ésta.
 
Reaccionamos así porque tenemos la certeza de que la misa es lo más sagrado que hay en este mundo, de que si el mundo se quedara sin la misa, estaríamos realmente en problemas. El Padre Pío de Pietrelcina decía al respecto: "Sería más fácil que el mundo sobreviviera sin el sol, que sin la santa misa".
 
Muchos hermanos se siguen resistiendo a la gracia de Dios pero se sienten de cierta manera protegidos al saber que sus padres van a misa, que su esposa va a misa, que sus amigos van a misa, que las personas que van a misa están pidiendo por ellos. Y lo más maravilloso es que se sienten confiados y agradecidos al saber que la Iglesia sigue cumpliendo su misión al cuidar y celebrar celosamente el sacrificio de Jesucristo.
 
No es el ideal atenerse únicamente a la piedad y a la oración de los demás cuando nosotros mismos podemos subir al Calvario con Jesús, que se ofrece por nosotros cada vez que celebramos la santa misa. Pero esta intuición, que en muchos casos es una convicción, confirma cómo las personas que no vienen tanto a misa saben que Dios las espera y que tristemente han rechazado su invitación.
 
Por eso, ante una situación de emergencia como ésta, nos duele tanto que se cierren las Iglesias y de que por algún tiempo no podamos participar en la santa misa. Y quizá nos duele más porque este tiempo de tribulación, que por una parte es un tiempo de oscuridad, nos da también claridad respecto de lo que no hemos hecho bien. Nos sensibiliza para aceptar que no siempre hemos celebrado la santa misa con la devoción necesaria, con el respeto debido. Es más, nos duele reconocer que la dejamos muchas veces por las vacaciones, por el futbol y por otras banalidades. La hemos relegado de nuestra vida y eso ahora cuánto nos duele.
 
Aceptando y pidiendo perdón a Dios por esta desidia e indiferencia, si se llegaran a cerrar los templos por la contingencia sanitaria debemos tener presente que nunca se dejará de celebrar la santa misa, aunque sólo la celebre el sacerdote en privado.
 
El pueblo de Dios jamás dejará de recibir los frutos infinitos de la santa misa que alcanzan a toda la humanidad y especialmente a los que suspiran por la casa de Dios, a los que sienten -en tiempos de tribulación- la nostalgia de Sion (Cfr. Sal 136).
 
Si tuviéramos que pasar por el ayuno eucarístico, es momento de creer firmemente en la comunión de los santos porque quienes creen nunca estarán solos, ni en la vida ni en la muerte.
 
Dios seguirá siendo honrado, alabado y bendecido por su pueblo desde los hogares y desde las Iglesias por sus sacerdotes que no dejarán de celebrar la santa misa, viviendo en carne propia las palabras del profeta Joel: “Entre el vestíbulo y el altar lloren los sacerdotes, ministros del Señor...” (2, 17).
 
De confirmarse un escenario así, me dolerá en el alma no verlos en la santa misa, no poder constatar su gozo en la consagración, no escuchar sus cánticos y alabanzas donde se sienten los latidos del alma. Pero estaremos unidos a través de la comunión de los santos. Y en nuestros templos estarán con nosotros los ángeles que descienden al altar para alabar y cantar la gloria de Dios en la celebración de la santa misa.
 
Decía el Santo Cura de Ars: “Qué feliz es ese Ángel de la Guarda que acompaña al alma cuando va a misa”. El Ángel de la Guarda se consolará sabiendo cuánto deseamos celebrar la santa misa, cuánto deseamos recibir a Jesús en la hostia consagrada.
 
Y cuando nos encontremos nuevamente para abrazarnos, para darnos la paz, para cantar la gloria a Dios y para romper el ayuno eucarístico, entonces rezaremos como lo santos, de acuerdo al testimonio de Santa Teresita: "Cuando era niña, durante la Misa, miraba más a papá que al predicador y su hermoso rostro me decía tantas cosas... a veces sus ojos se volvían brillantes de conmoción y se esforzaba por detener las lágrimas... me bastaba mirarlo para saber cómo rezan los santos”.
 
Viviremos la misa como los santos y meditaremos en todos los que añoraron la llegada del Mesías, como reflexiona el P. Rey Ballesteros: “Cuando vayas a misa, mira fijamente la sagrada Hostia mientras la eleva el sacerdote. ¿Sabes lo que hubiese dado Moisés por mirar ese nuevo maná, en el cual está escondido el propio Dios? ¿Imaginas cómo hubiera llorado de alegría al ver a Dios tan cerca de él? ¿Sabes que él murió sin entrar en la tierra prometida, mientras tú te sientas a la mesa del Señor? ¡Bienaventurado tú!”.
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