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Libertas

Suficiencia Alimentaria

Jos Manuel Velasco Toro 26/12/2018

alcalorpolitico.com

Desde la década de 1970 se anunció que, si México continuaba desalentando la agricultura campesina para favorecer, en exclusiva, a la agricultura de exportación, el país se perfilaba hacia una situación que le conduciría a no producir, de manera suficiente, sus propios alimentos. Muchos científicos sociales, como Armando Bartra y Víctor Manuel Toledo, entre otros más, alzaron su voz para advertir que estaba en riesgo la capacidad de producir buena parte de alimentos para abasto interno. Ellos propusieron estrategias que combinaban acciones para fomentar la agricultura campesina y agroecológica, a la par de la empresarial, para sostener el desarrollo del agro mexicano. Sin embargo, los tecno-políticos emergentes del momento los tacharon de incrédulos campesinistas, acusándolos de difundir “ideas exóticas”, en clara alusión a la corriente anticomunista fomentada por la “Guerra Fría”. La consecuencia no se hizo esperar y, frente a un crecimiento demográfico acelerado, ahora estamos al borde del precipicio por haber perdido la independencia alimentaria.
 
La insensata política que condujo al abandono de la economía campesina y priorizó la agricultura empresarial de exportación, en vez de haber alentado ambas en proporción equilibrada, pronto dejó ver sus efectos. Al campesino se le dejó a merced de la ya histórica ley de san Garabato: “Sembrar caro y vender barato”, lógica de empobrecimiento que acentuó la emigración hacia las ciudades y hacia los Estados Unidos. Aceleradamente el país se transformó de productor a importador, sobre todo de granos básicos como el maíz y el trigo. En 1975, se calculó que se importaba el 65% de los productos alimenticios y en 1985 la cifra ya era del 80%, de la cual el 73% provenía de los Estados Unidos. Actualmente importamos poco más del 20 por ciento del maíz que consumimos, el 79 por ciento del arroz, 50 por ciento del trigo y, de acuerdo con la FAO, para tener suficiencia alimentaria deberíamos de producir el 70% de nuestros alimentos, cosa que no es así. La realidad es que somos un país dependiente en materia alimenticia, como también los somos en materia científica y tecnológica.
 
Diversas son las relaciones implicadas que han conducido a la perdida de la independencia alimentaria; todas, desde luego, derivadas de una política agropecuaria que, desde el siglo XIX, le apostó a la exportación de materias primas y a la protección de la ganadería bovina con carácter extensivo. En consecuencia, tenemos un campo devastado en lo forestal; degradado en sus suelos y en el límite de la desertificación; descapitalizado y fragmentado en las unidades familiares campesinas que antaño sostuvieron la producción de alimentos básicos. Un campo que está presionado por el crecimiento urbano que no sólo está devorando áreas de cultivo, muchas de ellas de excelente calidad, sino también extrayendo agua que es necesaria para el riego. En pocas palabras, el campo mexicano es un desastre, cuya magnitud crece y se ahonda, gracias a la irresponsable política agrícola de los diversos gobiernos que creyeron que siempre habría petróleo para comprar alimentos y resolver, de esa manera, la demanda en las crecientes y devoradoras urbes.
 
En vez de invertir los excedentes petroleros en el desarrollo de la educación, la ciencia y tecnología, pero sobre todo en el desarrollo de una agricultura eficiente, sustentable y sostenible que garantizara el abasto interno de alimentos, se prefirió, entre otros usos nada inteligentes, pero sí satisfactorios para el enriquecimiento de la empleomanía, voltear el rostro al mercado norteamericano para comprar granos básicos y darle la espalda al campo mexicano donde existe potencial productivo, capacidad humana y conocimiento para hacer de nuestro país un México independiente en materia alimenticia.
 
Por ejemplo, en 1976, la superficie dedicada al cultivo de maíz representaba el 5.5% de la superficie agrícola; en cambio, la ganadería ocupaba el 49.0%, resultado del sistema extensivo que requiere de grandes extensiones de tierra para pastoreo y tiene un bajo rendimiento productivo. En esa década de 1970, se prendieron focos rojos ante lo que se veía venir si se continuaba en la misma línea de desaliento agrícola: la dependencia alimentaria y una frágil estabilidad social futura. Un precipicio que es más profundo de lo que parecía, pues el petróleo es perenne y llegará el momento que no habrá suficientes divisas para comprar alimentos, sobre todo porque nuestra industria no está lo bastantemente desarrollada para ser competitiva en el mercado mundial y generar ingresos complementarios. A lo que se suma el atraso educativo que ronda en cinco generaciones, lo que genera desventaja cognitiva que amplía la brecha de exclusión global en la sociedad del conocimiento, propiciando un perfil bajo en la generación de conocimiento científico e innovación tecnológica. Y, para acabarla de amolar, China, que se convirtió en cuatro décadas en la tercera potencia económica, científica y tecnológica, es voraz demandante de alimentos y mejor comprador frente a otros países. Ante esto último, el mercado mundial de alimentos está encareciéndose y los países productores y exportadores están viendo hacia el extenso país de Oriente.
 
Mientras tanto ¿qué hacemos en México? ¿Pensar en el turismo como solución? ¿Vender nuestras riquezas naturales a los monopolios transnacionales, entre ellas el agua? Estas no son soluciones, aunque como acto de empeño saquen del apuro momentáneo. Lo que requerimos es una política de Estado integral que impulse la producción general y agrícola sustentable; que piense en la diversificación de cultivos; que ponga especial atención en la producción de granos como maíz y frijol; que diseñe e implemente cuotas productivas por cultivos y regiones para garantizar precio, abasto y calidad; que transforme la ganadería extensiva en ganadería intensiva y estabulada, liberando tierras para la agricultura; que diversifique sus mercados de compra y de venta de alimentos; que se rescate la tradición maicera y el conocimiento ancestral del manejo los diferentes sistemas de producción y variedades de maíz con base en la intensidad en el uso del suelo, el empleo y la disponibilidad y manejo inteligente de agua. En fin, una política agropecuaria soportada en la imaginación creativa y responsable, pero, sobre todo, en un entrañable compromiso con México y con el agro. De no ser así, el desastre alimentario generará hambruna urbana que incrementará exponencialmente la violencia social.
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