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Un día trágico, de 1996

Fernando F. Cancela Xalapa, Ver. 29/09/2011

alcalorpolitico.com

Ocurrió hace quince años; era la madrugada del 20 de septiembre de 1996; en los brillantes y pequeños charcos de agua formados por la lluvia en los patios de Palacio de Gobierno, todavía se reflejaban la luna y las estrellas; era un día normal y ordinario como cualquiera, hacía apenas unos días, que se habían llevado a cabo las fiestas para conmemorar el 186 Aniversario de la Guerra de Independencia.

Los integrantes del departamento de Síntesis y Análisis de la Dirección de Prensa de la Coordinación General de Comunicación Social del Gobierno del Estado, que dirigía el eminente periodista Miguel López Azuara, nos encontrábamos firmes en nuestras labores; elaborar la síntesis informativa de prensa de los diferentes medios para el Gobernador en turno, era nuestra función.

Algo extraño ocurría, salvo que hubiera una gira programada fuera de la ciudad, era como los integrantes de las demás áreas se encontraban a esa hora en Palacio, de lo contrario, nosotros éramos los únicos que llegábamos a las cinco de la mañana a nuestro departamento. ¡Que raro!, reflexione en mis adentros... Y sin hacer caso, proseguí con mis labores.

Un extraño presentimiento me invadió, y más, al observar que los jefes de otras áreas se movían sin ton ni son. Mario Guzmán y Elisa Rodríguez, jefes de los departamentos de Servicios Generales y de Recursos Humanos de la dependencia, caminaban nerviosos de un lado hacia otro. No podían ocultar su cara de asombro e impresión.

Las insistentes llamadas por teléfono nos mantenían al borde de la desesperación. Pepe Vázquez, Carlos Ríos, Isaías Contreras, Manuel Iván Gómez y Juan Carlos Lexama, nos mirábamos con una zozobra indescriptible; el asunto se tornó extraño y misterioso.

A las 17:00 horas de ese mismo día, sería en la ciudad de México la Asamblea Nacional del PRI, en la que el Gobernador Patricio Chirinos Calero, sería un priista más entre los miles de tricolores, y el equipo de prensa que lo asistiría, había salido el 19 de septiembre por la noche: Juan Ochoa (Fotógrafo); Alejandro Chávez (Fotógrafo); Alfredo Domínguez Soto (Reportero), y Ángel Luís Loranca Torres (Chofer).

La noche anterior me había despedido de ellos. Por las tardes, prestaba mis servicios en la Secretaría General de Gobierno y baje a Comunicación Social accidentalmente. Alfredo había dejado algo en su escritorio y bajó corriendo con su maleta en una mano y algunos documentos en la otra; -¿Qué onda pachis?. ¿Qué pasó?. Le pregunté. Así le decíamos con aprecio sus amigos. Salio despavorido, y con una sonrisa se despidió de mi, esa fue la última vez que lo vi. Estaba muy contento pues era la primera salida que tenía como reportero que con tenacidad logró a base del esfuerzo premiado por el Director de Prensa en ese momento, Manuel Miranda García y Calderón.

Jamás me hubiera imaginado el resultado de su partida. Todos murieron ese día en cumplimiento de su deber. Fue mi compañero intendente Víctor Bolaños, quien realizando el aseo, accidentalmente se enteró del trágico deceso, y nos dio la tan lamentable noticia. ¡Compañeros, murieron en un accidente todos los del pull!, nos dijo acongojado; recuerdo que no pudimos sostener el llanto. No dábamos crédito a lo ocurrido; el destino, había jugado con todos los que salíamos a cubrir las actividades del Gobernador. Dios lo quiso así, el turno, era de ellos.

Todos eran mis amigos y compañeros, con todos conviví amenamente. A todos les guarde respeto y admiración porque eran trabajadores responsables, tenían aspiraciones y proyectos; eran personas de bien, valiosos y ejemplares. Alfredo no tenía ni diez días que había dejado de ser mi jefe directo y con Juan Ochoa, hacía apenas unos días que habíamos compartido el pan y la sal en la barra de “Las Palomas”.

Enfrentábamos unidos los retos de nuestro trabajo diario, motivados por el deseo de superación personal, familiar y de nuestra dependencia. Acostumbrados a enfrentar la euforia y a respirar la adrenalina que provocaban las caravanas vehiculares que se formaban cuando nos movíamos de un punto a otro. El tiempo en las giras de trabajo era apremiante.

El llanto por su muerte se mezcló con impotencia. Loranca no se durmió al volante. Loranca era un conductor profesional, pero el cansancio todos lo hemos sentido y sabemos de lo que puede ser capaz. No quiero causar polémica, pero soy observador y se que la muerte de ellos no fue por alcance como decían los medios nacionales, a ellos, los alcanzaron; además, alguien sobrevivió al accidente y recibió los primeros auxilios; en las gráficas observé envases de agua oxigenada, suero, gasas y demás provisiones utilizados por los socorristas y paramédicos. ¡Ningún medio lo mencionó!.

Nunca he presenciado un funeral tan triste como el de ellos, ese día en “Bosques del Recuerdo”, supe lo que es perder a cuatro amigos a la vez. Sus cuerpos inertes formados en la capilla ardiente, los recuerdo como si hubiera sido ayer. Que Dios los tenga en su gloria y que su recuerdo vague por los sentimientos de quienes tuvimos la honra de conocerlos. Que descansen en paz, esos cuatro soldados de la comunicación social.

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