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El rinc?n de la abuela

Una vieja carta

Alicia Dorantes 13/04/2015

alcalorpolitico.com

18 de mayo de 1951

El día de hoy, buscando no sé qué, llegó a mis manos esta vieja carta… vieja sí, ya que más de cincuenta años la han avejentado, arrugado su papel y teñido de color ocre. Le confirió ese “tufillo a viejo”, tan característico del ayer lejano, pero su contenido se mantiene vigente, fresco, auténtico ¿Por qué la traigo al ahora y no la dejo reposar en el olvido del ayer?

De siempre, he confesado ser apolítica, apartidista, pero de siempre he cumplido con mi derecho y obligación de votar ¿Por quién? Por quien considero “más adecuado y correcto”… pero conforme pasan los días, los meses, me doy cuenta de mi nueva equivocación.

 Para esta elección, no sé por quién votar: no veo nadie que al “menos prometa hacer algo, positivo por sus congéneres”. Las compañas se reducen a “cazar al enemigo y a enlodarlo aún más de lo que ya está”. Y veo que corren los ríos de dinero… mientras en cada esquina un niño, una mujer, un viejo, o un hombre quizá padre de familia sin trabajo, extienden la mano pidiendo limosna. Les contaré algo:

 Mi padre cursó la primaria en la Escuela Enrique C. Rébsamen, en la ciudad de Xalapa y conservó siempre la amistad de sus compañeros: entre ellos estaba el que más tarde fuera Gobernador del Estado: el Lic. Marco Antonio Muñoz T.

 Cuando el Lic. Muñoz llegó a ese cargo, mi padre era “Director del Lazareto”, del cual ya les he platicado. El Lazareto a semejanza “de los lazaretos” que en la Edad Media recibían a los leprosos; el Lazareto de Xalapa cobijaba a los enfermos más pobres, a los desahuciados y entre ellos estaban los tuberculosos.

Encontré también el nombramiento que el Dr. Isaac Espinosa Becerra le diera como Director de dicho nosocomio, con un espléndido sueldo de $300.00… de aquellos días. El Lic. Muñoz nombró a mi padre “Director de la Asistencia Pública del Estado”, nombre demasiado rimbombante para las tantas carencias que tenían (y tienen) los hospitales veracruzanos.

Recuerdo que a las juntas de gobierno de los lunes, el Lic. Muñoz quería que todos los funcionarios del gabinete fueran de traje y corbata, algo difícil de cumplir para mi padre, acostumbrado a usar sus pantalones color caqui y una vieja chamarra que le regalaran sus pacientes tuberculosos: para él esa vestimenta tenía más valor que un traje de Hugo Boss o de Segna… Él era sí, sencillo, humilde, pero de un gran corazón donde albergaba a los pobres y a los necesitados. Solía decir que “es una pena que, muchas veces, el valor de la ropa, sobrepasa al de la persona que la usa”.

Y llegó a trabajar con ahínco pretendiendo resolver los tantos y tan graves problemas a los que se enfrentaba; a pesar de ello, no encontró el apoyo requerido para la solución de los mismos… y continuaron estos, hasta que un día cansado, frustrados sus sueños, le escribió una carta de renuncia a Señor gobernador: decía ésta:

<<MUY QUERIDO MARCO ANTONIO:

Disculpa por favor, la familiaridad del trato, pero quiero dirigirme al amigo antes que al gobernante. Hace muchos días he titubeado antes de escribirte, pero quiero ser honrado con quien confió en mí y me dispensó su entera confianza. El problema es el siguiente:

Cuando me llamaste para darme esta comisión, me dijiste textualmente “te entrego un cadáver que con mi ayuda sé que vas a revivir” durante casi seis meses he trabajado con entusiasmo y tenía la esperanza de que con esfuerzo tenaz, lograría que la olvidada y casi menospreciada Asistencia Pública se transformara en un positivo orgullo para tu gobierno. Te consta que los proyectos que presenté son perfectamente realizables y que podrían aliviar totalmente la situación tan aflictiva siempre de todos nuestros establecimientos.

Tengo la vergüenza de confesarte que la situación en vez de mejorar va empeorando y la explicación creo es clara: ni debo ni puedo proceder autónomamente y en todos los problemas requiero tu consejo y resolución: la base para cualquier trabajo, en estas condiciones, he tratado de llegar a ti por las vías por ti establecidas y he fracasado y no he obtenido ni audiencia ni acuerdo. No creas ni por un momento que me siento menospreciado bien lo sé qué tienes problemas de tal importancia que toda comparación con mis pequeñas cosas resulta grotesca, tienes razón al dar la preferencia a la agricultura y a la industrialización, por ejemplo, pero mientras esto ocurre sufren innecesariamente muchas gentes enfermas y tristes que no tienen más esperanza que lo que nosotros podamos hacer por ellos y entonces me descorazono al sentirme inútil y atado, teniendo mucho campo laborable por delante, y no poder hacer nada sino dejar que el tiempo corra.

Para que formes una opinión no tan desfavorable del paso que ahora doy, es necesario que te explique lo siguiente: La directiva inquietud fundamental de mi vida ha sido la investigación porque sé que es la mejor manera de hacer un beneficio no sólo en nuestro medio, sino a la humanidad en general, para poder alcanzar esta meta tan alejada de nuestra realidad por falta de ayuda, gasté: seis años de preparación técnica, cinco años de trabajar como negro para almacenar recursos y otros cinco para construir el lugar donde trabajar, en total 16 años en una sola dirección y ya teniendo todo listo para empezar a trabajar, bruscamente, me desvié con la esperanza infundada de que lo realizado en el sanatorio podía llevarse a toda nuestra tierra veracruzana que tanto amamos.

Y ahora después de seis meses me doy cuenta de la realidad, que existen grandes problemas económicos, sociales, geográfica, etc. que demandan toda tu atención de tal manera que todo lo que se intente en La Asistencia está condenado a obtener mediocres resultados, y entonces se me presenta el dilema que quiero que el amigo de todo el tiempo me resuelva: gasto seis años de mi vida para obtener poco o nada o me encierro en mi laboratorio de donde me sacaste a trabajar con tesón donde sé de antemano que sí podré realizar una útil labor. Creo tener razón al plantearte la situación y sé que me ayudarás.

Además, mi ida al sanatorio, no te crea ningún problema, ya que ni soy de las gentes indispensables ni brillantes como para dar prestigio a un Gobierno, si miras a tu lado encuentras gente bien dispuestas: Don Pepe Marín, Manolo Vega, Don Isaac Espinoza, Miguel Medina, Héctor Hernández, Pepe Maraboto, Ezequiel Jiménez, todos conocidos tuyos honrados y trabajadores que con el mismo entusiasmo que yo intenté inyectar a la lánguida asistencia, y que harán una labor muy brillante.

Te quiero suplicar y si para ello no tienes inconveniente, que me permitas continuar como director del sanatorio si ello no fuera posible, como médico del mismo, en el año pasado se me dio un subsidio de trecientos pesos, al que renuncié al hacerme cargo de la Dirección ojalá que fuera posible se me volviera a acordar pero si no es posible ni modo.

Bueno, Marco, dejo de molestarte con mi novelón, siempre he creído en ti y que de un destacado estudiante siempre tendrá éxito y que éste se derramará por todos los campos veracruzanos.

La renuncia que te envío, va fechada el primero de Junio para dar tiempo en estos diez días de poner al corriente a la persona que deba sucederme y así no habrá ni tropiezos ni desconciertos con el cambio.

No es frase de cortesía, que soy parco en ella, pero de verdad que agradezco de corazón todas tus atenciones y lamento no poder serte útil como había sido mi deseo.

Recibe un apretado abrazo

Xalapa, Veracruz 18 de mayo 1951>>

Sólo que el Lic. Muñoz, no aceptó la renuncia de mi padre, y sí le dio el subsidio de $300.00, lo que alegró a mi madre y al precario presupuesto familiar. Mi padre siguió al frente de la Asistencia pública no recuerdo si dos o tres sexenios más, hasta que en 1961, fue llamado por el Lic. Benito Coquet para que iniciara los trabajos del Seguro Social en el Estado… De 1961 a 1968, trabajó como “negro” al frente de esta nueva Institución hasta aquella infausta noche del 13 de Julio de l968, en que la muerte le jugó una mala pasada y mi padre cayó al fondo de un barranco.

Alguien dijo: “Estoy seguro que cuando el Dr. Dorantes estaba en su lecho de muerte, levantó sus ojos al cielo, contempló el cintilar de las estrellas… y sonrió: así era él”.
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