Desde hace 11 años, Roberto P. Ordaz vive a orillas de las carreteras. Su domicilio son las autopistas, las vías del ferrocarril, los márgenes del asfalto. Ahí donde otros sólo pasan de largo, él se queda. No por elección, sino porque la vida lo empujó hasta ahí después de haber sido baleado y macheteado. Sobrevivió. Y desde entonces camina.
El 7 de enero de 2016 marcó un punto de quiebre. Sin trabajo, sin respaldo institucional y con un cuerpo flagelado por la violencia, Roberto encontró un propósito inesperado: rescatar animales abandonados. “Si la sociedad no me dio empleo yo le doy amor”, dice. Amor que se traduce en comida, veterinarios, doctores y cuidados básicos para perros que, como él, conocen la soledad.
Roberto está instalado en un lugar de la gasolinera de Rancho Nuevo, municipio de Omealca, donde hoy sabado cumple una semana de estancia sin pagar hotel, ni comida, sin preocupaciones, pues comenta que no le debe a COPPEL o Elektra, agradece a quien lo apoya como puede: pollerías, ferreterías, talleres mecánicos, personas anónimas. No pide lujos, pide croquetas, medicinas, espacio y tiempo.
Comenta que salió desde Cabo San Lucas, en Baja California, pasando por distintos puntos de México. Su “misión” es la misma: sacar a los perros de la tristeza de haber sido abandonados en carreteras y caminos. Pide al Gobierno federal construya un santuario para los perros abandonados.
Habla de ellos como si hablara de personas, porque para él lo son todo, su familia, sus hijos o sus nietos. “Amarillo”, rescatado en Pénjamo, Guanajuato, fue el primero que recogió y para él es todo, dice. “Nenuquita”, una cachorra sacada de una bolsa en una carretera de Hidalgo;10 perros más lo acompañan: “La Vaca”, “Gorda”, “Beto”, “Tigre”, entre otros. “Los perros viven una tristeza que el ser humano no entiende. Pero cuando les das amor y tiempo te lo devuelven multiplicado”, expresa.
La historia de Roberto no se explica sin la violencia. Fue baleado y macheteado por salvarle la vida a sus hijas tras haber sido secuestrado por integrantes de un partido político. “Me levantaron y me cortaron las manos”, relata. Aun así, agradece estar vivo. Aunque su apariencia física –marcada su cara por los tajazos que le dieron y provoque miradas de desprecio– él sigue caminando.
Expresa ser originario de Minatitlán, al sur de Veracruz, pero después de todo lo que vivió se fue a Cabo San Lucas con sus padres y ahí fue donde Dios lo puso en este camino de salvar a esos perros abandonados.
Roberto, tiene 50 años y actualmente se encuentra en las carreteras, dice que su domicilio es la calle, “es libre”. Pero esa libertad no quita su dolor más profundo que no es el del cuerpo, sino el de la ausencia: una de sus hijas permanece secuestrada en Chiapas. A pesar de haber pedido el apoyo del Gobierno para rescatar a su hija esa justicia no ha llegado.
La otra hija, asegura, fue vendida por su madre con quien se enganchó y hoy, afirma, es miembro de los Mara Salvatrucha, “pero a ella que Dios la ayude”. Comenta que a pesar de no haber recibido apoyo, “el único regalo que le pido a Dios es recuperar a mis hijas”.
Habla sin rodeos de su pasado en el que dijo haber estado involucrado en el tráfico de personas (pero Dios –dice– lo sacó de la mafia) y de cómo decidió transformar esa energía en algo distinto: salvar vidas, aunque ahora sean de 4 patas. “Cuando Dios te saca, te saca para un propósito”. Afirma que hoy sólo trabaja para Dios y para sus perros.
Antes de seguir su camino, lanza un mensaje a quienes gobiernan: pide empatía a la presidenta Claudia Sheinbaum y exige a la gobernadora de Veracruz Rocío Nahle que deje las frivolidades mientras la inseguridad desangra al Estado. “Que vean ejemplos como el de Bukele”, dice, “y que pongan a Dios en primer lugar”.
Mientras tanto, Roberto sigue caminando. Con cicatrices visibles, perros rescatados y una fe que, pese a todo, no ha sido abandonada. Su objetivo es llegar a San Salvador, para saludar a Nayib Bukele.