Jean-Paul Sartre (1905-1980), filósofo francés representante de la filosofía existencialista, escritor e intelectual de izquierda, habla de la “mala fe” y la “mentira” en su obra más representativa del pensamiento existencialista:
El ser y la nada. En ella dice que el ser humano es el único ser en el mundo que toma “actitudes negativas respecto de sí”. Esto es, el No sistemático que niega su propia naturaleza, el No que actúa cual subjetividad y refleja a un ser de resentimiento, un ser que oculta su negatividad bajo la ironía, máscara que cubre, o al menos así lo cree, toda actitud que niega para negar, como se niega para afirmar. Al negar de sí, de su ser, su consciencia la dirige hacia afuera, no sobre sí mismo, y es entonces cuando emerge la mentira cual actitud de “mala fe”. La mentira es una condición negativa que en el ser de “mala fe” se dirige hacia afuera, hacia la relación con las otras personas, hacia el entono en el que se mueve porque busca trascendencia social. “El mentiroso -escribió Sarte- está completamente al corriente de la verdad que oculta”, por eso miente y repite, una y otra vez su mentira para desvanecer la verdad al negarla de manera cínica, tan cínica que se vuelve convincente y desacredita a la verdad misma. El mentiroso, ese ser de “mala fe”, busca, conscientemente, engañar y usa palabras que recaen sobre los acontecimientos que le rodean, sobre lo que acaece en su mundo, actitud que le facilita ocultar lo traslúcido de su consciencia, y poder decidir sobre conductas secundarias al ejercer, explícitamente, un control regulador sobre el mundo que le rodea, para lo cual adopta una “intención fingida de decir la verdad”. El ser de “mala fe”, insiste Sartre, expulsa de su consciencia el sentimiento de culpa con el fin de proyectarlo hacia afuera. Siempre busca que la culpa recaiga en objetos o en otros sujetos a quienes cuelga la etiqueta de la negación porque, explica, la “mentira es una conducta de trascendencia”.
Es decir, va más allá del límite de la realidad cuyo impacto se prolonga en el tiempo y en el espacio social. Un mentiroso no reconoce su mentira cuando se le descubre, cuando se le señala con la verdad y se le demuestra con datos precisos de la realidad. Y es así porque lucidamente ha hecho de su mentira un proyecto, una ambición que se escurre entre lo que significa el alcance de la mentira y la verdad que es alterada para conseguir lo codiciado. La opacidad con la que se dice se repite y se afirma una mentira en las intenciones hacia el otro, es decisiva para que el otro “pueda tomar la mentira por verdad”. En su naturaleza oculta se afianza la proyección del yo mentiroso que llega al otro, penetra en su mente y le enajena. En ese recoveco de la “mala fe” se oculta la estructura de la mentira, pues es el propio ser de “mala fe” quien enmascara la verdad al distorsionarla diciendo que es mentira, la niega con cinismo y señala a otros como detractores o maldicientes, sean del presente o del pasado. Otro rasgo que Sartre señala como característico del ser de “mala fe”, es que siempre busca tener una intención primera, un proyecto cual estructura unitaria posee la dualidad en la que se esconde la verdad que se sabe. De esa verdad que se conoce, pero se enmascara bajo el engaño. Artificio que busca que la realidad, que la verdad a ojos vista se disfrace de apariencia con el fin de ocultarla o distorsionarla, lo cual hace desacreditando y negando sistemáticamente la verdad hasta hacerla aparecer, convincentemente, como mentira, como engaño.
Esta actitud posee la paradoja de que quien actúa de “mala fe” tiene consciencia de su “mala fe”, la que busca hacer que aparezca como consciencia de “buena fe”, por eso miente sistemáticamente y, al hacerlo, termina creyendo su propia mentira, cual verdad incontrovertible. Su conducta mentirosa acaba siendo la condición misma en la que el cinismo, en muchas ocasiones, se expresa mediante gestos situacionales que son reacción al señalamiento de la verdad que se oculta, como risitas burlonas para desacreditar, de desagrado, fastidio o gestos de asombro, alegría o dolor cual mascarada de la verdad que se oculta. Conducta recurrente en espacio como la política donde el rasgo fundamental es reducir al otro a calidad de objeto para ser manipulado. Aquí la mentira es instrumento de “mala fe” mediante la cual se reduce la subjetividad de la persona, de los individuos. Es un medio para conseguir algo, en este caso, poder. A la persona se le percibe como instrumento, no como ser subjetivo poseedor de su propia consciencia, sino como algo que debe ser útil para el fin de la mentira construida y transformar su relación no con seres, sino a éstos cual si fueran cosas. Este tipo de trato Carlos Marx la llamó cosificación de las relaciones sociales, base de la explotación de las masas. Simone de Beauvoir objeto de deseo y Sartre en “ser para otro”. Pero también ocurre en los ámbitos laborales. Sucede cuando al trabajador, al empleado se le ve solo como un recurso, como un número cuyas cifras deben traducir ganancia. La academia no queda al margen de actitudes de “mala fe” que se manifiestan negando autoridad al otro, sobajándolo en su subjetividad cuando se desacredita su creatividad epistemológica y se les ciñe a marcos conceptuales impuestos o cuando, en voz de la autoridad, se niega la validez de su argumentación lógica.
En el terreno del poder religioso, también suelen pulular seres de “mala fe” que dicen profesar una creencia y valores morales positivos, solo para ganar prestigio, cuando su conducta privada refleja actitudes que no son sinceras, ya que buscan manipular la creencia de los Otros para provecho propio, carecen de compasión y violentan los valores que predican. Muy contrario a la “mala fe” es la “buena fe”, conducta humanista en la que existencialmente se busca hacer converger, con participación mutua, dos miradas, “la mía y la del prójimo”. No para someter al “prójimo” sino, en igualdad de dignidad, construir de manera colaborativa y ser ambos en el mundo. Pero esto es algo que el ser de “mala fe” no tolera. Rechaza, le repugna, por eso hace de la mentira su instrumento degradador que, a la vez, es destructor de la franqueza pues no acepta, porque en su horizonte enajenado no existe, el valor universal de la verdad. Tiranos, autócratas, dictadores, autoritarios, insolentes, necios, ignorantes se desmarcan de la realidad porque en su mente solo preexiste una idealización infausta con la que juegan a ser supremos, buscan imponer para someter y realizarse para manipular. En ellos la soberbia, la vanidad, el egoísmo y la ira, se mezclan para definir una estructura de carácter moral negativa, donde cada rasgo potencializa uno al otro hasta llevarlos a la sublimidad absoluta en la que el interés propio se sobrepone al bien e interés común que despedaza todo “contrato social”. Por ello, desde tiempo inmemorial la mentira se condena. Proverbios (19-9) expone: “El testigo falso no quedará sin castigo, perecerá el que dice mentiras”.