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CENEVAL, entre críticas y negocios

Jorge E. Lara de la Fraga 08/05/2013

alcalorpolitico.com

Condolencias a la familia Guillaumin. Fenece Don Rafael, un ser inquieto, visionario y propositivo. Pervivirá su ejemplo de aplomo, perseverancia y superación
 
Mi amigo, el docente y médico Armando Contreras Arriola, me entregó un comentario sobre las pruebas que se aplican a nivel nacional a los jóvenes que demandan el ingreso a la educación superior, a esos muchachos que aspiran a cursar una carrera universitaria en nuestra Máxima Casa de Estudios. El colega, en su texto, hace una reflexión sobre la importancia de esa formación del tercer nivel en lo concerniente al desarrollo del país, a su urgente y necesaria independencia económica y política, tratando de formar cuadros consistentes en lo científico, en lo humanístico, en lo cultural-social y en lo tecnológico para aterrizar después en los objetivos de esa enseñanza y en ese cuestionado examen selectivo que es configurado en el altiplano y que no responde a los repertorios curriculares de los aspirantes ni a las necesidades específicas de las instituciones universitarias. Concluye: “al presentar el examen del CENEVAL encuentran los interesados un instrumento que no está nada de acuerdo con la carrera que ellos eligieron (…) los lleva al desencanto, a la frustración y a la depresión (…)”, toda vez que la evaluación predeterminada está fuera de contexto y no mensura lo respectivo.
 
Ante el cuestionamiento del colega, tuve que investigar algo sobre ese Centro Nacional de Evaluación (CENEVAL) y pude enterarme que inició sus actividades en 1994, hace 19 años, como asociación civil, que es un organismo privado que se autofinancia y su propósito consiste en ofrecer a las instituciones educativas diversos servicios de evaluación, en particular exámenes de ingreso a bachillerato, licenciatura y postgrado, así como exámenes de egreso para diversas carreras.
 
Tal institución ha recibido múltiples críticas y varias de ellas coinciden en que ese organismo obtiene generosas ganancias y ofrece en cambio productos de dudosa eficacia. Analistas tratan de poner en la balanza sus ventajas y desventajas; entre sus puntos fuertes se enumeran que resuelve la dificultad de elaborar pruebas estandarizadas, que tales instrumentos permiten la comparación de resultados entre instituciones del mismo nivel y que esos exámenes superan las presiones políticas y académicas que confronta cada institución.
 
Como puntos endebles que se le endosan al CENEVAL, cito los siguientes: Se mensura con sentido externo, sin conocer las condiciones y circunstancias de los planteles; con sus materiales evaluativos las instituciones se desvinculan de actividades académicas que ellas deberían efectuar, a fin de mejorar su funcionamiento y conocer mejor a los educandos; también en esos instrumentos de medida se trasluce discriminación o trato preferencial, así como que se cataloga de sesgados a esos materiales valorativos. Un compañero apunta que esa batería de conocimientos básicos del CENEVAL es muy general y origina inconformidades, toda vez que incorpora reactivos que no corresponden a áreas o profesiones determinadas. Asevera que lo saludable sería que esas pruebas fueran elaboradas por equipos capacitados para cada área o grupo de profesiones (estructurar bancos de reactivos específicos).
 
No cabe duda que el doctor Armando Contreras aludió a un tema interesante, pues puede decirse que en nuestro país tenemos dos décadas haciendo evaluaciones y el camino recorrido ha sido bastante difícil y sinuoso. Sin lugar a dudas la evaluación es necesaria como un elemento para lograr la calidad en cualquier labor humana, pero ese proceso amerita ser puesto en el tapete del análisis y de la discusión, en el entendido de que cualquier baremo o norma es perfectible. La evaluación no se puede abolir, pero sí se puede y debe mejorar. En ese tenor, habrá que indicarles a nuestras autoridades universitarias la necesidad de revisar ese convenio establecido con CENEVAL, pues hay evidencias de que persiste un divorcio entre los dictámenes ortodoxos de tal organismo y esa población juvenil demandante, a la cual no la consideran en lo inherente a sus antecedentes de escolaridad, a sus promedios de desempeño, menos a sus aptitudes y a sus intereses vocacionales. Algo debe hacerse; muchos todavía recuerdan con reconocimiento ese trabajo titánico que efectuaba el área o departamento de psicopedagogía de la Universidad Veracruzana, bajo las directrices del psicólogo Noel Toral Reyes.
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