El periodista José Luis Ortega advirtió que el corredor interoceánico entre Coatzacoalcos y Salina Cruz repite el patrón de desplazamientos y afectaciones sociales que iniciaron hace más de 7 décadas con la construcción de las presas Cerro de Oro y Temazcal en la cuenca baja del Papaloapan.
Durante la presentación en el Instituto de Investigaciones Históricas Sociales del libro “El Veracruz que vemos, el Veracruz que deseamos”, escrito en colaboración con la académica Guadalupe Mar Vázquez, señaló que los pueblos indígenas del sur enfrentan ahora un segundo proceso de desarraigo.
Recordó que en los años posteriores a las inundaciones del Papaloapan, miles de personas fueron reubicadas desde sus territorios ancestrales en la sierra de Oaxaca hacia zonas donde hoy se trazan las vías del Ferrocarril Interoceánico.
En aquel momento, dijo, la prioridad gubernamental fue generar electricidad y contener desbordamientos, pero a costa del sacrificio de pueblos indígenas. “Prácticamente arrasaron con pueblos chinantecos, zapotecos y mazatecos”, expuso, al referir que comunidades completas fueron separadas y dispersadas en sitios como Playa Vicente, Alvarado y otras localidades sin posibilidad de decidir su destino.
Ortega explicó que desde entonces persisten reclamos irresueltos, como la dotación de tierras prometidas a familias que fueron obligadas a abandonar sus comunidades originales.
Añadió que la antropología ha documentado las secuelas en la pérdida de identidad, la ruptura de vínculos familiares y el daño cultural que se transmite entre generaciones.
Señaló que el desarraigo provocó deterioros económicos al cambiar formas de autoconsumo basadas en maíz y frijol por actividades dependientes de los cultivos de caña, sin que esto generara condiciones de estabilidad.
Expuso que estas transformaciones derivaron en fenómenos como la migración permanente, la falta de arraigo y la fragmentación de la herencia cultural. “Se pierde lo que uno ha sido en esencia”, dijo, al destacar que muchas de estas comunidades siguen enfrentando empobrecimiento y la imposibilidad de reconstruir su tejido social.
El autor sostuvo que el corredor interoceánico revive el discurso de progreso que hace 70 años prometió empleos, desarrollo y servicios públicos a cambio de tierras, pero sin reparar los daños previos.
Consideró grave que las nuevas obras se presenten como una solución pendiente, mientras los pueblos desplazados en el pasado continúan esperando respuestas sobre sus derechos territoriales y las consecuencias de aquel primer desplazamiento.