La comunidad del Coyolillo se encuentra ubicada en el noroeste del municipio de Actopan, enclavada en una colina semiárida, limita al sur con los Frailes y Trapiche de Rosario; al sudoeste con Otates, el Mirador y Chicuasen; al este con Mesa de Guadalupe, al oeste con Omiquila y al noroeste con Almolonga, la Palma y la Yerbabuena.
Su nombre tiene que ver con la existencia de palmas de coyol y su origen, con los esclavos que los españoles trajeron para trabajar en las plantaciones de caña de azúcar.
Se cree que fueron traídos de Guinea, Somalia, Mali, Costa de Marfil, el Congo entre otras regiones del Continente Negro, muchos de ellos llegaron a trabajar en los campos de la hacienda de Almolonga, del Trapiche de Nuestra Señora del Rosario o quizá de la misma Santa Rosa, a mediados de siglo XVII.
Inicialmente como esclavos y posteriormente como asalariados. Sin que mejoraran sus condiciones de vida, pues eran obligados a laborar según las necesidades del “patrón”.
Cuando finalmente se les otorgó la libertad se asentaron en laderas, eran laderas poco fértiles y es cuando empieza una larga lucha para hacerse de un pedazo de tierra, pues muchas de ellas las tenían en arrendamiento.
Las dotaciones ejidales han sido muy complicadas para ellos, los beneficiarios son minifundistas y las parcelas no son muy productivas, sin embargo, han servido para paliar la necesidad de tener donde sembrar.
Sin duda alguna, la tierra ha sido una condicionante para poder emigrar a los Estados Unidos, pues esta funcionó como un recurso, dejándola en prenda de garantía por el dinero prestado para por irse “al otro lado”.
Así sucedió con una gran cantidad de coyoleños que actualmente están laborando en el Norte de Carolina, Chicago, Nueva York y los Ángeles, entre otros lugares.
Esto de alguna manera ha dado un dinamismo a la economía del municipio, pues el dinero que envían como remesas ha modificado el entorno. Tal y como se puede ver en las construcciones, donde contrastan casas de tabique y chozas de tabla.
Además, se ha dado una reconfiguración de sus roles, por ejemplo las mujeres no sólo participan de las labores domésticas, sino trabajan en los campos desojando los chayotales y posteriormente empacándolo, o bien participando en la cosecha de tomates.
A decir de Federico López Zaragoza: “los migrantes envían recursos a su familiares para esta celebración, parte de ello se explica en que inviten a comer y no falte nada”.
Tal y como observó este 28 de febrero cuando una vez más celebraron su carnaval, famoso no tan sólo a nivel estatal o nacional, si no porque ha trascendido más allá de nuestras fronteras.
Es común ver turistas de Puerto Rico o Brasileños, por supuesto todos de rasgos similares a los coyoleños, interesados en ver como este carnaval refleja la herencia cultural y la riqueza tradicional, legado de sus antepasados y cuya permanencia hasta nuestros días, es resultado de la participación de esta comunidad en conjunto, a diferencia de “los otros carnavales” en donde queman al mal humor que tiene que ver con algún acontecimiento o personaje que en ese momento este en la agenda mediática.
Aquí se busca que este carnaval simbolice la liberación de los esclavos africanos, muchos de los cuales trabajaron en la hacienda de Almolonga y sus alrededores.
Carnaval con más de 150 años de celebrarse, inicia en martes porque tiene que ver con el hecho de que era el único día que los patrones daban a los esclavos como descanso, estos aprovechaban ese día para disfrazarse, bailar y ser felices al menos por ese día.
Actualmente, los negros o disfrazados se visten con un vestido hecho de retazos de telas multicolores y una capa del mismo material. Portan penachos cubiertos con tela y flores, adornados con espejos, pero el atuendo principal es la máscara de madera que simula un toro, venado o carnero; sin faltar otros animales o personajes, pero tienen preferencia por los que exhiben cornamenta que representan a sus verdugos y a los vicios.
Esos “disfrazados” se lanzan a las calles con campañas rusticas, cencerros o cascabeles para recorrer las pequeñas calles empedradas y otras de asfalto hidráulico, sin perder la alegría y la energía que el coyoleño imprime a esta celebración.
Sintiéndose orgulloso de su origen y raza, confundiéndose entre la multitud, decenas de niños afromestizos imprimen algo sin igual a esta celebración. Cantando y gritando, levantando los brazos en una fusión de máscaras y vestidos multicolores, dando lugar a un escenario único de un pueblo en el cual muchos sobreviven con menos de 150 pesos diarios, pero que hoy eso, no importa.
Dentro de toda esta, celebración se da el evento del chileton, que consiste en elaborar el chile más grande del mundo, donde participan familias enteras, aportando cierta cantidad de chiles rellenos para este magno evento.
Platillo típico que los lugareños ofrecen, a los visitantes. Acompañado de arroz, frijoles de la olla, pozole o un delicioso adobo de crucetas con carne de cerdo.
Además de tortillas hechas a mano, refresco y cervezas, sin faltar “un cañazo pa’ la bajadera” y como postre: la torta de camote, calabaza y la de plátano verde.
La hospitalidad de este pueblo es inigualable, eso fácilmente se puede comprobar, así como se puede corroborar la pobreza en que viven algunos de sus habitantes, que recurren a la migración constante para buscar mejores condiciones de vida.
Viendo en estos acontecimientos como la cultura se va conformando cotidianamente y los imaginarios sobre los que se construye van transmitiéndose de generación en generación, a través del acontecer colectivo.