La crónica es un estilo narrativo mediante el cual se exponen hechos reales percibidos desde la óptica y vivencia del narrador. Los acontecimientos refieren a hechos ocurridos en el pasado, pero también pueden remitir a aquellos que están cercanos en el tiempo y pertenecen al presente vivido por el autor. Lo narrado, desde la emoción subjetiva de quien describe, siempre refiere a vicisitudes reales, aunque pueden matizarse de acuerdo con el estilo literario, la emocionalidad sentida y la valoración implicada en las causas percibidas que explican los hechos que se relatan. La crónica siempre es una fuente apreciada por el historiador que se ocupa de conocer y develar los acontecimientos ocurridos en una sociedad, en un momento y tiempo determinado, porque permite percibir, sentir, palpar, acariciar los hechos desde el interior emocional de la persona que narra, pues muestra el palpitar de su cultura y el vínculo indisoluble que le une con el entorno social, la familia, el sabor y los aromas del terruño natal o prohijado. Pero también es un relato que hace vibrar la emoción de lectores cuya temporalidad y vivencia conecta con las experiencias descritas y recuerdos grabados en su propio vivir, sean directos o indirectos según la experiencia del lector.
Como historiador me emocionó la percepción del pasado y la dinámica de los cambios que ocurren en una sociedad y como lector movió vivencias comparadas que fueron esenciales en mi propia formación, como lo fueron en Carlos Martín Briceño. Meridano en toda la extensión del gentilicio, Carlos Martín Briceño nos regala un conjunto florido de exquisitas crónicas en las que narra el ambiente familiar preñado por el amor a la lectura, el vínculo materno y paterno que le preparó para comprender la incongruencia del comportamiento humano, la tranquila dinámica de la vida durante la adolescencia y los agitados cambios sociales de la actual Mérida. En su libro
Viaje al Centro de las Letras (FICTICIA EDITORIAL-Yucatán Gobierno del Estado-SEDECULTA, 2018), título de origen Verniano (
Viaje al centro de la Tierra), nos regala, de entrada, con la frase que el profesor Lindenbrock expresa para señalar la importancia que en la investigación posee la observación directa, más allá de la mera especulación sin fundamento real: “Lo que debemos de hacer es aprovecharnos de los hechos, no explicárnoslos”, afirmación que debió calar profundo en Martín Briceño, pues en su libro nos entrega hechos sin explicación, vivencias íntimas, sentimientos persistentes, sensaciones permanentes, emociones familiares y retratos vividos de su ciudad natal: Mérida.
Su libro me lo obsequió durante una comida en la que su familia y la mía compartimos, con singular alegría, Poch Chuc, Salbutes, Papadzules, Sopa de Lima y otras exquisiteces de la cocina yucateca en el restaurante Manjar Blanco, allá en la señorial Ciudad Blanca. Tardé una semana en abrir y sentir el clásico olor de papel y tinta que se percibe en todo libro, pero cuando lo hice, no lo solté. En una mañana de café y una tarde de cielo nublado, leí con ávida curiosidad cada uno de los relatos que, como él dice, “surgen de la cotidianidad, de las relaciones de pareja, del horror al tedio, de ese mensaje universal que es el sexo, de situaciones anómalas dentro de vidas aparentemente tranquilas” (p. 13). Conecté con su nostalgia que describe el pasado de la apacible vida que se tenía en Mérida, del recuerdo de los lugares de recreación que frecuentó de adolescente y joven, de sus calles floridas en las que se vivía el sosiego de caminar tranquilo para arribar al café donde fluía la conversación, del ritmo bohemio ambientado por la trova que todavía me tocó vivir a fines de los años setenta cuando por razones laborales fui en varias ocasiones a Mérida.
Como también relacioné el quiebre de la ciudad que, como Xalapa, se fragmentó como consecuencia del crecimiento urbano acelerado, no planificado con miras al futuro, pero sí caótico en muchos sentidos. Un quiebre que ahora busca recuperar su centro histórico como esencia de identidad para ser, como él lo señala influenciado por el cuento de “La plaza” de García Ponce, “regionalmente universal”. Pero si algo me motivó sobremanera, fue la identificación lectora que conectó con mí pasado. Cito: “Crecí, por fortuna, con unos padres que creían en las bondades del libro y que en las navidades solían dejar debajo de mi hamaca, en lugar de juguetes, novelas de Salgari, Mark Twain, Julio Verne, Conan Doyle y Walter Scott. No hubo cumpleaños, festividad o fin de cursos sin libros como premio”. Salvo Conan Doyle que leí muchos años después de mi juventud, Sandokán, Los Tigres de Mompracem, El Corsario Negro, Las aventuras de Tom Sawywer, Las aventuras de Huckleberry Finn, Viaje al Centro de la Tierra, La Isla Misteriosa, De la Tierra a la Luna, Veinte mil leguas de viaje submarino, La vuelta al mundo en ochenta días, El naufragio del Cinthia, El castillo de los Cárpatos, El Pirata y otros títulos de la extensa literatura de aventura, fantasía y ficción, también fueron libros que me encontraron, me acompañaron y alimentaron mi imaginación e interés por la historia.
Me identifiqué plenamente con el relato que da título al libro, “Viaje al centro de las letras”. Ahí, Carlos Martín Briceño narra con pasión y singular detalle, cómo nació, enraizó, creció, floreció y mantiene ardiente su amor por la lectura. Nos dice que ésta fue cultivada por sus padres, pero también nos dice que el modelo paterno lo reprodujo en sus hijos. Subraya: “Y en ese tenor he procurado repetir el modelo. Mis hijos difícilmente olvidarán que, en mi cruzada contra el iconoscopio y los rayos catódicos, antes de que aprendieran a leer, su padre ya les leía cuentos que les comentaba como si fueran adultos” (p. 50). Seducción de la lectura que logró el hechizo de la amplia cultura que ahora poseen, de mente abierta al saber, a la escucha, al intercambio de sensaciones y emociones que conectan, comunican e incitan al diálogo ameno y reflexivo. Me encantó escucharlos, platicar con ellos y observar cómo conectaron con mi nieto, pese al breve tiempo compartido, intercambiando ideas, experiencias, proyectos, impresiones.
Todos sus relatos mueven sentimientos, pues agitan la emoción intelectual. Dos de ellos, en especial, estimularon mí curiosidad de historiador: “El cuento peninsular, un acercamiento” y “Mérida: nostálgica, seductora, única”. En el primero nos recuerda la maravillosa identidad de la península Yucateca que, en un momento de su historia, fue Capitanía General de Yucatán y tras la independencia se constituyó en República de Yucatán, para después, en 1848, sumarse a la República Mexicana. Rasgo histórico que imprimió “la particularidad cultural de la Península, una zona donde las antiguas identidades regionales perviven, y muchos aún conciben como otro México” (pp. 69-79). Otro México que habita en la pluma de narradores oriundos de la Hermana República de Yucatán. Y nos platica, porque su prosa es una amena conversación, quiénes son los narradores contemporáneos que dibujan el paisaje de la sociedad peninsular con profusa descripción, cómo es que relatan tramas invisibles de la península yucateca al proyectar, con profuso amor, su identificación con el sureste, con su origen peninsular.
El segundo describe la transformación urbana de Mérida que, como en muchas ciudades de México, Xalapa lo recuerdo, inició en la década de los setenta. El éxodo residencial del centro histórico hacia los nacientes fraccionamientos en la periferia de la ciudad, la emergencia de desconocidos espacios comerciales que se posicionaron como nuevos puntos de encuentro social y la trasmutación mercantil del centro urbano que distorsionó la tranquilidad arbolada y añejas rutinas con sus aromas, sabores y sonidos. Describe cómo la equívoca idea de modernidad menguo el esplendor del primer cuadro y del Paseo Montejo, pero también resalta el momento en que los meridanos reconocieron el valor cultural y arquitectónico del Centro Histórico generándose un movimiento de recuperación para hacer de Mérida, me consta, una ciudad disfrutable en sus paseos y gastronomía, seductora en su embrujo arquitectónico y afabilidad meridana, única porque, como la describió Octavio Paz, es una ciudad hecha “del juego de la luz en el aire, una calculada danza de colores”. Rescata Carlos Martín Briceño los votos del primer cabildo fundado el 6 de enero de 1542, sentimiento que posee cara al presente y consciencia al “tiempo por venir”: “Exigir y hacer justicia. /Defender y proteger a los que menos tienen. /Ejercer bien y fielmente el oficio de alcalde”. Gracias Carlos por tan hermosas crónicas de tú vida íntima y de la Ciudad Blanca.