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Cuando el sentido común es necesario en lo político

Jos Manuel Velasco Toro 15/10/2020

alcalorpolitico.com

Todos los días realizamos diversas actividades, unas que son repetitivas y que llevamos a cabo de manera inconsciente, es decir, por costumbre; otras, en cambio, son, podríamos decir, emergentes porque surgen en el hacer de las cosas sin estar previstas y requieren de una atención para comprender de qué se trata y cómo vamos a actuar. Esta reacción nos conduce a la acción preliminar de identificar qué es aquello que atrae nuestra atención para, acto seguido, pasar a la comprensión de los hechos o sucesos y actuar en consecuencia. Dos momentos interrelacionados que están en la malla de relaciones de nuestra experiencia subjetiva contenida en la memoria, base del sentido común, que nos permite identificar el suceso, analizarlo y reflexionarlo para comprender y decidir cómo proceder, lo que implica, claro está, un aprendizaje. Entonces, el sentido común es producto de la necesidad de dar solución a problemas particulares e implícitamente emplea el principio de causalidad. Anna Arendt, la gran filósofa alemana lo identificó como el elemento detonador del actuar reflexivo y Antonio Gramsci, el filósofo marxista italiano, lo ubicó como esencial en el ejercicio básico de la política, ya que, a través de él, afirmó, se “identifica la causa exacta y simple al alcance de la mano y no se deja desviar por enredos y abstrucidades (...), porque parte de la observación directa de la realidad, si bien empírica y limitada”. Por su parte, Paulo Freire también se refiere al sentido común como la aptitud cognitiva primaria para el aprendizaje porque nos permite acceder, en un primer momento, a la comprensión de los hechos, pero, para que trascienda a conocimiento es necesario observar y establecer las conexiones analíticas que hacen posible obtener el saber, pase cognitivo que el gran educador brasileño y del mundo, llamó sentido común ilustrado. En tanto distinción política, el sentido común presupone habilidades mentales compartidas que son parte de la condición biológica humana y que cultivamos mediante la educación presente en la cultura heredada y aprendida. Es algo, y nuevamente recurro a Anna Arendt, que todo humano tiene “en común en cualquier civilización dada” porque, continúa, somos obviamente parte de “un mundo común en que todos tenemos nuestro lugar y en el que podemos vivir juntos porque poseemos un sentido capaz de controlar y ajustar nuestros propios datos sensibles a los de los otros”. Gran reflexión que conlleva a la acción de saber armonizar las diferencias para construir relaciones de convivialidad política que conduzcan al desarrollo social libre, plural, equitativo, incluyente y con posibilidades reales de proyección futura. Pero, para que el sentido común sea parte de ese espíritu de libertad y pluralidad en convivialidad social, es necesario la implicación de dos principios fundamentales: humildad y saber escuchar. De lo contrario, el sentido común no puede manifestarse de manera clara y consciente para impulsar la determinación política. Y cuando menciono la humildad, aclaro, no es en el sentido de bajeza o miseria como equivocadamente se hace referencia a ella, sino, por el contrario, lo hago en el sentido de tener la capacidad empática y cognitiva de conocer la verdad a partir de ver las cosas como son para adquirir una visión clara de las situaciones dadas en la realidad. Humildad que envuelve la cualidad ética de responsabilidad social y compromiso de comprender las múltiples relaciones para establecer consensos que permitan superar diferencias en la pluralidad y avanzar hacia la consecución del desarrollo social libre y equitativo, y, claro está, siempre alerta para superar la confrontación a dialéctica, es decir, la lucha irresoluble de los contrarios que en el plano de lo político se estanca en creencias ideológicas que obnubilan la capacidad de percibir y reflexionar la realidad. Algo, claro está, alejada del sentido común. La humildad, para que adquiera cualidad en el hacer político, consiste en cultivar la habilidad de comprender las múltiples relaciones que estructuran a la sociedad y saber explicar cómo está dado el entretejido diverso, plural y dinámico que es el vivir y existir, o, mejor dicho, el inter vivir y el inter existir social. Muy frágil en el hacer político, pero necesario en su ejercicio para aprender a comprender el presente en función de la construcción de bases sólidas para el futuro, algo que, si bien recobra experiencias del pasado, no se reproduce como suspiro de nostalgia regresiva, sino como proyección progresiva para el bien común. Sin embargo, para que eso ocurra es necesario saber escuchar, lo que es todo un arte. Escuchar no es percibir las ondas sonoras de lo que se oye. Escuchar es saber comprender lo que se expresa. Bien lo dijo Jesús en una de sus parábolas: “El que tiene oídos para oír, oiga”. Saber escuchar no es sólo oír, saber escuchar es poner en movimiento la empatía para atender lo que se escucha con respeto (cualidad ética esencial) y captar el contexto de lo que se expresa para conocer, acto de sentido común que nos permite comprender y, en consecuencia, actuar. Sin el cultivo de esa habilidad empática que permite la concentración en el sentido de abrir la mente sin miedo a sentirnos descarrilados, no es posible la comprensión. Empatía y comprensión, son inseparables porque comprender es ser en la relación, o, mejor dicho, en la conexión de la propia vivencia para sentir como propia la vivencia del otro, para inter existir. Sin esa capacidad, escribió Erich Fromm, oír sin escuchar con empatía (bueno, él dice “amor”) es quedarse limitado a una mera “operación cerebral y se cerrará la puerta a lo esencial de la comprensión”. Sentido común, humildad y saber escuchar para comprender, son habilidades que urge cultivar, no sólo para realizarse en la vida cotidiana, sino también como base fundamental en el ejercicio de lo político.
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