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Universidad Anahuac

Sección: Estado de Veracruz

Libertas

Democracia y cambio

Jos Manuel Velasco Toro 17/11/2022

alcalorpolitico.com

La raíz etimológica de la palabra cambio refiere a la idea de trueque, de intercambiar una cosa por otra y proviene del celta, de donde el latín la tomó. El cambio en lo social es un proceso incesante, continuo y perpetuo que posee ritmos temporales acelerados o lentos, pero imparables. Que, en ocasiones, es brusco, violento y disruptivo de una situación dada y en otras es suave, casi imperceptible, pero profundo. El hecho es que el cambio es una realidad que ocurre en todos los órdenes, cultural y social, biológico y físico, cósmico y micro cósmico, político y económico, químico y fisiológico, religioso e idiosincrático, personal o colectivo, es constante entrópica inevitable donde la incertidumbre está mediada por la simetría del justo equilibrio. Y, desde luego, todo cambio implica que la visión del mundo también mude de concepción, lo que ocurre cuando una época llega a su fin para abrir camino a otra nueva.

Así, el Renacimiento, por ejemplo, puso fin a la visión del mundo escolástico soportada en la creencia de la verdad revelada de la Edad Media para crear una nueva visión interpretada por la razón y la voluntad humana, originando la época que se le ha llamado Moderna. Luego vino la época que seguimos llamando Contemporánea cuyas ruedas pusieron en movimiento la revolución francesa y la Revolución Industrial, ambas ocurridas en la segunda mitad del siglo XVIII, que impulsó cambios profundos en la estructura económica y en el orden de lo político, al construir los estados nacionales y proyectar, como forma de vida social, la democracia como legitimación política moderna.

A partir de entonces, la democracia se constituyó como un singular colectivo que, si bien está sujeta a variabilidades temporales, su visión del mundo siempre mantiene el sentido de legitimación política asociada a la libertad y el ejercicio efectivo de la ciudadanía como colectivo social. El sentido de la democracia es mantener el movimiento entrópico en equilibrio y simetría socio-política; es evitar los retrocesos hegemónicos dictatoriales, autoritarios y regresivos.



Si bien la democracia también implica rupturas con prácticas e idiosincrasias que ya no son funcionales como resultado del cambio, esto no significa su fracaso; por el contrario, representa vitalidad en tanto que se mantiene abierta a nuevos horizontes futuros, franca al advenimiento de lo nuevo y creativa para garantizar el ejercicio de la libertad ciudadana bajo inéditas circunstancias ante las cuales se habrá de legitimar el orden político-social. Por eso ninguna transformación puede “sacar poesía del pasado, sino solamente del porvenir”, advirtió Carlos Marx en su obra El 18 brumario de Luis Bonaparte y Alexis de Tocqueville en su libro La democracia en América escribió: “El pasado no alumbra el porvenir, el espíritu camina en las tinieblas”.

Toda transformación que sustente su ideal en imágenes del pasado, de lo ya ocurrido, de lo ido, estará condenada al fracaso, sea éste inmediato o mediato. Una transformación democrática sólo es posible en el tejido del cambio que vislumbre un futuro en libertad y construya un espacio socio-histórico donde los antagonismos se puedan superar en su potencia plural y antiautoritaria. Bajo esta figura, una democracia debe mantener claridad y acción prospectiva para romper con los autoritarismos, totalitarismos, centralismos y tendencia represiva burocrática, manteniendo el espíritu de permanente revolución en el sentido de ser capaz de caminar siempre observando las condiciones históricamente dadas para mantener los equilibrios que eviten la polarización social, terreno de toda discordia y retroceso social.

Desde luego, no se trata de la anulación de la lucha de clases, sino de sostener y evolucionar instituciones de no dominación política. Cuando la democracia mantiene la postura inquebrantable de oposición a la tendencia totalizante que emana de la demencia autoritaria, de la actitud intolerante frente a la pluralidad y del narcicismo obtuso que no reconoce la multiplicidad social, entonces la democracia adquiere estatus de revolución permanente y constituye su fuerza en la movilidad de la diversidad ciudadana como singular colectivo. Una real democracia, señaló Leonardo Lefort, es aquella que se abre hacia la novedad y al permanente desequilibrio creador; es decir, que, a la vez de ser ruptura con formas del pasado obsoletas, es apertura hacia formas futuras que emanan del constante cambio que impele considerar las condiciones históricas en época de incertidumbre para redefinir la libertad en el ejercicio de la voluntad colectiva ciudadana. Modernidad en cada época debe significar, también, modernidad de la democracia.



Cuando un régimen político cae en la tendencia suspirante de un pasado como manipulación simbólica de supuesta democracia, eso es regresión conservadora; cuando demagógicamente se sustenta la idea de pueblo encarnado en la figura del gobernante, eso es deificación monárquica; cuando el poder del gobierno se ejerce desde la persona, eso es tiranía; cuando se quiere moldear la opinión pública desde una sola voz, eso es represión de la pluralidad pensante; cuando se tuerce la ley para ajustarla al interés de dominación, eso es dictadura; cuando se utiliza a las instituciones para reprimir, eso es autoritarismo; cuando sistemáticamente se afirma algo sin sustento en datos de la realidad, eso es mentir y mentir metódicamente es reflejo del subconsciente manipulador.

En fin, cuando un gobierno es antidemocrático y visiblemente absolutista, la actitud ante el colectivo ciudadano que proclama democracia, siempre será la de descalificar sus propuestas, de minusvalorar su fortaleza, de señalarla como enemiga del “pueblo” y de todo adjetivo que devenga a la mente del aspirante a tirano. Por eso es importante que, como ciudadanos, como colectivos singulares civiles, sostengamos la permanente lucha para garantizar la continuidad de la democracia y su horizonte futuro de libertad y legitimación política. No olvidemos la enseñanza de Sócrates quien insistió que el olvido del ciudadano de sí abre las puertas a la tiranía.