El arte de la política, tal cual lo explica Aristóteles, es la forma de organizar a la sociedad mediante normas y reglas que buscan el bien común y la virtud normativa. Entiéndase como bien común, el conjunto de relaciones sociales, políticas, económicas, culturales que son fundamentales para que personas y conjuntos sociales desarrollen con plenitud la vida y se logre alcanzar la realización humana bajo condiciones de libertad, justicia, equidad y confraternidad social. No se trata de beneficios de grupo, cofradías o partidos políticos, sino del bien de la sociedad en general. De ahí la necesaria virtud normativa que radica en la inclinación a forjar el bien en lo que debe ser: justicia, honestidad y prudencia, y de ninguna manera una actitud protectora o cómplice de la maledicencia, ambición y engaño que caracteriza toda conducta corrupta.
Sin embargo, la explicación aristotélica de la política se encuentra en descredito. Si bien en diversos momentos de la historia se observa, en los contextos de cada nación, etapas de respeto al hacer político orientado al bien común y con un soporte en normas claramente establecidas, hay otros donde este hacer se aleja y vuelca contrario al bien común para favorecer solo el bien de unos cuantos agrupados en cofradías políticas.
Pero también han ocurrido otras etapas caracterizadas por turbulencia social y política resultado del hartazgo social que emerge, sobre todo, por el comportamiento corrupto de quienes han hecho de la política un
modus vivendi y no un servicio para el bien común. Massimo Recalcati (
Los tabúes del Mundo, 2022), psicoanalista y divulgador cultural, sostiene que la corrupción de los políticos posee raíz en la pulsión que busca rápida satisfacción a sus carencias.
Privaciones como la falta de seguridad afectiva por rechazo emocional o afecto condicionado provoca la necesidad de llamar la atención mediante actitudes de poder o posesiones; la baja autoestima que se deriva de la desvalorización reiterada impulsa al individuo hacia la búsqueda de dominio, cual sustituto de aprobación; una identidad no consolidada donde la percepción de quién soy depende de lo que quieren los demás, desemboca en vanidad o sentimientos de frustración que terminan en ira y resentimiento, por lo que la persona trata de satisfacer sus deseos de forma inmediata.
Personalidades con problemas de esta naturaleza, cuando asumen el poder buscan suprimir todo aquellos que limite su deseo de satisfacción. Se vuelven, en primera instancia, antinstitucionales porque toda institucionalización actúa como un límite ante todo aquello que va contra el bien común y las normas. Pero, sobre todo, ese tipo de personas evita el núcleo del arte de la política que es la mediación en aras del bien común y rechaza el diálogo para resolver los conflictos. Sin embargo, torna su conducta hacia la creación de condiciones favorables a su cinismo e impone patrones orientados a la imposición de situaciones que faciliten su deseo compulsivo. De ahí una de las causas fundadas de la multiplicación y acentuación de la corrupción en política, aunque, claro está, no es la única.
Otro elemento del descredito de la política, es, por ejemplo, la intervención en la forma de informar o desinformar, según sea el caso. Mediante el recurso de la voz única centrada en un espacio convertido en recinto del dato supremo, cual si fuera podio de señera consigna. A partir de ese sitio, quien ostenta poder se erige como mensajero supremo y proyecta sus deseos para que otros los persigan, intenta imponer criterios que no son los de la mediación sino los de la desacreditación, trata de convencer que la diferencia debe ser anulada y extinguir el disentimiento en nombre de la coincidencia entre el yo y el pueblo, por mucho que se diga del derecho de réplica. Esta demagogia populista, porque no es otra cosa que eso, sostiene un formato unidireccional donde el poder le habla al ciudadano, y no a la inversa.
El lenguaje, tanto hablado como corporal, es de descrédito del Otro, de desprecio y burla. No existe comunicación dialógica y su diseño evita el concierto de la pluralidad al ser hegemónico y particular al poder. Por eso “el populismo -señala Recalcati – odia los matices, el análisis sutil, la complejidad, lo contradictorio, a los intelectuales, el pensamiento crítico, el desorden que acompaña fatalmente la vida de la ciudad”.
El populista (de izquierda o de derecha, siempre a un paso del autoritarismo) destruye al arte de la política porque su sueño paranoico le incita a imponer su Orden, su autoridad, por eso busca, trata, lucha por destruir la representación popular, la vida de las polis, la pluralidad de opiniones, borrar del mapa a los partidos políticos, de sancionar la libre expresión y acotar la asociación que favorece el diálogo público. No le gusta la democracia porque la democracia favorece la pluralidad y el pluralismo, la autonomía de órganos institucionales, la construcción colaborativa del bien común y el acotamiento a toda pretensión de poder único. Pero, sobre todo, detesta el pensamiento crítico que es reflexivo, analítico e indagador de la verdad porque este parte de los problemas sociales, económicos y políticos reales y al resaltarlos, al señalarlos, desenmascara el discurso simplificador de opuestos al que todo populista recurre: “nosotros contra los otros”, “los patriotas contra los enemigos”, “yo el pueblo contra las élites”, etcétera, etcétera. Observen y reflexionen.