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Universidad Anahuac

Sección: Estado de Veracruz

¡Doña Meche: Venimos por nuestra Calavera!

Jorge Salazar Garca 31/10/2022

alcalorpolitico.com


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Cuando era un niño de 6 años fui llevado de regreso al pueblo donde fue sepultado mi ombligo. Es un lugar hermoso rodeado de montañas verdes pertenecientes a la Sierra de Chiconquiaco, Veracruz. Aunque como municipio fue constituido en 1881, los primeros pobladores, de origen totonaco ya estaban ahí desde mucho antes de la conquista. Su primer nombre oficial fue San Antonio Tepetlán; pero, en 1932, siendo gobernador Gonzalo Vázquez Vela y Pascual Ortiz Rubio presidente de México, se eliminó el “San Antonio”, quedando con su bello nombre Totonaco “Tepetlán” que significa “Lugar de Cerros”.

Mi abuelita materna, Barbarita, que vivió hasta los 100 años, venía a Xalapa a entregar huevos, servilletas bordadas y chiles en vinagre a sus marchantes. Terminada su tarea visitaba a mi madre quien ya tenía 5 años de vivir en esta capital con sus 5 hijos. En una de esas ocasiones, no supe por qué, la abuela me llevó consigo al pueblo. Sorprendido, enojado y huraño llegué a la casa de los abuelos. Esta se componía de dos piezas con piso de tierra y techo de teja; la delantera servía de sala, troje y dormitorio, estaba precedida por un corredor al cual se accedía por 3 o 4 escalones de piedra. En la habitación trasera había un gran brasero y unas tablas que servían de comedor. Naturalmente, a esa edad todo me pareció enorme, sobre todo la altura del techo. Ya pardeando la tarde conocí a mi abuelito Juan; me sorprendió ver que la faltaba la pierna derecha desde la rodilla, pero actuaba como si no, pues era infatigable. Por la mañana, afilaba herramientas y soldaba con estaño utilizando una fragua a la que alguna vez le moví el fuelle. Después de mediodía vendía cacahuates tostados, coco, palanquetas y pepitoria elaborados por la abuela. Su primogénita, Irene, al conseguir un trabajo en la Ciudad de México, les dejó encargadas a sus dos hijas. Eran mis primas Chata y Lourdes; ambas, pre adolescentes, me recibieron con mucho cariño; y “chiqueo”, habría que agregar.

Recuerdo haber visto mucho movimiento en el pueblo durante esos días. La gente iba y venía por las callejuelas de terracería. En la casa, todos circulaban por adelante y detrás de mí dejándome en el centro girando como pirinola descontrolada. Bueno, es un decir; el hecho es que fui ignorado una “eternidad” de minutos hasta que el abuelo abrió totalmente las dos puertas de entrada, vació mazorcas sobre una lona colocada en el suelo, se sentó, se aflojó su pata de palo y nos llamó para desgranar maíz. Nos sentamos todos alrededor de aquel montículo, lo cual me pareció divertido. Entre ellos, las risas y comentarios fluían igual que los sagrados granos. No sé si logré desgranar siquiera una mazorca porque cuando un grano resistía mi fuerza aferrándose al olote se la daba a mis primas para que lo hicieran por mí.



En esas estábamos cuando, de pronto, una ráfaga de viento entró a la habitación haciendo remolinillos con el polvo, pelos de elote y pedacitos de hojas secas que encontraba a su paso. Generalmente, de niño, uno juega con estos pequeños torbellinos: correr tras ellos y desbaratarlos es muy divertido. El abuelo, al notar mi curiosidad, comentó que era viento de Todos Santos y que “los muertitos estaban llegando”. Por supuesto, de eso no sabía nada, pero como en Xalapa la palomilla se reunía casi en la penumbra para contar cuentos de fantasmas y panteones, la alusión a los muertos casi saco mis ojos de sus órbitas y asustado le pregunté al abuelo sobre esa presencia que yo no percibía.

-Mira, mijo- me contestó-cuando la gente muere su alma se separa del cadáver antes de ser enterrado. Su cuerpo alimenta la tierra y su espíritu vive para siempre. Mis padres me enseñaron que en los meses de octubre y noviembre sus espíritus nos visitan; nos los vemos, pero los sentimos.

Aunque no entendí nada sobre almas, espíritus ni cadáveres la respuesta me tranquilizó temporalmente.



El desgrane terminó a mediodía. Después de comer el abuelo salió a la finca trasera; trajo ramas, palos, carrizos y al entrar ordenó:

-Apúrense niñas, vayan por la ofrenda y regresen pronto para ayudarme a poner el altar.

Y ¿ahora qué es eso de la ofrenda? me pregunté. Las primas tomaron sendas canastas (para mí enormes), me pidieron ir con ellas y salimos. Al llegar a la primera casa llamaron:



- ¡Doña meche, venimos por nuestra calavera!

- Si, niñas, espérenme tantito- respondió la señora. Luego regresó con varios tamales que depositó en una canasta. No vi que mis primas pagaran, simplemente dijeron “gracias” y se dirigieron a la siguiente casa. La operación se repitió a lo largo de la calle. Todas las familias, hasta en la casa más humilde, algo nos compartieron. Al terminar el recorrido, las canastas, como cuernos de la abundancia, rebozaban de frutas, tamales de dulce, pipián, frijol y chile; pedazos de jamoncillo, dulce de cacahuate y panes con figura de personas. Con la boca hecha agua igual que mis neuronas, esperaba ansioso me dieran algo más que probaditas de lo recolectado; pero no sucedió.

Cuando regresamos, los abuelos ya casi tenían armado un altar: era dos arcos, amarrados delante y detrás de las tablas que servían de mesa. Les ayudamos a decorarlo con flores amarillas, canastitas de cartón adornadas con papel de china, cadenas y figuras de calaveras caladas del mismo material. No creo haber sido de mucha ayuda pero ellos me hicieron sentir lo contrario.



Después de recoger el tiradero y barrer, procedieron a colocar sobre la mesa veladoras y retratos de personas para mi desconocidas; acomodaron la ofrenda recolectada junto a los alimentos que la abuela había preparado. Prendieron las veladoras, el quinqué (no había luz eléctrica) y nos fuimos a cenar. Lo extraño es que de la ofrenda, rebosante de manjares, no tomaron nada. Antes de acostarnos, mientras las mujeres rezaban ante el altar, el abuelo, observando mis ojos saltando de la natilla al chocolate y al pan de huevo que olía delicioso, a modo de advertencia pícara, me dijo susurrando:

-Mijo, la ofrenda es para los muertitos (señalando las fotos) que vienen hoy en la noche.

Si alguna esperanza albergaron mis deseos antojadizos, en ese instante se diluyó por mi temor a los muertos. Me acosté un tanto frustrado, de lado y casi tocando la fría pared con mis narices. Pero el sueño, que en tiempos normales llegaba pronto, se alejó sin decir “luego vengo”. Apagaron el quinqué y la penumbra se desparramó por todo el cuarto, igual que el tsunami de mis emociones. Poco a poco me fui adaptando a la oscuridad hasta lograr percibir las sombras reflejadas en el techo y paredes. Mi desbordada imaginación y el movimiento de los pabilos de las veladoras les daban formas fantasmagóricas. Con el corazón acelerado y los ojos desorbitados veía rostros y siluetas por doquier. Confundido y aterrorizado no pude ni gritarle al abuelo. Paralizado, me refugié en el lugar más seguro e inexpugnable que a esa edad se encuentra: debajo de las cobijas. Me despertaron a la mañana siguiente hecho un tamal envuelto en trapos. Abandoné mi posición fetal, me levanté y vi que la ofrenda seguía en el altar.



¡Qué noche, esa noche!

Volvimos a la rutina, fuimos a desayunar y, llámele usted sugestión pero al ver que algunos alimentos fueron tomados del altar, temí ingerirlos. El hambre y la confianza con que los demás los comían abatieron mis remilgos. Sin embargo, puedo jurar que no tenían sabor o estaba sensiblemente disminuido. Me explicaron que los muertitos, agradecidos, sólo toman parte del sabor de los alimentos dejando el resto para quienes los siguen recordando en los Días de Muertos.

Muchos años después comprendí los significados profundamente humanos de esta tradición única en el mundo que une a los mexicanos en torno a los valores universales del respeto, el amor, la gratitud y la solidaridad.



Esa costumbre de “pedir calaveras” hacía posible que, sin importar la abundancia de unos y la pobreza de otros, todos compartieran algo para ofrecer una digna ofrenda al espíritu de su muerto. Lamentablemente, esa bellísima tradición de “ir por nuestra calaverita”, se ha ido convirtiendo en un chantaje infantil, auspiciado desde la vertiente comercial. Ya no solicitan para nadie más sino para sí mismos exigiendo dulces a cambio de no hacer travesuras. Increíblemente, los padres no se percatan del daño que hacen a sus hijos permitiéndoles que disfrazados de brujas, zombis… utilicen la amenaza para extorsionar dulces chatarra o dinero a sus vecinos.

Sería bueno que en vez de disfrazar a los niños de zombis, brujas, etcétera, los caracterizaran de calaveras, y en lugar de fomentar su egoísmo se reforzara su tendencia natural a compartir pidiendo para sus calaveras.