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Sección: Estado de Veracruz

Dr. Boris Jr aún lleva la lucha libre en la sangre, como un tatuaje en la piel, alma y corazón

- Está retirado pero perteneció a una de las dinastías xalapeñas más reconocidas en el arte del pancracio

- Con unos 20 años sobre el ring, afirma que la lucha no fue un negocio, sino un amor heredado

Julián Rodríguez Xalapa, Ver. 10/10/2026

alcalorpolitico.com


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Cuando el Dr. Boris Jr. Perdió la máscara no hubo dolor, ni tristeza, ni llanto. Al contrario, se sintió liberado, se despojó de un compromiso que nunca quiso desde que se inició en el arte del Pancracio.

Por eso no le importó revelar su identidad y mucho menos perderla ante uno de sus propios hermanos: el As del Espacio. Lejos de afectarle, sintió un alivio indescriptible. “Sinceramente no me gustaba mucho tener máscara. Me sentí mucho más libre cuando la perdí”, afirmó.

Actualmente, el Dr. Boris, cuyo nombre de pila es Pedro Martínez Conchi, está retirado de los encordados y atiende un taller donde elabora marcos y cuadros de madera, oficio que aprendió desde muy joven para ganarse el sustento que lo ha sacado adelante junto a su familia.

En su establecimiento de la calle Clavijero, el gladiador asegura que la lucha libre la lleva en la sangre, como un estigma, una herencia, una huella que por más que intente no puede borrar. Es como un tatuaje que no sólo lleva en la piel, sino en el alma y en el corazón.

Al pertenecer a una de las dinastías más reconocidas de la lucha libre xalapeña, su compromiso es mayor. “Fue por familia, porque mi papá lo fue y mis tíos también. Veníamos a ver las luchas y ahí empezó todo. Siempre fue algo que quise, que me llenaba, pero francamente no era por la paga, pues apenas alcanzaba para un refresco. Lo que nos motivaba era ver la Arena Xalapa llena”, recuerda.

El Dr. Boris es descendiente de un linaje de grandes exponentes de este deporte espectáculo, como el Gorila Infernal, el Caballero Negro, Rey Pantera, Caballero Ninja y As del Espacio, siendo este último quien una noche reveló su identidad.

Con 55 años de edad y cerca de 20 sobre el ring, su historia es similar a la de muchos luchadores de provincia, aunque subraya que la lucha no fue un negocio, sino un amor heredado.

Confesó que inició como enmascarado bajo el nombre de El Felino, pero al existir otro personaje con el mismo mote en la Ciudad de México adoptó el de Felino Xalapeño, para finalmente tomar el de su padre, con el que el público local terminó por identificarlo.

Se definió como un luchador rudo, aguerrido y combativo, sobre todo porque disfrutaba provocar al público. “Me gustaba ser rudo, que se enojara la gente. Me decían de todo arriba, pero abajo, en la calle, me saludaban con respeto. Eso quería decir que hacía bien las cosas”, expuso.

Tuvo muchas rivalidades, pero acepta que los mejores “agarrones” los protagonizó con integrantes de su propia familia, aunque también alternó en funciones con ídolos nacionales como Súper Astro, El Matemático y Los Apache.

Las lesiones no fueron la excepción, dejando en claro que es falsa la creencia de que la lucha libre es circo, maroma y teatro, pues los golpes que dan y reciben son reales. “Aquí hay disciplina, yo entrenaba varias horas al día, lo que me permitió conservarme hasta hoy. Pero no creas, me quedaron secuelas: un codo zafado, clavícula fracturada y rodillas muy lastimadas. Dicen que es falso, pero los golpes no lo son, las lesiones nunca fueron mentira. En el ring era rivalidad y te dabas a morir, pero afuera ya éramos compañeros”, comentó.

Mientras otros soñaban con vivir de la lucha, Pedro encontró su sustento en otro oficio que también es arte: ser “marquero”, ya que desde los 14 años trabaja en la calle Clavijero, en el local de Hiraclys Fenerly, leyenda xalapeña y promotor del pancracio. “Desde hace 41 años en este oficio hago marcos para fotos, diplomas y pinturas con madera y poliuretano”, precisó. “Desde que empecé me gustó el trabajo, tratar con la gente. Es como la lucha, lo haces con amor y no te cuesta”, añadió.

Su trabajo fue la razón por la que se fue alejando del ring. La última lucha que realizó fue hace 3 o 4 años, en un homenaje a su hermano Rey Pantera en el barrio de San Bruno y, aunque lo siguen invitando a regresar, el taller lo absorbe todo el día.

Afirma que adentrarse en este mundo de magia y color tiene su grado de dificultad. “No es fácil ser luchador, se necesita más que agallas y coraje. Ganas, talento y amor a lo que haces, si no tienes eso, a la primera lesión ya no regresas”, expresó.

El Dr. Boris Jr. Se define simplemente como un trabajador, padre de familia, feliz con lo que le tocó vivir. “Si volviera a nacer, sería el mismo. No cambiaría nada. Bueno o malo, para mí siempre ha sido lo mejor. Soy muy feliz y agradezco a Dios por estar todavía aquí para platicarlo”.

La vida del Dr. Boris Jr. No cabe en un libro, porque es tan extensa que no alcanzarían las páginas para plasmar todas sus vivencias. Sin embargo, el hombre que dividió su existencia entre 2 cuadriláteros, el de las 12 cuerdas y el del taller, supo ganarse el respeto de una afición que reconoció su calidad y entrega, y que lo considera uno de los últimos ídolos que pisaron la catedral de la lucha libre xalapeña.

Hoy, entre aserrín, madera y recuerdos colgados en las paredes de su taller de Clavijero, Pedro Martínez Conchi seguirá siendo el mismo: un luchador rudo en el ring, pero noble en la vida.

Es por eso que al Dr. Boris Jr., cuyo destino no era otro más que ser luchador, ya no le hace falta máscara para ser reconocido, porque su nombre, su historia y su legado quedaron tatuados para siempre en una ciudad donde la lucha libre es más que cultura y tradición.