Estructura múltiple que caracteriza a este tiempo histórico del primer cuarto del siglo XXI, es la llamada economía del conocimiento, etapa del capitalismo que se identifica porque el conocimiento científico, la innovación tecnológica y la energía son los factores que determinan producción y creación de valor; factores que involucran seis elementos relacionales: la educación como pieza clave en la formación de recursos humanos requeridos para la generación de conocimientos, la investigación científica básica y fundamental, la innovación tecnológica que se refleja en los constantes avances que se observan en diferentes sectores, el espíritu de creatividad que está vinculado al continuo proceso de aprender, el capital cognitivo constituido por el trabajador del conocimiento y las instituciones que producen conocimientos y avances tecnológicos, a la par de ser formadoras del cognitariado. Estos elementos poseen como premisa fundamental el factor productivo en el que los sujetos centrales son el trabajador cognitivo llamado cognitariado porque el conocimiento es su fuerza productiva central, el investigador generador de saber y el innovador tecnológico, los tres situados sobre la base humanística de la educación centrada en la formación para la generación de conocimiento, el aliento a la curiosidad creativa y el manejo de la tecnología como medio, más no el fin, que facilita los procesos investigativos y creadores.
Procesos que descansan en los rasgos esenciales de la también llamada economía digital que es resultado de la economía del conocimiento, rostro visible del capitalismo global y unidimensional. Sus rasgos que la caracterizan interrelacionan la elaboración de algoritmos con fines específicos o generales que son creados por el cognitariado y constituyen el alma de la inteligencia artificial, la existencia de plataformas digitales con programas cuya minería digital facilita la circulación, manejo, uso y aplicación de datos, la automatización de los procesos productivos y de servicios, la infraestructura global de cómputo e internet, todo lo cual requiere de un enorme consumo de energía para funcionar y movilizar toda la economía del conocimiento y digital. Si bien la economía digital emerge de la del conocimiento, no existe una línea divisoria ni separación entre ellas. Ambas se complementan e influyen entre sí porque son de la misma esencia del capitalismo, a la vez que se distinguen por sus especificidades relacionales que parecieran colocarlas en un plano de contradicción. Por ejemplo, mientras que la economía del conocimiento posee como fin la generación de saber, la economía digital vive del consumo de datos que devienen de fuentes tan diversas como las costumbres de la vida cotidiana de las personas, o conocimientos científicos, o acontecimientos del día a día, etcétera.
Datos que son retomados, usados y difundidos mediante plataformas digitales y programas de inteligencia artificial para aprovechar el valor intrínseco que poseen y que, en forma general o particular, se utilizan con diferentes fines y variadas condiciones, según el beneficio que busca el usuario o la reconducción inducida por la propia dinámica digital. En este sentido, el uso de plataformas y redes digitales está dirigido a la captura de valor, no a su generación ni a la producción de nuevos conocimientos, pues la infraestructura digital se maneja como herramienta de poder mediático, mercantil, promotor de la moda, propiciador de opiniones no siempre sustentadas en la realidad y con fundamento veraz, búsqueda de notoriedad personal con escalabilidad y efectos diversos en la red digital. Como mencionamos, ambas economías son complementarias, pues la digital se deriva del conocimiento que determina, en última instancia, el avance tecnológico y cognitivo específico y general. Sin embargo, existe una paradoja que las opone en la lógica de su proceder. La economía del conocimiento utiliza lo digital como un medio para propiciar condiciones que faciliten la generación de conocimiento y mejores procesos educativos; en cambio, la digital usa datos y algoritmos contenidos en las plataformas para emplear el dato como elemento de consumo, más no como materia prima para propiciar nuevo saber, por lo que la persona es un usuario-dato y no un cognitariado.
Estos aspectos han provocado una terrible confusión acentuada por el espejismo de que la IA y la empleabilidad de datos mediante las plataformas existentes, es el objetivo central en la obtención de información elaborada y estructurada, y que ésta puede propiciar procesos educativos. Nada más equivoco y fantasioso, pues el consumo indiscriminado de datos que se asumen tal cual se presentan, se repiten sin cuestionar y son usados como supuesto saber, no provoca dinámicas de aprendizaje porque en ese proceso se carece del despertar de la consciencia crítica, fundamental para revolucionar la reflexión analítica, creativa y pensar relacionalmente la información sin asumirla como contundente. Lo que en realidad provoca con graves consecuencias educativas es la obstrucción de la curiosidad, motor en la búsqueda de nuevo saber, cercenando el pensamiento reflexivo al enajenar la mente crítica. De igual forma socava la autonomía de la persona para aprender, porque al bloquear la capacidad cognitiva del sujeto aprendiente, éste se auto abandona a la pasividad quedando reducido a un mero destinatario de datos que consumirá sin reflexionar. Al terminar como usuario-dato modelado por lo digital, se precariza cognitivamente y asume el rol inconsciente de sujeto conformado por el sistema digital. En este caso, la existencia digital se eleva como nueva forma de control unidimensional en donde el sujeto no existe como persona sino como objeto, como cosa consagrada por el algoritmo que le reduce al patrón conductual homogéneo impuesto por la economía digital, donde las decisiones de las personas no fluyen desde su autonomía, consciencia, voluntad y acciones, sino que se manifiestan a partir del plan que le dictan los algoritmos que enajenan la mente al conformarla de acuerdo al diseño trasado por la IA, perdiéndose la habilidad de ingenio y condenado al ser a la pérdida de su libertad.