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Sección: Estado de Veracruz

Libertas

Educar en libertad para la libertad

Jos? Manuel Velasco Toro 19/04/2018

alcalorpolitico.com

Es creencia que aprender significa memorizar aquello que se debe saber, cuando no necesariamente es así. Ya Michel de Montaigne aseveró en uno de sus ensayos: “Saber de memoria es no saber”. Como también, yo agrego, “informar no es formar”. En este sentido, la tradición escolar ha girado en torno a la transmisión de información, previamente seleccionada, para que el educando la memorice y la repita, bajo la tautología de que en ello radica el aprender; acto que en realidad limita el desarrollo educativo y constituye un proceso contrario a la libertad de la persona que aprende, pese a que en la doctrina jurídica está asentado el principio de libre pensamiento y expresión.

El alumno, pero también el profesor, están sujetos, o mejor dicho atrapados, en un código preestablecido que dicta el qué y el cómo se enseña para que se aprenda. Y lo que es peor, que ordena la sujeción a la acción machacante de la memoria repetidora y a la guillotina de la evaluación cuantitativa.

Este esquema escolar nació en el siglo XVII con la revolución industrial y ha funcionado durante prácticamente trescientos años, simplemente porque surgió y fue acorde con las condiciones sociales y económicas que lo crearon; esto es, formar personas para un contexto laboral que sólo requería de habilidades manuales y conocimientos especializados. La estructura derivada fue la escuela y la función educativa asignada: escolarizar a la sociedad.



Sin embargo, las condiciones sociales y económicas que crearon y diseñaron el esquema clásico de enseñanza-aprendizaje, y por tanto las oportunidades de empleo y desarrollo social a las que nos acostumbramos, ahora ya no son las mismas, ni lo serán en el futuro cercano.

La Sociedad del Conocimiento, que al igual que la revolución industrial irrumpió en la vida transformando las relaciones económicas, sociales, culturales, políticas y, desde luego laborales, también está transformando el entorno social, económico y cultural, pero sobre todo, la dinámica productiva que sustenta su avance en el conocimiento y en la habilidad creativa de las personas para generar nuevo conocimiento, relacionar ese conocimiento para desarrollar nuevas tecnologías y expandir la habilidad innovadora en diversos ámbitos: científico, técnico, social, cultural, educativo, financiero, organizacional, comercial, político y demás en los que la imaginación creativa pueda darse con libertad.

Y aquí volvemos a nuestro interés inicial: la libertad en el hacer educativo. El concepto Libertad viene del latín libertas, esto es la facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, por lo que es responsable de sus actos. Libertad y responsabilidad van de la mano, así de simple. Pues bien, resulta que en el actual esquema escolar la libertad no existe, como tampoco la responsabilidad consciente derivada de mi propia actuación; pero sí existe la “responsabilidad” impuesta que es planificada por quienes deciden qué debo aprender, qué estoy obligado a hacer y cómo debo responder a lo que se supone debí haber aprendido.



La libertad de pensar, de crear, de reflexionar, de elegir y de encontrar sentido a la vida a la que tiene derecho todo escolar, es reducida, prácticamente pulverizada por el mito del rigor de la memorización, lo que convierte el acto educativo en una pedagogía del “dolor”, de “terrorismo” mental que en su momento practicó la máxima de “la letra con sangre entra”, y que continúa bajo nuevo ropaje soterrado en la evaluación: “si no repites lo que te enseñé, repruebas”.

Ese esquema bajo el cual nos formamos, y desafortunadamente se sigue formando a miles, millones de niñas, niños y jóvenes, es contrario a la “facultad natural” que posee el ser humano para “obrar de una manera o de otra”. ¿Por qué? Porque la enseñanza-aprendizaje al ejercitarse de modo mecánico y jerárquico, bloquea el desarrollo del pensamiento autónomo y creativo, reflexivo y responsable, curioso y deseoso de saber, imaginativo y prospectivo de proyecto de vida. Bien lo dijo Jean-Jacques Rousseau: “Muchos se atienen a lo que los hombres deben saber, sin considerar lo que los discípulos están en condiciones de aprender”. Al ser inmovilizado el pensamiento autónomo del alumno, se coarta la espontaneidad y la capacidad de elegir, de pensar por sí mismo, de actuar y de crear, lo que propicia una especie de acinesia mental presente en la actitud social.

El neurobiólogo Humberto Maturana ha demostrado que la vida es un continuo aprendizaje en la convivencia. Y en este sentido, el educar debe recobrar el sentido primigenio de su raíz etimológica, educare, que significa desarrollar, llevar hacia fuera lo que está en germen, realizar lo que sólo existe en potencia.



La educación debe consistir en propiciar espacios cognitivos y afectivos para formar personas como seres creativos en correspondencia con su autonomía y singularidad individual. Debe hacerlos crecer en inteligencia no sólo para desarrollar la capacidad de resolución de problemas y creación de soluciones, sino también para participar en la construcción de dominios de consenso y colaboración social y cultural.

Pero, sobre todo, algo que Enrique C. Rébsamen siempre recomendó a los estudiantes normalistas: “respetar la individualidad del niño”. En palabras actuales: respetar la autonomía del aprendiente y mediar el cultivo de su inteligencia para pensar en libertad respetando el derecho de opinar, de equivocarse para reflexionar, de corregir para avanzar y de aplicar el conocimiento para la comprensión de la realidad.

La Sociedad del Conocimiento, y por ende, la economía del conocimiento que está delineando el nuevo y futuro mercado laboral, ahora exige una educación diametralmente opuesta a la clásica enseñanza-aprendizaje, pues hoy se requiere, por el constante cambio en el conocimiento y la aplicación tecnológica, de personas que tengan autonomía para aprender en el aprender a lo largo de la vida, que se comuniquen de manera adecuada y clara, que desarrollen la capacidad de pensamiento lógico-matemático, que posean habilidad para el trabajo colaborativo, que cultiven el sentido humanístico y ético, que tengan responsabilidad planetaria y comprensión multicultural, que emanen de una cultura de equidad y hablen una segunda lengua.



Estas son habilidades intelectuales y operativas indispensables para laborar en un mundo que exige de conocimiento y manejo tecnológico en constante cambio. Sin embargo, esto no se logrará si no existe una real voluntad social y política de cambiar los esquemas educativos (y la mentalidad escolarizada), para abrir a la educación hacia la libertad y el derecho que tiene el aprendiente de cultivar la inteligencia, el conocimiento, el talento y las habilidades propias en un sentido integral.

Temas, mejor dicho, aspectos relacionales que habremos de ir retomando en contribuciones futuras. Basta por ahora cerrar esta reflexión con palabras de Ernesto Sábato: “cada vez en cada espíritu, como inventor y partícipe de la historia milenaria. No información sino formación”.

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