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Universidad Anahuac

Sección: Estado de Veracruz

Libertas

El alma hacia el más allá

Jos Manuel Velasco Toro 03/11/2022

alcalorpolitico.com

En todas las sociedades, desde la antigüedad hasta el día de hoy, existe la idea de trascender la vida más allá de la muerte. La temporalidad de la vida hace que el ser humano se resista a aceptar la muerte como el fin de su vivir. Simbólicamente ha buscado la continuidad, como lo es en el linaje familiar, en sus obras, pero sobre todo en la idea de la inmortalidad de su propio ser que cree ha sido concebido como esencia dual formada por el alma y el cuerpo.

La idea del alma, como parte inmortal, está presente en todas las culturas de todos los tiempos. En Grecia, Egipto, entre los hebreos, cristianos, musulmanes, en la India, el alma es concebida como ser espiritual con cualidades de infinitud o como energía cósmica que habita en el ser humano, pero siempre separable de la persona, del cuerpo, al momento de morir. Se cree que, al desprenderse del cuerpo, el alma tiene un destino, un lugar hacia donde se dirige. El inframundo o el cielo, el infierno o el paraíso, la reencarnación o el Nirvana. Y asociado a la idea del más allá, se encuentra el sentido del bien y del mal, del castigo o del premio, de la felicidad o el sufrimiento. Es mediante la idea de la salvación que los seres humanos piensan en la oportunidad de inmortalizarse.

La idea de la muerte y de algo interior en el individuo que continúa viviendo, no fue ajena a las culturas mesoamericanas. En el mundo náhuatl, por ejemplo, al igual que la cultura judeocristiana, existe la idea de la dualidad de la vida. En el pensamiento náhuatl está presente la concepción de una parte mortal, el cuerpo que regresa a la Madre Tierra y será su alimento a fin de que pueda continuar dando vida, y otra inmortal: teyolía o yolo, entidad anímica que viaja hacia diversos lugares donde pervivirá después de la muerte. En las culturas mesoamericanas no existía la idea de premio o castigo, de sufrimiento o gozo, sino simplemente de un retorno a la vida, a un renacer en el espacio de los dioses.



De ahí que para las culturas mesoamericanas la muerte no significaba angustia o terror, sino la liberación del sufrimiento y dolor que significaba vivir en este mundo. En cambio, para la cultura judeocristiana, el morir creaba miedo, angustia, temor porque significa enfrentar el juicio donde se es condenado a vivir la felicidad del cielo o al tormento del fuego eterno del infierno. Sin embargo, en ambas concepciones culturales se encuentran elementos coincidentes sobre la muerte: la idea de la dualidad humana y la inmortalidad de una de sus partes, así como la existencia de lugares a los que va la parte inmortal. La diferencia, en cambio, radica en la cualidad de la dualidad, el lugar al que se va y la condición de la muerte.

Luis-Vincent Thomas en su libro La muerte una lectura cultural (Paidós, 1992), explica que en las culturas existe una pluralidad de formas concebidas de morir, pero en ellas siempre hay un conjunto de elementos relacionados con la duración de la muerte, el valor, la legalidad, lo imaginario y lo simbólico. Aspectos complejos porque implica comprender la cultura, la mentalidad de la sociedad y los rasgos esenciales de la época en cuestión. Pero, por razones de espacio, veamos sólo dos elementos ya mencionados: el acto de morir y el lugar hacia dónde se va. A diferencia del pensamiento occidental que considera que el alma se somete a juicio independientemente de la forma de cómo murió el cuerpo, en el pensamiento mesoamericano la causa de muerte determina el lugar de destino al que irá la teyolía de la persona, la cual transita por diversos lugares.

La causa y forma de morir, nos dice Eduardo Matos Moctezuma (Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales, 2022) en su libro El rostro de la muerte (1987), esos condicionamientos “eran importantes dentro de una sociedad agrícola-guerrera, de ahí que los lugares que se le deparaban estuvieran estrechamente vinculados con esos aspectos económicos que sostenían la estructura prehispánica”. Cuatro eran los lugares de destino: 1) el Tlalocan si moría ahogado o de enfermedad relacionada con el agua; 2) el Mictlán si fallecía de muerte natural; 3) al Sol si moría en la guerra o la mujer durante el parto pues se le consideraba una guerrera por la vida; 4) el Chichihuacuanhco, donde está el árbol nodriza al que iban los niños que moría antes del destete.



La muerte en Mesoamérica no fue concebida como aniquilación, sino como una energía actuante en el cosmos que se sumaba a las deidades y adquiría una función en el universo. Con la evangelización y los subsiguientes procesos sincréticos, esta idea de la muerte se fundió con elementos judeocristianos y la percepción de la muerte, como energía vital, se subsumió en el inconsciente colectivo perviviendo en el ritual de muertos.

De las cuatro formas de morir y el destino, la del Mictlán es, quizás, la más conocida, pues muchos de sus elementos perviven en algunas prácticas necro lúdicas en las naciones indígenas actuales. Fray Bernardino de Sahagún en su Historia General de las Cosas de Nueva España, cuenta que, a la persona, cuando estaba en su lecho de muerte, se le preparaba con estas palabras: “¡Oh hijo! Ya habéis pasado y padecido los trabajos de la vida. Y ya ha sido servido nuestro señor de os llevar, porque no tenemos vida permanente en este mundo y brevemente, como quien se calienta al sol, es nuestra vida (...), y la diosa que se dice Mictecacíhuatl ya os puso por su asiento, porque todos nosotros iremos allá, y aquel lugar es para todos, y en muy ancho (...)”.

Para llegar al Mictlán había que recorrer un largo camino y atravesar distintos sitios: dos sierras que se encuentran una con otra; un camino cuidado por una culebra; otro donde hay un lagarto; ocho páramos o desiertos; ocho collados; el lugar del viento de navaja y un río profundo donde teyolía era ayudada a cruzar por un perro bermejo. El perro, Ce Itzcuintli (1 Perro), estaba asociado al fuego en las culturas nahua, maya y purépecha. El paralelismo cultural donde el perro ayuda al difunto a cruzar un río u otro sitio, puede deberse al hecho de ser un animal de compañía y guía en este mundo.



Dante Alighieri en la Divina Comedia narra la existencia de nueve niveles en los infiernos y también un río que había de cruzar. El perro aparece, aunque aquí su función es distinta, pues el Cancerbero atormenta a los espíritus, mientras que para el mundo mesoamericano es de ayuda. Dante también habla de lluvia, granizo y huracanes, y en la concepción mesoamericana se alude al viento frío de navaja. Paralelismos en su forma, más no en su concepción, pues mientras que para occidente el infierno es un lugar de sufrimiento, para los mesoamericanos el inframundo era el retorno al lugar de donde el humano había surgido y dónde debía brotar nuevamente vida. Uno es lugar de castigo, el otro de reposo.

Al difunto se le preparaba para el éxodo. Se le hablaba y pedía ánimo. Que no dejara de comer y beber durante el viaje. Su cuerpo era vestido con papel amate. Se le derramaba agua sobre su cabeza y se le decía; “esta es de la que gozaste viviendo en el mundo” y con ella había de caminar. Los papeles con lo que era envuelto su cuerpo, tenían, a la vez la función de ser pases para transitar por cada uno de los sitios que debía cruzar hasta llegar al Mictlán. Asimismo, quemaban sus pertenencias para que los protegieran del frío de navaja, así como se sacrificaba un itzcuintli porque, narra Sahagún, “los difuntos nadaban encima del perrillo cuando pasaban un río del Infierno que se nombra Chicunahuapa.

Y en llegando los difuntos ante el diablo que se dice Mictlantecuhtli, ofrecían y presentaban los papeles que llevaban, y manojos de telas y cañas de perfumes, y hilo de algodón, y otro hilo colorado, y una manta y un maxtli y las naguas y camisas”. Cuatro años duraba el viaje al Mictlán, como cuatro años duraba la compañía de los guerreros y mujeres muertas en parto al lado del Sol para, después convertirse en colibríes. Durante esos cuatro años se realizaban rituales y ofrendas para ayudar al difunto a llegar a su destino. La muerte del cuerpo es discontinuidad, la trascendencia del alma es continuidad, ambivalencia compartida en el ser habitual de las culturas.