La historia del doctor Gildardo Meza García comienza aquel día en que, en su natal Tepetlán, una niña le dijo a un grupo de chamacos que el que le bajara el papalote que se le quedó enredado en lo alto de un árbol sería su novio. El “Guarino” quiso ganarles el brinco y se trepó, pero resbaló y al caer se golpeó el estómago, por lo que sus padres lo trasladaron de urgencia a un hospital de esta capital, donde permaneció en observación por un buen tiempo, motivo por el cual su familia decidió radicar en esta ciudad.
Durante 7 meses vivieron en la calle Morelos y después se mudaron a El Dique, el barrio que en ese entonces era un semillero de futbolistas, donde las cascaritas se jugaban en cada esquina, en cada tramo, en cada espacio.
Cursaba sus estudios en la escuela “Ferrer Guardia” cuando el profesor Óscar Moncayo Quiroz, basquetbolista y docente de educación física, lo llevó al Estadio Xalapeño. Tenía 11 años. “Ahí me quedé”, dice al recordar que inició corriendo los mil 500 metros, pero comprendió que lo suyo eran los 800, su prueba predilecta, en la que, pese al dolor, aplicaba la estrategia para controlarlo.
Sin embargo, estando en la secundaria “Sebastián Lerdo de Tejada” (la Federal Uno) sus calificaciones no eran las que sus padres esperaban, por lo que le prohibieron ir a entrenar. “Corría a escondidas, me daba mis mañas, incluso el profesor Jorge Limón Barbosa me enviaba a correr sólo al Cerro de Macuiltépec”, comentó.
Al cumplir 15 años se inscribió en la gloriosa “Artículo Tercero”, donde su nivel comenzó a subir y se volvió competitivo bajo la dirección del profesor Federico Hernández Arvizu, quien le pulió la técnica en 800, mil 500 y hasta en el relevo 4x400.
Con el “Profe” Arvizu, como lo conocían todos en el ámbito atlético, viajó por casi toda la República, pero esa etapa concluyó cuando el “Guarino” llegó a las filas del “Chicles” Antonio Villanueva Osorio, xalapeño de talla internacional, para afinar ritmo y madurez. “Fue una época muy bonita. Me dio mucha experiencia”, recuerda.
Pero uno de sus mejores recuerdos, sino que el más grande, fue en la pista donde encontró al amor de su vida, con quien formaría su hogar y su única familia: Celia Cruz, una joven que a temprana edad ya era campeona nacional, una atleta a la que la naturaleza dotó de una gran velocidad, por lo que se especializó en los 100 y 200 metros, aunque el “Profe” Arvizu la encaminó también al medio fondo en 800 y mil 500 metros.
El romance era inevitable, el destino y la vida misma los unió y juntos formaron una familia. Sus hijos Víctor Hugo Meza Cruz y Yajaira Lisbet Meza Cruz crecieron entre pistas, pero hoy son sus motores junto a sus nietos Isabella Nicole y Hugo Santiago.
La tragedia, lamentablemente, tocó a su puerta, porque su compañera y guerrera de toda una vida vio deteriorarse su salud y murió. “Antes de partir me pidió que no dejara de ir al Centroamericano de Costa Rica, que no fallara, que fuera, aunque ella ya no pudiera acompañarme, y 7 días después de su muerte tomé el avión y competí. Ya no fue una carrera, fue una promesa que tenía que cumplir”, dijo con la voz quebrada por un dolor que nunca se fue.
Su vida transcurría tranquila, entrenando, corriendo, participando y organizando, junto a su amigo Gilberto Galván, el “Diamante Negro”, la tradicional Carrera de El Dique, así como atendiendo, como buen médico egresado de la Universidad Veracruzana, a toda la gente que lo buscaba en su domicilio, pero un día le tocó estar del otro lado.
“A inicios de 2024 me operaron de una hernia umbilical, y poco después me llegó una noticia que nadie quiere recibir. Una sobrina que trabaja con patólogos me llamó, pero yo presentía algo porque era raro que me llamara, así que le dije que me informara lo que tenía y vino el golpe: ‘Cáncer en la glándula parótida izquierda’”, relató.
“La verdad se te viene el mundo abajo. Piensas qué va a ser de tu vida, a dónde te vas a ir, quién te va a cuidar. Mi esposa había fallecido 2 años antes. Mis hijos ya con su familia. Bien difícil que alguien se quiera hacer cargo de ti”, recuerda.
Sus noches se volvieron eternas, dolorosas, inciertas. Su paz estaba quebrantada y ya no hallaba consuelo en nada.
Pero una luz apareció en esa terrible oscuridad. Fue su hermana Rosa María Magdalena Meza García quien le abrió las puertas de su casa. Dudó, pero su papá, quien hoy tiene 93 años, le ordenó que fuera con ella, por lo que aceptó y vivió 3 meses allá. “Bien chida es mi hermana y su esposo”, dice con gratitud.
Y vino la cirugía en 2024, el 2 de diciembre se sometió a ella, luego las radiaciones. “Tuve 35 sesiones de radiación hasta marzo de 2025, pero dejó secuelas en el nervio facial, pérdida de sensibilidad, fatiga extrema y la voz que se me corta cuando me emociono o me canso”, expuso.
Pero nada lo detuvo, lo sostuvo el amor a la pista, a su deporte, a una disciplina constante que, de no ser por ella, ya no estaría en este mundo. “Terminó la radiación un miércoles y el lunes quise correr, pero francamente el cuerpo no respondió y meses después vino otra cirugía, ahora de una hernia inguinal, y 2 meses más de reposo”.
Aferrado, o tal vez necio, el “Guarino” no guardó reposo, desafiando el expediente que le indicaba descanso absoluto, y aún por debajo de la mitad de su capacidad asistió al Sudamericano Máster en Santiago de Chile, donde al cruzar la meta lloró, gritó y abrazó a sus compañeros. “Me sentí campeón olímpico”, confiesa.
Y de ahí en adelante no ha parado. Ha tenido participaciones en Málaga, Toronto y Guatemala, así como su última actuación en el Campeonato Nacional Máster de Guadalajara, donde se adjudicó medallas de oro en los relevos 4x100 y combinado para ubicar a Veracruz en la séptima posición de 31 estados participantes.
El deporte, específicamente el atletismo, es todo para él. “Híjole, para mí ha sido todo, parte de mi vida, me da disciplina, me ayudó a salir adelante en lo físico, en lo mental. El atletismo me dio a mi esposa. Aquí hice mi familia. Todo me ha dado. Te mantiene activo, te mantiene vivo, con ganas”.
Hoy el doctor “Guarino” vive pleno, firme en sus convicciones, en sus decisiones, consciente de sus errores y de sus aciertos, pero sobre todo es un hombre que sabe agradecerle a la vida, a Dios. “Yo siempre dije que Dios nunca me soltó de su mano, es mi Supermán, mi todo”.
Es por eso que el hombre, el doctor, el atleta ya no corre para demostrar que es fuerte, ni por medallas o trofeos, lo hace por 2, por Celia y por él, porque al final del camino, de la meta, su meta, sabe que las carreras que no se ganan en la pista, ni en el tartán ni en las calles, se ganan en la vida, en una constante batalla por la supervivencia.