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Universidad Anahuac

Sección: Va Correo Electrnico

¡El Fuego Nuevo se ha encendido!

Jorge Salazar Garca 02/01/2023

alcalorpolitico.com


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Deléitate, alégrate,
huya tu hastío, no estés triste...**





Durante 300 años España intentó destruir a sangre y fuego la cultura Mexica; después, durante 200 más, Estados Unidos de América, con su cultura chatarra, han hecho lo mismo con la identidad nacional. El neoliberalismo, desde la vertiente educativa y del espectáculo, logró inducir en muchos mexicanos rechazo y hasta vergüenza por lo nuestro. Por fortuna, dada la grandeza de nuestra cultura y la heroica resistencia de los grupos indígenas, el orgullo por lo propio y sentido de pertenencia se recuperan.

Justo es que así sea pues la civilización “Cen Anáhuac” es una de las seis culturas madre que comparte con China, Mesopotamia, India, Egipto y Perú el ser fuente autónoma de sabiduría y conocimientos que posibilitó el desarrollo de civilizaciones posteriores (Historia de México, Guillermo Marín). Igual que aquellas, México creó una explicación para todo. El nacer, crecer, casarse, reproducirse y morir se explicaron con base en la observación de la naturaleza y la meditación espiritual-filosófica. La educación, los oficios, el arte, la guerra, las relaciones sociales, las creencias se fundamentaron en valores y principios propios, adoptados posteriormente por otros pueblos.

Crearon, por ejemplo, ritos destinados al tránsito de una condición o época a otra. Tal es el caso de la celebración del Fuego Nuevo. Era una gran ceremonia, se realizaba cada 52 años (siglo azteca), parte de ella anualmente, cuando coincidían los inicios del calendario solar, (360 más 5 días llamados “nemontemi”), y el “Tonalpohualli”, (sagrado, 260 d.). En ambos, los meses constaban de 20 días (13 y 18 meses respectivamente). A los 52 años se les llamaba “taxiuh molpilia”, que significaba “casi atadura de los años”, “tomar el año o el ramo en la mano”.



En el libro Antigua Historia de México, de José Luis Melgarejo, (1975), describe ese rito como una ceremonia de renovación de casas, templos y palacios: “los vecinos renovaban sus alhajas, trastes, vestidos, braseros, estatuas, ídolos, petates; de manera que todas las cosas que eran menester en casa, eran nuevas”.

Fray Bernardino de Sahagún agrega en México Antiguo que el propósito esencial era renovar el juramento de servir a los dioses y reciclar lo viejo cambiando el fuego mantenido encendido el tiempo anterior. “Todos, chicos y grandes, salían a los campos, a las sementeras y huertos; tocaban con las manos las yerbas y ramos nacidos. Ofrendaban comida, plumas y joyas a los dioses, pidiéndoles buenas cosechas, salud y fortuna. Acabada la ceremonia de los ramos, los padres y madres tomaban a sus hijos pequeños y les estiraban todos los miembros: las manos, los dedos, los brazos, las piernas, los pies, los cuellos, las narices, las orejas creyendo que si no lo hacían no crecerían. Tal cosa la hacía también cada año honrando a Tláloc, Chalchiuhcueye y Huitzilopochtli”.

Gary Jennins en Azteca pormenoriza las actividades desempeñadas en los 5 días (“nemontemi”) llamados aciagos:



“Durante esos cinco días, entre el final del año Uno-Conejo y el comienzo de su sucesor Dos-Caña, había tanto temor como obediencia religiosa haciendo que la gente adoptara una conducta sumisa y silenciosa, literalmente caminaba de puntillas. Todos los sonidos eran acallados, todas las conversaciones eran susurradas, toda risa estaba prohibida. Los ladridos de los perros, los gorgoteos de las aves domésticas, los chillidos de los bebés eran silenciados lo más pronto posible. Los fuegos de los hogares eran apagados durante los días vacíos cuando terminaba un año solar ordinario y todos los demás fuegos eran extinguidos también, incluyendo los de los templos, altares y urnas. Incluso el fuego que estaba sobre la Colina de Huixachi, el único fuego que se había conservado siempre ardiendo, durante los últimos 52 años, aun ese se apagó. Durante esos días no se cocinaba y de todas formas se comía muy poco, y se usaban las hojas del maguey como platos y los dedos como cucharas para comer la comida fría de camotín o atoli que se había preparado previamente. No se viajaba, no se comerciaba ni se llevaba a efecto ninguna clase de negocio, no había reuniones sociales, no se utilizaban joyas o plumas, sólo se usaba el traje sencillo. Nadie, desde el Uey-Tlatoani hasta el más bajo esclavo, hacía nada más que esperar…”.

En el Códice Borbónico se menciona que en el año 1507 se celebró el último “Fuego Nuevo”. La nueva lumbre se prendía en el cerro de Huixachi (Iztapalapa, cerro de la Estrella), obtenida del corazón ardiente de un prisionero de guerra sacrificado cuya edad era de 52 años. “Luego, los ministros de los ídolos, provenientes de otros pueblos, tomaban de aquella lumbre y la enviaban en teas trasportadas por corredores hacia sus lugares de origen (...) y era cosa de ver la muchedumbre de los fuegos que parecía ser de día, y primero se hacían lumbres en las casas donde moraban los ministros de los ídolos y después de ahí se compartía a los aldeanos (libro del Cihuacóatl, Ferdinand Anders, 1991).

A continuación se transcribe, resumida, la narración del sacrificio humano y encendido del fuego:



“Cuando la noche estaba completamente en tinieblas, una procesión de sacerdotes, portando trajes y máscaras pintadas con la semblanza de su dios en particular, caminaban desde Tenochtitlan hacia la Colina de Huixachi. Ya en el sitio, (a medianoche) uno de los sacerdotes sostenía un madero encendido, otro sacó un cuchillo con el cual abrió el pecho del cautivo. Otro sacerdote extrajo el corazón y lo levantó mientras otro acomodaba el madero con el fuego en la herida abierta. Luego, rápidamente, acomodó más ocote y algodón en la herida. Cuando ya la llama salía lo suficiente del pecho de la víctima, que todavía se movía débilmente, otro sacerdote depositó con cuidado el corazón en medio del fuego. Las llamas, mojadas por el corazón sangrante, cesaron por un momento, pero se volvieron a levantar otra vez con nuevo vigor y el corazón hacía un ruido audible al asarse.

Un grito salió de todos los presentes: *‘¡El Fuego Nuevo se ha encendido!’, y la multitud inmóvil hasta ese momento, empezó a moverse de un lado a otro. Uno tras otro, por orden de rango, los sacerdotes tomaron sus antorchas y tocaron con ellas el pecho del ‘xochimique’, que se achicharraba rápidamente, para encenderlas con el Fuego Nuevo y luego corrían con ellas. El primero utilizó su antorcha para encender la pila de leña que estaba en la colina de Huixachi, para que todos vieran esa gran hoguera y supieran que todo peligro había pasado, que todo sería igual en el Único Mundo.

En la base de la colina otros sacerdotes, que estaban esperando, tomaron las antorchas y corrieron con ellas para llevar el precioso fragmento del Fuego Nuevo a los templos de las diferentes ciudades, pueblos y aldeas. En cada templo aguardaban los habitantes para encender sus propias antorchas y llevarlas corriendo a casa y prender los fuegos de sus hogares y los de sus vecinos. La secuencia se repitió en la gran Tenochtitlan; las comunidades, las lejanas y los más apartados lugares, rápidamente, se llenaron de luz y de vida. Había alegría, entusiasmo y regocijo.



Para los mexicas del siglo XVI este ciclo Xiuhmolpilli estaba asociado astronómicamente al eje cenital-nadiral de la latitud de México-Tenochtitlan, ya que, precisamente en esa época la constelación de las pléyades estaba en el cenit y la posición del Sol en el nadir. ¡Maravillas de nuestros ancestros¡

Para terminar, estimado lector, permítame, desde este espacio agradecerle su invaluable tiempo empleado en leer mis líneas. Al mismo tiempo pido al cosmos le dé la fortaleza y luz espiritual suficientes para renovarse como el fuego nuevo; perdonarse para liberar su alma de culpas y darse la oportunidad de acumular nuevas experiencias positivas que enriquezcan su vida y la de quienes le rodean.




** Fragmento poético Náhuatl. Manuscrito (1490) de la Biblioteca Nacional de México