Luis Jiménez de Asúa —desde su presente— gustaba hablar del derecho penal del pasado y avizorar el derecho penal del porvenir. Pero, más allá de sus conocimientos, que fueron abundantes, aquella búsqueda del sentido de la vida y del derecho penal le convirtió en maestro. La dificultad es, sigue siendo, la noción del derecho penal. Se espera prestar el auxilio necesario para encontrar la posición ideal que haga posible observar el derecho penal en todo su esplendor.
El ejemplo del maestro es digno de imitación, pues si se observa el derecho penal del pasado se distinguen sus diversas facetas; si se vislumbra el porvenir, entonces se llama la atención de las abogadas y los abogados, pues hoy en día nadie podría competir con el buscador de Google en información ni con YouTube en entretenimiento, pero ninguno de estos medios electrónicos puede ver las cosas antes de que éstas acaezcan y, mucho menos, hacer que sucedan.
El Derecho penal es la rama del saber jurídico, que, mediante la interpretación de las leyes penales, delimita, disminuye, y de ser posible, suprime el poder de castigar. La mostración de la tesis no es nueva. Por lo tanto, se impone una precisión, solamente intenta aportar un punto de vista sobre la afirmación expuesta. El problema que se encara es de índole cognitiva, pero implica dificultades pragmáticas.
Antiguos procesalistas utilizaron la imagen del tren y sus vías para establecer la diferencia entre proceso y procedimiento: el procedimiento estaría simbolizado por las vías por donde transita un tren y el símbolo del proceso sería el tren mismo. Los procesalistas actuales de México solamente toman como símbolo el tren y dejan de lado las vías. De modo tal que la totalidad del tren significaría el procedimiento y uno de sus vagones (con varios compartimientos) aludiría al proceso. Es decir, entre procedimiento y proceso establecen una relación del todo a la parte. El todo sería el procedimiento y la parte sería el proceso.
La visión que en México se tiene del proceso penal inquisitorial es más novelesca que otra cosa. Sobre todo, por la influencia de las conocidas obras de Vicente Riva Palacio:
Martín Garatusa y
Monja, Casada, Virgen y Mártir. Por lo anterior, el planteamiento del problema del contexto orilló a la búsqueda en la Historia. La información que se presenta al respecto la ofrece Jacques Maritain, uno de los filósofos cristianos más importantes del siglo XX.
Maritain califica las cosas de la siguiente manera: “He dicho que la Inquisición ha sido una desgracia para la Iglesia. No he dicho que fuera mala en su intención primera y en su fin. La intención primera (defender la fe) era buena; y el fin (extirpar la herejía) era bueno.” Entonces, ¿En dónde está lo malo? Lo malo está en el empleo de la tortura para arrancar confesiones que se tenían por válidas. El citado pensador cristiano ofrece una contestación puntual:
“Como ya he señalado más arriba, esta institución colocaba en primer lugar una acción profiláctica que, por los mismos medios que empleaba, destruía las condiciones normales requeridas para alcanzar el fin primero perseguido por la Iglesia: la curación de los heréticos, y también la conversión de los no cristianos. Era en sí incapaz de alcanzar realmente su propio fin, salvo mediante la expulsión en masa o mediante el extermino gracias a alguna cruzada. Y aun esforzándose en ser justa (había canonistas para ello), se veía obligada a ser implacable, faltando por ello a una exigencia absolutamente capital que responde a la espera de los hombres y procede de la voluntad de Cristo con respecto a sus servidores: a saber, que en la forma en que actúan los ministros de la Iglesia y en la forma en que funcionan los engranajes judiciales y administrativos que emplea, aparezca siempre esa divina calidad y ese amor fraterno que son la vida misma de la Iglesia. De suyo, la Inquisición ha sido un mal que ha manchado la historia humana y ha sido un gran ultraje a Dios.”
Jacques Maritain explica también la forma como se comportaban en la práctica los Tribunales de la Inquisición: “A este respecto hay dos cosas, sobre todo, que nos escandalizan y que de suyo son inadmisibles”. Al decir esto el filósofo francés estaba pensando en el abandono del culpable al brazo secular para que ejecutara la pena de muerte y en la tortura para arrancar confesiones.
En cuanto a la tortura –explica el multicitado autor- ocurría la misma ingenuidad: si un hombre que sabía la verdad sobre algo rechazaba obstinadamente el dar a conocer la verdad a jueces que ejercían sus plenos derechos de investigación, es que existían en él obstáculos potentes: terror del castigo, o voluntad perversa, adhesión a su secta y temor de perjudicarla, sin hablar del imperio del diablo, que le impedían confesar la verdad en cuestión. Por tanto, tocaba a los hombres de la ley el romper esos obstáculos.
Si se dejan de lado las narraciones históricas y se atiende al tiempo presente, entonces, el pensador francés multicitado, nos hace una importante advertencia: “Nuestra civilización moderna tiene más luz sobre todo esto que la edad media, pero no se priva de practicar también la tortura en todas las latitudes”.
[email protected]