Ir a Menú

Ir a Contenido

El secuestro de los migrantes, relatado por ellos

- A tablazos le desprendieron la piel a uno; a otros les jalaban las orejas con alicates, relatan - Un muchacho de apenas 15 aos los vigilaba armado con una pistola de 9 milmetros

Ignacio Carvajal Fort?n de las Flores, Ver. 19/08/2008

alcalorpolitico.com

De viva voz los indocumentados secuestrados en Tierra Blanca, cuentan cmo vivieron su reclusin desde el pasado viernes 15 en la casa de seguridad descubierta ayer lunes por elementos del Ejrcito Mexicano:

A m y otros paisanos guatemaltecos nos abordaron en la estacin del tren de Tierra Blanca, el viernes. Estbamos sentados esperando el tren para seguir a los Estados Unidos, y esos sujetos, se nos fueron acercando poco a poco, cuando nos tuvieron bien cerca, nos sacaron pistolas: -No se muevan!, El que lo haga me lo quiebro! Nos encaonaron y llevaron a una casa abandonada, toda cerrada.

All haba ms personas armadas que cuidaban a otros centroamericanos, relat el guatemalteco Marcos Paul.

Desde la estacin migratoria de Fortn de las Flores, desliza parte de su amarga vivencia en el Veracruz sin ley. Despus de que nos juntaron a los 26 ilegales, nos dijeron: -Estn secuestrados! Si no nos dan los datos de sus familiares en Estados Unidos o en sus pases y sus nmeros telefnicos, les vamos a cortar las orejas y los dedos! Oyeron?, dice Marcos.

Retoma el relato Miguel Alberto Palacios Garca, de 38 aos de edad, salvadoreo: Me pidieron 500 dlares y los queran en menos de dos horas. Yo le dije: Pero seor, yo no tengo ese dinero, ni mi familia y juntarlo en dos horas no se puede, usted me pide mucho, yo solo quiero llegar a los EU para trabajar; somos pobres en El Salvador y no tenemos ni para comer.

De poco sirvieron las splicas de Miguel Alberto, fue el primero en ser martirizado por los secuestradores: Recuerdo que eran como cuatro personas, entre ellos uno menor, y estaban fuertemente armados. Habl con mi hermana para que depositara lo ms pronto posible en el Western Union, pero se tard ms y como pas el tiempo me bajaron la ropa, me echaron al suelo, y comenzaron a darme de tablazos en las nalgas.

El instrumento de martirio lo describen como un pedazo de madera de aproximadamente un metro de largo, con unos 10 centmetros de ancho. Una tabla delgada y con agujeros en el centro, de esa forma, al ser lanzada presenta menor resistencia al viento. El golpe es de lleno. Contundente. Hace que la vctima se doble del dolor.

Yo no aguant muchos tablazos, les di los datos de mi familia. Les depositaron el dinero, pero ni as dejaban de maltratarme, dice Miguel Alberto, mientras muestra sus glteos, negros, tirando a morados, parecen dos aguacates bien maduros, y con pigmentaciones rojizas. Han pasado tres das y an no me puedo parar.

Pero a Miguel Alberto, podra decirse, le fue bien. A otro del grupo, de tantos tablazos, hasta le desprendieron la piel de las nalgas. Por ratos an llora, inconsolable, afligido por el dolor, pero tambin por el dao moral y psicolgico.

Se nos acercaban con unos cuchillos, los tenan en una mesa, o con una pinza, y nos amenazaban: Si no nos dan el dinero sus familias, les vamos a cortar los dedos de las manos o los pies y les arrancaremos las orejas con estas pinzas! Mientras que uno de ellos sujetaba a otro del grupo, lo tomaba por la cabeza, y le jalaba la oreja con el alicate, hasta hacerlo gritar. Por ratos pensamos que se le desprenda el pedazo, pero las torturas no pasaron de los tablazos.

Sin comer, los indocumentados permanecieron tres das privados de su libertad, de vez en cuando solamente les daban un poco de agua, ms nunca, ni por humanidad, un pedazo de pan.

Dos eran de mediana estatura, pero uno era alto, bien alto y bastante fornido, fuerte, entre nosotros no haba ninguno as de fornido, todos somos delgados, chaparritos y dbiles, nos sometan con mucha facilidad, ataja Marcos Paul.

Pero la vigilancia estaba a cargo de un menor de edad, no mayor de 15 aos, -estimaron los centroamericanos- quien armado con una pistola 9 milmetros, atemorizaba a cualquiera.

EL RESCATE

Lunes. Eran las seis de la maana. Hambrientos, adoloridos, golpeados moralmente, aterrorizados, los indocumentados trataban de descansar. De no haber sido por el descuido del mozalbete que dejaron para cuidarlos, a los migrantes les hubiera esperado otro da de suplicio: por breves instantes, el vigilante se durmi, con el arma sobre su regazo.

Tambin estaba muy cansado, se le notaba en los ojos, que tena bien cerrados, y de eso se dio cuenta el salvadoreo Alberto Garca que ya estaba despierto. De 18 aos, se incorpor del suelo, pas entre los cuerpos de los otros plagiados y se escabull hasta la puerta. Se asom al exterior. A lo lejos vio los cascos verdes de los soldados. Cabe resaltar que, extraados por el movimiento sospechoso en la vivienda abandonada, los vecinos alertaron a la SEDENA. De inmediato se mont un operativo, eso miraba Alberto Garca.

En el umbral, el corazn del migrante no paraba de palpitar, no le import si el celador despertaba y comenzaba a dispararle por la espalda. Abri la puerta de par en par y se abalanz contra los militares, No disparen por favor! Ac estamos, somos migrantes y nos tienen secuestrados, venir, por favor.

No cabamos de gusto cuando nos rescataron los soldados. Nos sentimos vivos otra vez, resume Marcos Paul. l tambin muestra las seas de la tortura: con un zapato con casquillo metlico le remolieron el ojo derecho. Ahora lo muestra rojo, amoratado y con manchas de sangre extendidas en las pupilas.

Lo bueno es que llegaron los soldados, porque la verdad que esa gente estaba preparada para matar, concluye Miguel Alberto.