Donde las invitaciones a comer abundan, la cultura impresiona, los colores deslumbran y el calor sofoca. En un pequeño pueblo de tan sólo 3 mil 370 habitantes, de nombre Coyolillo, con predominación de raza negra, hoy se celebró el segundo día del Carnaval, el cual data de hace 500 años.
La participación de los jóvenes para la danza abunda y la de los adultos en la confección de la vestimenta.
Preparándose desde muy temprano, las señoras elaboran los chiles rellenos y el pan de plátano para recibir a los cientos de comensales que, como cada año, llegan para admirar a los jóvenes bailar música de origen africano.
El cronista de la ciudad, Luis Ignacio Frutos Santillán, relató la historia de la formación del pueblo, “esto comenzó hacia el año 1560, cuando los africanos provenientes específicamente de Nigeria, Guinea y Mandinga llegaron al estado como esclavos a trabajar en las haciendas que se ubicaban en este municipio, Actopan”.
Frutos Santillán recordó que cuando fueron liberados, en el año de 1660, se empezaron a mezclar con los indígenas y, al producto de esa unión, los españoles la llamaron “pardo”.
El baile
El baile llamado “Gule Wandulu” originalmente era con fines didácticos, los padres les tenían que demostrar a sus hijos la importancia de la conservación y el fomento de sus valores morales.
Las máscaras representaban los sentimientos y acciones buenas y malas, por esoexiste un demonio. Las vacas, jaguares y venados era la representación de la bondad. Estos animales se representaban porque casi todos los africanos que emigraron hacia Coyolillo, eran ganaderos.
El juego-baile consiste en que sólo los hombres se colocan las máscaras de madera, el sombrero o tenate elaborado de palma y las vestimentas de colores vivos y llamativos, porque ellos pueden sostener el peso de casi tres kilos sobre la cabeza.
Estos representantes de los valores se esconden detrás de enredaderas danzando, mientras las mujeres y los niños los tienen que observar. Pero cuando los animales se percatan de que los ven, tienen que salir de entre las enredaderas e ir detrás de los fisgones. En ese momento todos se hacen partícipes de la festividad.
La máscara que data de 1930
El señor Octavio López diseña, talla y confecciona las máscaras de madera, las cuales aumentan sus ventas hasta en un 60 por ciento durante el carnaval.
El escultor vive en una pequeña casa al pie del zócalo de la ciudad, en ella hay dos importantes altares en dos esquinas de su casa, de lado izquierdo el altar religioso, y del derecho las máscaras que ha tallado a través de su vida.
Estas máscaras las conserva como un tesoro, ya que una de ellas fue talladapor su padre en 1930 y otras más en 1970.
“Cada vez que veo un árbol, un tronco o pedazo de madera, me viene a la mente las formas que puedo tallar con éste, las máscaras que saldrán y lo perfectas que pueden ser”, dijo.
De manera peculiar, Octavio López tiene entre sus máscaras una escultura de dos cabezas que representa al ex presidente Carlos Salinas de Gortari y a su hermano Raúl, “la representación de estos personajes -los más importantes en ese momento-, tiene un enorme pene, tal vez para representar un poco la burla o el poder”.
La máscara más solicitada es la del venado y estas van desde 20 hasta 500 pesos.
Las tradiciones perdidas
Entre las máscaras, antes prevalecían las de madera, las más populares son las menos costosas, luchadores y ex presidentes, de plástico y tela. Esto se perdió por dos motivos, uno es que la de madera junto con el tenate pesan demasiado y cansa a los danzantes y el otro es que la situación económica no permite que gasten alrededor de 100 pesos por una máscara de madera, cuando la de tela, sólo cuesta 10 pesos.
El “Gule Wandulu”, ya no se escucha, los jóvenes ni siquiera saben cuáles son los instrumentos con los que se creaba, ahora rentan camionetas con grandes bocinas que tocan electrónica y reggaeton.
La raza negra es la menos en este lugar, las facciones de nariz chata, frente ancha, cabello rizado, tez obscura y ojos claros se ven poco por las calles. La gente que vivía en ese lugar se unió a los de otros pueblos y el linaje se ha ido perdiendo.
Aún así, Coyolillo tiene mucho encanto; la gente es amable, sencilla y muy alegre. Le ofrecen comida a cuanto turista se encuentran. Los enmascarados coquetean haciendo ruidos de los animales que representan. Todos bailan y brincan felices por su carnaval, el cual esperan año con año.