En Las Barrancas, comunidad del municipio de Alvarado donde prácticamente todas las familias viven del mar, el paisaje cambió sin previo aviso. La arena ya no es territorio de conchas y huellas descalzas, sino de manchas negras que el oleaje ha ido enterrando con el paso de los días. El chapopote llegó a la orilla y, con él, una pausa forzada para más de 300 familias que dependen totalmente de la pesca.
Desde hace más de 30 días, las pangas permanecen varadas. La Semana Santa, que históricamente representa una de las temporadas más fuertes para la economía local, transcurre esta vez en silencio. Aquí, la pesca no es solo un oficio: es una herencia de más de 50 años que ha pasado de abuelos a padres y a hijos. Niños de apenas tres años suelen acompañar a los adultos a la playa para embarcarse y aprender el oficio que sostiene el hogar. Hoy, esa rutina se rompió.
“Afectados estamos porque las especies de pesca que nos venían todos los años en esta época de semana santa era la sierra, el peto, jurel
no ha querido arecostar aquí a Las Barrancas, las afectaciones que nos hizo el derrame ese que se derramó por allá de petróleo, mire lo que agarramos ahorita pura sardina, no sale nada de pesca del pescado bueno, le ahuyento vaya, aparentemente no se ven afectaciones pero la afectación ya la hubo, ya la hubo la afectación”, expresó Andres Santos Roman, pescador.
A la ausencia de especies se suma otro problema: el daño a las redes. El chapopote se adhiere a los hilos y las vuelve inservibles. Sustituirlas implica gastos que van desde los 7 mil hasta los 100 mil pesos, una cifra imposible de cubrir cuando no hay ingresos. “Afectación si hubo, afectación si, como no la va a haber las afectaciones con eso de que arribó una cantidad de eso, habemos compañeros que tenemos dos, tres gases de redes afectadas”.
En la playa, los nietos e hijos de pescadores ya no encuentran conchitas al jugar, sino trozos de chapopote y mantarrayas muertas. Los hombres regresan del agua con manchas en pantalones y manos que solo logran retirarse con gasolina o jabón en polvo. Aseguran que en la zona no se ha realizado limpieza y que el material se ha ido cubriendo solo con la marejada. “Todo esto es chapo, mire”, exclamó uno de los pescadores.
Las jornadas en el mar ya no devuelven sierra, peto ni jurel, las especies habituales en esta franja costera. Ahora, únicamente logran capturar sardina, que —afirman— está limpia, pues el olor del chapopote ahuyenta a los cardúmenes más grandes.
Los pobladores señalan que, a diferencia de otros puntos del litoral, en Las Barrancas no han acudido autoridades a documentar o limpiar la zona. Consideran que los esfuerzos se han concentrado en áreas turísticas, mientras aquí el chapopote permanece enterrado bajo la arena. Caminar por la orilla, dicen, se ha convertido en un recorrido entre residuos oscuros y animales muertos. Y mientras el mar espera volver a ser fuente de sustento, las familias esperan que alguien mire hacia esta playa que, por ahora, dejó de ser sinónimo de vida.