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¡Esos “formadores” sádicos y perversos!

Jorge E. Lara de la Fraga 01/02/2016

alcalorpolitico.com

“Nunca dejes que la amargura de otra persona cambie tu entusiasmo y ánimo …”
 
De antemano hago un reconocimiento a todos esos educadores y docentes que cotidianamente cumplen con responsabilidad y eficiencia su labor profesional, encauzando los niños y adolescentes para que logren sus objetivos y se desenvuelvan debidamente, aun en medio de las limitaciones materiales y económicas que prevalecen en las instituciones públicas. Hay múltiples ejemplos de planteles ubicados en los centros urbanos y en las áreas rurales donde operan planteles de manera conveniente, con la participación optimista y afán de servicio de docentes que en verdad se ponen la camiseta y ofrecen lo mejor de sí. Hoy aludiré a ciertos especímenes que no deberían estar en las aulas deformando y lastimando a esas nuevas generaciones; me referiré a los individuos con vestimenta de profesores que son verdaderos psicópatas en el terreno de los hechos y que en lugar de sembrar ilusiones en los infantes, “los aplastan” en su individualidad, en su autoestima y en su confianza con los demás.
 
Si se efectuara una encuesta entre escolares del nivel básico y medio básico sobre el comportamiento de maestros amargados y resentidos, de seguro encontraríamos casos lamentables  ocurridos en determinados planteles y en aulas de nuestro país, donde entes enfermos con problemas de personalidad vuelcan su enojo o frustración  hacia los seres endebles que están bajo su encomienda. Personas maduras recuerdan con sentimiento negativo a esos individuos temidos y odiados por los escolares que actuaron con prepotencia y que todavía gozaron del respaldo de los directivos. En lo personal rememoro a un patán que se ostentaba como maestro de educación física y que era agresivo, verbal y físicamente, con los adolescentes y jóvenes de una secundaria y de un bachillerato técnico. O también ese catedrático de matemáticas que, sin agredir verbal o de manera material, operaba como un castigador o fiscal implacable reprobando al casi 90% de los muchachos del curso, para después instrumentar talleres o cursos de regularización, impartidos por él, para embolsarse apreciables emolumentos adicionales.
 
Observé hace unos días un video deleznable donde un pseudo-encauzador de edad cercana a los 50 años golpeaba con una palmeta a sus párvulos cuando ellos no cumplían a satisfacción sus tareas. Especialmente parecía gozar cuando lastimaba a las niñas, misma que lloraban ante la sanción física y además eran maltratadas por el sádico, jalándoles el cabello con brutalidad. Desearía que esas imágenes fueran vistas por las autoridades respectivas para que tan perverso sujeto fuera sancionado. Afortunadamente hay normativas contra el maltrato infantil y en varias latitudes y naciones se prohíbe terminantemente el uso de algún tipo de castigo corporal o trato humillante en el ámbito educativo; en esas normas se preconiza que el castigo humillante es “cualquier trato ofensivo, denigrante, desvalorizador, estigmatizante  o ridiculizador” utilizado en los centros escolares, toda vez que “los menores, sin exclusión alguna, tienen derecho a un justo y buen trato que implica recibir cuidados, afecto, protección, socialización y educación no violenta…”
 
No puedo dejar de mencionar que lamentablemente existen profesores o catedráticos que proceden de manera discriminatoria o inequitativa con sus subordinados; a unos los premian o los reconocen en demasía, más allá de sus potencialidades; a otros los exhiben negativamente ante los demás y los marginan injustamente para efectuar determinadas actividades, aunque no haya motivos o razones para herir psicológicamente a tales niños o niñas bajo su cuidado. Al respecto habrá que denunciar con valentía las arbitrariedades y por lo menos solicitar que sean cambiados de adscripción esos elementos perversos.  Tanto la sociedad como la escuela tienen que auspiciar una educación cimentada en los principios de los derechos humanos, así como favorecer una convivencia donde confluyan el respeto, la igualdad y la paz.
 
En tal contexto, un congruente educador amerita propiciar que todos sus alumnos se sientan triunfadores, que logren sus particulares metas, en lugar de poner a competir de manera desigual a unos y a otros, enalteciendo a los ganadores y colocando en el rincón de los fracasados a los de menor rendimiento académico o atlético. No olvidar ni dejar de considerar las diferencias individuales y hacer que cada cual “corone sus anhelos”, que cada uno escale su propia cima o cuesta, por modesta que ésta sea. El educando solicita y demanda más incentivos o estímulos que críticas destructivas; dependerá en mucho de la sensibilidad y del tacto del educador para promover buenos resultados en sus alumnos y con ello el fortalecimiento de sus incipientes personalidades.
 
 
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