Conocí a Félix Báez-Jorge (1945-2023) siendo estudiante de la carrera de Historia. Él era profesor en la de Antropología Social de la integrada Facultad de Filosofía, Letras y Pedagogía de la Universidad Veracruzana, esto fue por allá del año 1970.
Profesoras, profesores, alumnas y alumnos de todas las carreras humanísticas coincidíamos en la cafetería de la Facultad, espacio de conversación, intercambio de ideas y, sobre todo, lugar lúdico en el que se comentaban los libros de autores del momento.
Estudiantes y docentes, sentados en torno a la misma mesa, degustando el café y los pambazos que vendía Conchita responsable de la cafetería, se hablaba lo mismo del estructuralismo de Claude Levi Strauss que de la dialéctica hegeliana y marxista, del evolucionismo cultural y las teorías de liberación nacional en especial el cautivante pensamiento de Frantz Fanon, el existencialismo de Jean Paul Sartre, el análisis unidimensional de la sociedad capitalista de Herbert Marcuse y la obra de José Carlos Mariátegui, entre otros autores del momento.
Lo disruptivo era tema en esos coloquios improvisados, espontáneos y llenos de emocionalidad intelectual en los que siempre estaba Félix Báez-Jorge, Francisco González Aramburo, Rafael Villar y Jesús Morales. Ellos, pero en especial Báez-Jorge, animaba, confrontaba, motivaba al estudiantado para que nos enteráramos de las nuevas corrientes teóricas en el campo de la antropología crítica, la filosofía marxista gramsciana, la historia del colonialismo y del indigenismo mexicano, pero siempre en función del pensamiento reflexivo de la realidad social vivida.
Recuerdo que en ese entonces Báez-Jorge estaba cautivado por el estructuralismo francés y la crítica a la antropología aplicada colonialista. Fue el momento de las guerras de liberación nacional de los países africanos, brecha que abrió la gran crítica a la antropología clásica que defendió las políticas de
Indirect-Rule (Gobierno Indirecto) de Inglaterra y el Gobierno Directo Francés para los países de África y Oriente, así como las políticas de integración nacional de los pueblos originarios en América Latina.
Ambos temas le apasionaron en ese momento e influyeron profundamente en su pensamiento indigenista. En ese entorno de ideas me invitó a leer el libro
De eso que llaman antropología mexicana (1970), obra integrada por cinco ensayos en los que Arturo Warman, Margarita Nolasco Armas, Guillermo Bonfil, Mercedes Olivera de Vázquez y Enrique Valencia hicieron una fuerte crítica al indigenismo de integración y uso de la antropología aplicada para su logro, tema en el que él también empezó a reflexionar y le condujo a su ejercicio indigenista cuando, a invitación de Salomón Nahmad se incorporó a las filas del Instituto Nacional Indigenista (INI) en 1976.
Aunque su relación con el INI era anterior a esa fecha, pues en los años de 1973 y 1974, dirigió el proyecto de investigación de la región Zoque de Chiapas a petición de Alfonso Villa Rojas, a la sazón Subdirector del INI, siendo Director Adjunto Salomón Nahmad y Director Gonzalo Aguirre Beltrán. El objetivo fue conocer la cultura Zoque y su región para abrir un Centro Coordinador Indigenista (CCI) en la zona.
Báez-Jorge integró un equipo donde participó Francisco Córdoba, profesor de antropología y alumnos avanzados entre quienes estuvieron Fernando Lomán Amorós, Guadalupe Vargas Montero, Román Güemes, Amado Rivera Balderas, Teresa García Salazar, Isabel Hernández Lara y el fotógrafo Francisco Velasco Toro que se incorporó en una etapa posterior para registrar fílmicamente el carnaval zoque de Ocotepec.
El resultado inicial fue el libro Los
Zoques de Chiapas (1975) en el que participaron Alfonso Villa Rojas, José Manuel Velasco Toro, Félix Báez-Jorge, Francisco Córdoba y Norman Dwight Thomas. A partir de ese momento me enrolé en el interés por los pueblos originarios y me incorporé, en 1977, como miembro del equipo intelectual que reunió Félix Báez-Jorge en dicha institución cuando se sumó a ella para actuar en el hacer indigenista.
El año de 1977 fue inicio de un nuevo enfoque de acción indigenista. Si bien la crítica antropológica había mostrado las contradicciones del indigenismo de integración, fue la movilización de los pueblos originarios y de los profesores bilingües quienes a través de congresos nacionales denunciaron la marginación en la que continuaban subsumidos, luchas agrarias y acusaciones de la colusión entre la burguesía agraria y empleados de la Secretaría de Reforma Agraria, señalamientos críticos al abandono de la educación indígena y los diversos problemas culturales y de discriminación, fueron creciendo hasta coinvertirse en una ola gigantesca que preocupó al gobierno federal.
Es el momento en que Félix Báez-Jorge, juntamente con Salomón Nahmad (ambos veracruzanos), integraron un equipo para trabajar en lo que fueron las bases teóricas y de acción del Indigenismo de Participación. Con tal fin sumaron a los antropólogos Michael Antochiw y Ferré de A’ Amaré, ambos críticos de la antropología clásica y del indigenismo de integración, y fuertes proponentes de un cambio en la relación indio-gobierno que favoreciera la participación de los pueblos originarios en las decisiones que atañen a su propio desarrollo.
Las premisas que fueron directrices en el nuevo planteamiento refieren a tres relaciones incuestionables: 1) Se aceptó que la situación de los pueblos indios era marginal al no participar de los beneficios de la riqueza social. 2) Que al estar insertos en la estructura de clases se encontraban bajo situación opresiva de explotados. 3) Se les ubicó constituidos en grupos étnicos, concepto que los refirió a la cultura y normas sociales que los rigen. En este sentido, Félix Báez-Jorge y su equipo partieron del presupuesto de que había que superar la marginación y las relaciones de explotación implicadas, para lo cual era necesario actuar sobre las estructuras y los efectos de la dominación. Por tanto, la acción institucional del INI y dependencias federales debía sumar la intervención efectiva y directa de los pueblos de las naciones originarias de lo que se derivó el concepto clave de participación.
Al identificar a las relaciones de producción y circulación de mercancías como los instrumentos que propiciaban la marginación, el equipo lidereado por Báez-Jorge argumentó que la explotación era resultado de los mecanismos inequitativos del mercado, por tanto, se concluyó, los pueblos indios siempre han estado integrados a la nación, aunque en calidad de dominados, situación que era menester romper y superar mediante su participación en la coordinación y programación de las acciones que debían implementarse para trascender su estatus de dominado.
Por otra parte, se reconoció el carácter pluriétnico del país, el respeto al desarrollo étnico y el compromiso del Estado de crear condiciones adecuadas para su desarrollo y establecer relaciones simétricas que incentivaran la participación conjunta. Bajo ese esquema de orden ideológico se empujó a una política pública sustentada en las premisas del Indigenismo de Participación, proposiciones programáticas que fueron plasmadas en el documento rector del INI,
Bases para la acción, 1977-1982, mismo que fue aprobado por la presidencia de la República el 1 de marzo de 1978.
De acuerdo con la Ley mediante la cual se creó el INI, esto fue el 4 de diciembre de 1948, la institución fue concebida como un organismo dependiente directamente del Ejecutivo Federal, por lo que su labor obligaba a la concertación de acciones programáticas con las diversas dependencias del sector federal, independientemente del presupuesto asignado para investigar, estudiar, promover, intervenir y emprender obras para el “mejoramiento de las comunidades indígenas”.
Fue por ello por lo que
Bases para la acción posee un doble carácter, por un lado, es documento rector que identificó las acciones programáticas a implementar en materia de Tenencia de la Tierra; Infraestructura Básica; Equipamiento comunitario; Desarrollo agropecuario, forestal, pesquero, minero y turístico; Agroindustria; Desarrollo tecnológico; Comercialización; Alimentación; Salud; Vivienda; Educación; Empleo; Justicia; Patrimonio Cultural y Organización social. Pero por otro, estableció las relaciones transversales de coordinación con las diversas Secretaría federales, entidades paraestatales y gobierno de los estados y municipios.
Todo un documento de planificación indigenista con objetivos generales y específicos bien claros y áreas de trabajo identificadas para la acción coordinada. Este esfuerzo intelectual y político puso a la antropología aplicada al servicio de los pueblos originarios y buscó romper con la ancestral relación colonial del dominador. Las raíces de su pensar se encuentran en Báez-Jorge en el sentido gramsciano de concreción de la interacción entre teoría y acción, pensamiento elaborado desde el plano teórico-ideológico y la práctica etnográfica de múltiple experiencia de investigación de campo en pueblos de la nación Zoque-Popoluca, Zoque y Nahua. Dialógica Gramsciana que resaltó en todos sus trabajos generativos de conocimiento etnográfico, etnohistórico, histórico y de teoría antropológica.
Una habilidad que siempre ejercitó con ideal propositivo fue identificar, evaluar y sopesar las coyunturas políticas que se presentaban favorables para proponer programas y acciones concretas que permitieran el avance creativo, fuera en lo institucional, académico o cultural. Siempre vio hacia adelante, nunca hacia atrás. Su inquietud intelectual lo impulsó a crear, fundar y promover programas, acciones o procesos formativos con visión social amplia y compromiso cultural, lo cual lograba al conjugar otra de sus habilidades: el liderazgo. Poseía el sentido de propósito social y cultural que sabía trasmitir a las otras personas con sutileza y convicción.
Otra cualidad del líder es la motivación por lo que exponía sus ideas e invitaba a la lectura reflexiva de publicaciones relacionadas con el problema que quería abordar, con lo cual lograba encarrilar en la lógica convergente pensamientos divergentes que no descartaba, por el contrario, sumaba acoplándolos ahí donde contribuían al objetivo buscado. Así, sin menoscabo de la autonomía intelectual de las personas que sumaba a un equipo, lograba subsumirlos en su pensamiento para hacer que un trabajo avanzara confluyendo en su concreción política, programática y realizable.
Fue así como
Bases para la acción y otros programas del hacer indigenista de participación lograron concreción en la práctica institucional, como fue la revisión de la teoría de Región de Refugio y ubicación de los Centros Coordinadores Indigenistas en el centro rector y las relaciones interétnicas, lo que condujo al diagnóstico del
hinterland de los CCI para reubicar a aquellos que estaban alejados del centro etnoespacial y crear nuevos centros eligiendo la sede al interior de la región interétnica, resultado: 16 estudios que derivaron en la reubicación de diez CCI y creación de seis nuevos.
Otro de los programas que impulsó fue el estudio de los procesos de migración de la población Mixteca de Oaxaca hacia el noreste de México, estudio que estuvo a cargo de Guadalupe Vargas Montero y detectó, por primera vez, la importancia de las remesas que eran enviadas a la Mixteca por los trabajadores migrantes. Con la Universidad de Yucatán y la Escuela Nacional de Antropología e Historia, gestionó y logró establecer un programa de becas de investigación en regiones interétnicas para el desarrollo de tesis de grado, así como la evaluación de los métodos de castellanización que estuvo bajo la dirección de Nanci Modeano.
Otro programa que evolucionó y aún está activo, fue el de la Escuela de Música Mixe en Santa María Tlahuitoltepec, Oaxaca, proyecto coordinado conjuntamente por Armando Zayas de la Universidad Nacional Autónoma de México y José Manuel Velasco Toro por parte del INI. Otra acción participativa de gran penetración fue el Programa de Desarrollo de las Culturas Autóctonas, mediante el cual se proporcionaba apoyo financiero a las comunidades que solicitaran recursos para rescatar e impulsar elementos de su cultura que consideraban sustanciales para la vida comunitaria, en fin, estos fueron proyectos, entre otros, que ideo, impulsó y concretó en acciones participativas durante su quehacer indigenista.
Concluyo señalando que Félix Báez-Jorge fue mi maestro, no en el aula sino en el hacer reflexivo de la práctica indigenista y el pensar antropológico, fue mi jefe en el Instituto Nacional Indigenista al que me incorporé en 1977 para trabajar con los Yaquis y Mayos en Sonora, luego continué como Jefe de Investigación Antropológica y Organización Social y concluí mi etapa indigenista como Coordinador Estatal en Veracruz del INI hasta 1983.
De igual forma trabajamos conjuntamente, yo como Director de Investigaciones y él como Secretario Académico de la Universidad Veracruzana. Desde luego, ambos fuimos par académico en el ejercicio intelectual de la investigación, pero, sobre todo, amigos que supimos superar diferencias y disgustos gracias al respeto mutuo y ejercicio dialógico de la conversación que permitió convertir las divergencias de pensamiento en convergencias creativas, siempre salpicada de buen humor.