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Sección: Estado de Veracruz

Libertas

La función intelectual

José Manuel Velasco Toro 25/06/2026

alcalorpolitico.com

Ser consciente quiere decir estar atento, darse cuenta de aquello que rodea a la persona en el mundo para poder actuar sobre ello, en otras palabras, mantenerse vivo, emocionalmente abierto a la percepción y motivado para aprender. Consciencia que abre la mente a la función intelectual, esa aptitud y actitud para discernir ambigüedades, separar falsedad y sacar a la luz la verdad. En este orden de ideas, retomo algunas reflexiones de uno de los grandes intelectuales del siglo XX, el gran pensador italiano, semiólogo, historiador y filósofo Umberto Eco (1932-2016). En su libro, Cinco escritos morales (Barcelona, DEDO/SILLO, 2010), abordó diversos aspectos relacionados con el ser consciente social y la función intelectual implicada. Nos dice que la función intelectual puede realizarla cualquier persona, puede desarrollarla quien sea incluso, señala, un “marginado que reflexione sobre su propia condición y de alguna manera la exprese” (p. 15) explicitando la verdad de su sentir y su condición en la realidad que vive, lo que refleja la consciencia social. Mientras que, agrega, “puede traicionarla un escritor que reaccione ante los acontecimientos, sin imponerse la criba de la reflexión” (p. 15).

Reflexión cual ejercicio intelectual que consiste en detenerse a pensar y de manera consciente, sin apasionamientos irracionales, examinar lo pensado, explorar lo que se dice o se hace y abrir la mente a la crítica para incorporar otras opciones de ver, pensar, actuar sobre aquello que se conoce, se quiere conocer o transformar. El apasionamiento acrítico y obsesivo, insiste Eco, obnubila la función intelectual y tiende a exaltar el discurso retórico y vacuo, superficial y falaz, visceral y agresivo, tal ocurre en la política mexicana, por ejemplo, lo que impide la posibilidad de diálogo para formular un pensar equilibrado, fundado socialmente y con visión comprometida para impulsar un futuro sustentable y equitativo. Bajo una situación de caos intelectual y polarización social, la actitud irracional invade la mente de individuos y grupos lo que facilita que se instale el culto “de la acción por la acción” (p. 50) y se exacerben obsesiones personales o facciosas como la idea del complot, la imagen de supremacía ideológica (que más bien es dogmática), la búsqueda del tradicionalismo reformulado a modo en rechazo del modernismo, la exaltación del populismo como bandera justificante que, en la práctica, se vuelve cuantitativo y manipulado, pero, sobre todo, se ensalza el sentirse encarnado ya no como la voz del pueblo, sino como el pueblo mismo y se acusa de traición a toda persona o grupo social que no se someta a su designio manifiesto que exige vida para su lucha, “no lucha por la vida” (p. 53).

Eco en su reflexión concluye que estas actitudes y conductas populistas, sean de izquierda o derecha, terminan por conducir a la vía del fascismo. Lo que se dice en el discurso y se hace cuando, una tendencia u otra, se instala en el poder, es exaltar su dogma político, seleccionar su propensión tradicionalista, reiterar su estilo discursivo superficial, buscar elevar la falacia a convencimiento de verdad y practicar la polarización social, todo lo cual indica la existencia de características propias de toda tendencia fascista. Y resalta eco que ello se observa y se hace presente, sobre todo, cuando “los textos escolares se basan en un léxico pobre y en una sintaxis elemental con la finalidad de limitar los instrumentos para el razonamiento complejo y crítico” (p. 56).



¿Realidad presente en los textos escolares de la Nueva Escuela Mexicana? En este rejuego del dominio político, el deber intelectual se hace más necesario que nunca. Pensar, repensar, analizar, criticar y reflexionar las acciones conductuales y discursos falaces o reales de las élites políticas se hace necesario, urgente y supremo para garantizar la libertad, el ejercicio de la voluntad popular mediante mecanismo democráticos y practicar la compasión dialógica en la que la palabra ejerza su fuerza vital para frenar cualquier acto totalitario que busque subordinar a las personas a una ideología de estado disfrazada tras la mascarada de partido o movimiento político (de izquierda o de derecha, según la jerga tradicionalista que aún prevalece en el lenguaje de autoridad y que, a ciencia cierta, parecen ya no diferenciarse pues los patrones de conducta convergen cuando se trata de mantener control y supremacía del poder). Otro rasgo del fascismo señala Umberto Eco, y ustedes me dirán a qué realidad se parece, es la de convertir el poder legislativo en un apéndice del ejecutivo, reducir el poder judicial a mera ficción y descoyuntar la democracia al producir confusión estructural en los procesos electorales que, el colmo, se llegan a encubrir con rasgaduras de ropa que pregonan soberanía.

Se suma, desde luego, la queja lastimera de quienes no poseen la madurez emocional para escuchar la crítica y dialogar desde ella y se acusa de falsos a los medios de comunicación, se ejerce la censura a comunicadores mediante la búsqueda del descredito moral que llega al cobarde asesinato, se ataca a pensadores por ejercer su derecho a la función intelectual y se busca sancionar ejecutiva, legislativa y judicialmente a todo medio de comunicación, comunicadora o comunicador que ejerce el ejercicio de la información veraz, investigativa y sustentada en hechos y testimonios de la realidad. Legislar a modo para consolidar el poder de unos sobre otros, es otro nefasto rasgo antidemocrático. Si no, vean el resultado de lo hecho en materia constitucional. No hay un proyecto de desarrollo nacional que coloque al país en el escenario mundial, solo modificaciones o agregados en articulados para limitar el actuar de unos y exaltar el de otros, cuando la dimensión ética de ley debe poseer la virtud de regular relaciones interpersonales en igualdad de condiciones y libertad. Lo que se está haciendo, para usar una expresión de Eco, es la ley Tarzán que “busca a toda costa al otro en el rostro de un mono” (p. 103). Con esto concluyo.