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Sección: Estado de Veracruz

Libertas

La historia se hace desde el presente

Jos Manuel Velasco Toro 12/08/2021

alcalorpolitico.com

En los años treinta del siglo XX, el historiador y político liberal italiano Benedetto Croce (1866-1952) escribió: “Sólo un interés de la vida presente puede movernos a indagar un hecho pasado”. En esta sentencia hay dos verdades incontrovertibles. La primera refiere al hecho de que la historia como conocimiento se construye cuando existe inquietud en el presente del historiador cuya respuesta se encuentra en algún o algunos acontecimientos ocurridos en el pasado, razón por la cual se dice que la historia se hace desde el presente. La segunda es que a partir de ese interés se formulan preguntas que se hacen al pasado cuya respuesta se busca mediante la indagación de información en todos los testimonios que puedan aportar datos para conocer qué sucedió, cómo sucedió y en qué sentido ocurrieron los cambios cuya mudanza hace que el presente sea como tal. Por ello es por lo que aún nos hacemos preguntas el día de hoy sobre acontecimientos, en ocasiones, muy remotos en el tiempo. Muchas veces, la mayoría de ellas, buscan explicar cómo se dieron las concomitantes que, en la medida de su tiempo, siguen existiendo en el presente: ideas, principios, instituciones, prácticas culturales, tradiciones, dinámicas económicas, conformaciones sociales, creencias, conductas infamantes, articulaciones de poder, justicia, movilidad poblacional, ideologías, en fin, todos aquellos elementos que plantean una interrogante cuya respuesta puede estar en las articulaciones del pasado. En otras ocasiones, como sucede cuando un grupo en el poder político, económico, religioso o de cualquier otra índole busca legitimar su actuar, la historia es manipulada y utilizada como signo y símbolo de autenticidad de aquello que se busca imponer. Esta otra manera de asumir el pasado en función de un presente, no se sustenta en los hechos de la realidad respaldados por testimonios válidos y verificables, sino en preconceptos e ideas de carácter político-ideológico que van al pasado para legitimarse mediante el retomar un hecho, acontecimiento o personaje que recrean con ciertas virtudes para proyectar a la sociedad. En estos casos se manipula el hecho histórico al sacarlo de su contexto, es decir de su presente en el que acaeció, para lanzar un mensaje que distorsiona la verdad histórica con fin de “crear su verdad”; una “verdad” que busca explicar lo que interesa resaltar de manera adecuada al interés establecido y, el que a base de repetir y repetir, llega a ser aceptado como válido por la población, sobre todo si esa ”verdad” se filtra en textos y en el sistema escolar donde, la “historia nacionalista de bronce”, engalana las figuras de ciertos personajes, se resalta la violencia de los conflictos en los que hay ganadores y perdedores, se justifica la existencia de un régimen e incluso, en ese pasado, se preconiza el sacrificio de los individuos como profecía del devenir. Una historia que más que alentar la paz, siembra la división en una nación que busca, en su propia historia, la identidad y el progreso.

La historia no es estática, la historia es mudanza, cambio. Los pueblos de ayer no son lo que son hoy. Las luchas del pasado no son las luchas del presente. Las aspiraciones de un futuro de ayer no son las mismas aspiraciones de un futuro de hoy. Sí hay principios esenciales, me atrevo a decir universales, que guían el sentido del caminar hacia lo futuro: libertad, democracia, derechos humanos, interculturalidad, inclusión, equidad común y de género, igualdad, bienestar social, educación, multiculturalidad, paz. Y la historia debe ser, debería ser, eje fundamental para fomentar la cultura de la paz, del bienestar y del desarrollo de los pueblos. Ya no para justificar al poder y a los políticos que lo ostentan. Así fue planteado por la Comisión Nacional Permanente de Educación para la Paz del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en 1986: “La paz positiva se concibe como un orden social justo en el que no hay, habitualmente y de manera estable, violencia estructural o violencia institucional. La presencia de la justicia caracteriza esta paz como positiva”. Seis años después, en 1992, se creó en París el programa Cultura de Paz de la UNESCO del que derivó, entre otras acciones y programas, el Congreso Internacional de Enseñanza de la Historia, Cultura de Paz e Integración. El objetivo: auscultar la manera en que se enseñaba la historia en la educación básica en América Latina y España. Todo esto en el marco del Convenio Andrés Bello que busca generar estrategias de integración Educativa, Científica, Tecnológica y Cultural entre los países miembros. Fue así como, en la segunda Conferencia Internacional de Enseñanza de la Historia celebrada en Santiago de Chile en 1999, se acordó realizar un amplio programa para analizar, revisar y proponer cambios en la enseñanza de la historia a nivel de educación básica, fundamentalmente. Proyecto que se llamó: “Así se enseña la historia para la integración y la cultura de la paz”. Los países participantes fueron: Bolivia, Chile, Colombia, Cuba, Ecuador, España, Panamá, Perú y Venezuela, por razones que desconozco (aunque imagino), México no estuvo presente. Los aspectos que se consideraron buscar en los contenidos de historia enseñada en el nivel básico, fueron: Naturaleza del currículo, Orientación filosófica, Concepción del conocimiento histórico y de la sociedad, Fundamentación pedagógica de los currículos, Organización de la escolaridad por ciclos y grados según países, Para qué se enseña la historia; Lugar que ocupa la historia en los currículos; La historia los planes y objetivos; La historia en las competencias y actitudes y, desde luego, percibir en qué medida la historia fomentaba la integración, la cultura de paz, la convivencia e interculturalidad y la función social del docente. El trabajo fue arduo, meticuloso, transparente y colaborativo entre instituciones, historiadores y docentes de historia que participaron por cada uno de los países, los que asumieron el reto de ver en el espejo la manera y el sentido en que se enseñaba su historia nacional. Los aspectos centrales que guiaron dicha evaluación crítica partieron de preguntarse cuáles de los fundamentos filosóficos que engloba la paz eran considerados en los contenidos de historia; esto es, Derechos humanos, Convivencia, Interculturalidad, Medio Ambiente, Desarrollo sustentable, Justicia, Género y Equidad. Pero, sobre todo, ver si la ciencia de la historia era cercana a la realidad social del alumnado. El resultado está contenido en una obra general: Así se enseña la Historia para la Integración y la Cultura de la Paz (Colombia, 2000) y en cada libro por cada país que da cuenta evaluativa de cómo se enseña la historia respectiva. En estas obras se dieron recomendaciones para revalorar y reorientar la enseñanza de la historia en el futuro a nivel básico con visión prospectiva, fundamentos para la cultura de la Paz, medio ambiente, desarrollo sustentable, equidad y género. Hasta donde conozco, Ecuador hizo eco de la sugerencia de realizar una “nueva historia” cuya visión “interparadigmática comprende el pensamiento crítico latinoamericano amplio y creativo, acoge posturas distintas de otros investigadores y los aportes de diversas orientaciones historiográficas a nivel continental y mundial”, escribió Enrique Ayala Mora, autor del Manual de Historia del Ecuador, los libros de Historia del Ecuador I y II para quinto y sexto año de la educación básica e Historia, tiempo y conocimiento del pasado, libro que tuve el privilegio de recibir de sus manos cuando nos conocimos siendo él rector de la Universidad Andina Simón Bolívar. En suma, volviendo a Croce, se planteó reestablecer la historia como pensamiento, ya no como imagen; como reflexión que analiza el cambio, ya no crónicas o colección de hechos inamovibles; como ejercicio de libertad humana, ya no como sermones de alabanza y censura; como elemento de unidad en la diversidad, ya no exposición de diferencias antagónicas; como conocimiento ligado a la vida, ya no como datos vacíos con función nomotética; como pensamiento reflexivo sobre el cambio hacia el porvenir, ya no como suspiro nostálgico por lo pasado. ¿Cuándo en México historiadores y docentes de historia asumiremos tal reto?